El placer es… ¿nuestro?

¿Por qué el placer femenino se ha puesto en un lugar en el que no es importante, o de plano desconocerlo? Históricamente, no teníamos mucho de nuestro lado…

Ilustración: Alejandro Herrerías

Ilustración: Alejandro Herrerías

Desde que el feminismo ha tomado un poder increíble los últimos años, uno de los temas que me han parecido más interesantes (y que me sorprenden infinitamente), es cómo el placer femenino se había considerado siempre en un lugar secundario… o inexistente, si a esas vamos. Se han hecho innumerables chistes en series y películas, sobre cómo todo termina cuando el hombre termina, y lo demás no importa, gracias, a dormir. De hecho, en uno de mis programas favoritos, 30 Rock, en un episodio decían (sarcásticamente) que habían inventado las primeras películas pornográficas exclusivas para mujeres, y el video era un hombre guapo preguntándote en primer plano cómo te fue en tu día, y qué ibas a hacer el resto de la tarde (Tina Fey, you knew it!). Y bueno, eso citando un ejemplo contemporáneo, pero la verdad es que hemos tenido muchas cosas en nuestra contra desde tiempos inmemorables. ¿Pruebas? Tengo un dato curioso bajo la manga: Hace mucho tiempo, hubo una exposición sobre bicicletas en un museo del Centro Histórico. Entre los bocetos de la primera bicicleta, las novedades que se usan en la ciudad, y algunas muestras vintage, una de las más interesantes fue una bici cuyo asiento estaba total y absolutamente diseñado para que las mujeres no sintieran “placer” al subirse. Así es: alguien invirtió tiempo (¡dinero! ¡esfuerzo!) para diseñar algo que podía ser “dañino moralmente” para las mujeres (¿Qué van a decir las personas? ¡¿Alguien quiere pensar en los niños?!).

En una búsqueda rápida por internet, encontré que no sólo se adaptó el asiento para este fin, sino que incluso hubo una época en que doctores no lo recomendaban, porque podría provocar cosas negativas como esterilidad (seguro lo decían mientras fumaban), aunque quizás el diagnóstico verdadero, era que si una mujer sentía placer, pertenecía al grupo-de-problemas-silenciosos-pero-muy-mal-vistos-en-la-sociedad, como en su momento lo fue usar pantalones, o ya no usar corsés. O ir a clases. O votar. And so on.

De verdad que todo el tema de la bicicleta se me hace inaudito. Especialmente porque no sólo es ese ejemplo, sino que me recuerda que hay miles de millones más en el mundo. Me sorprende este esfuerzo casi sobrehumano por demostrar que la mujer siempre tiene que estar, de cierta manera, incompleta. Y ahora hablo de algo absurdo como lo fue en su momento una bici de 1950, pero luego vemos cosas más serias y deleznables (como la mutilación, sólo por citar uno) y al final sólo dan ganas de querer apagar el mundo, al menos un par de horas.

Afortunadamente, hubo mujeres en el pasado que lucharon para que ahora nosotras pudiéramos hablar. Para que preguntemos sobre métodos anticonceptivos, sobre nuestra salud, sobre nuestra libertad para decidir si queremos tener hijos, y para que demostremos que lo nuestro también importa. No dejemos que sus luchas hayan sido en vano. Es importante entender que es un gran problema que seamos privadas de todo esto. Salgamos al mundo a exigir lo nuestro. Y si el camino es largo… bueno, al menos tenemos bicis.

*Esta columna se publicó originalmente en la versión impresa de la revista Glamour México y Latinoamérica, en mayo de 2018.

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