Hace unos meses fui de vacaciones a Japón, y si bien muchas de mis cosas favoritas fueron aquellas que te dice la gente –compulsivamente– en Tiktok (ir a comprar cosas de Hello Kitty, comer como si no hubiera un mañana, caminar veinticinco mil pasos diarios), lo cierto es que en esta nueva vuelta (luego de casi diez años de haber visitado este país por primera vez), mi nueva actividad favorita fue algo que de joven jamás hubiera imaginado, ni siquiera en mis más febriles sueños: estar desnuda en un baño lleno de mujeres, también desnudas.
**
Hace nueve años y medio fui, una Elsa distinta. De buenas intenciones, la cabeza rapada de un lado (porque podía, porque era joven, porque apenas había cortado con alguien y conocí la tusa mucho antes de que Karol G me dijera qué era eso). Fue un viaje mágico, extraordinario, quizá mucho menos frenético al no tener Tiktok ni reels (TIENES QUE VER ESTE ÁRBOL LOCALIZADO A 30,000 KILOMETROS DE DONDE TE VAS A HOSPEDAR / SI NO VAS A ESTE TEMPLO ERES UN COMPLETO IMBÉCIL / ¡¿¡¿¡QUÉ HACES NO COMIENDO DONDE TE DIGO?!?!?!?). Fue un viaje que hice con mi mejor amiga, que incluyó venaditos, un masaje en el Mandarin Oriental y un show de robots que, tristemente, ya no está disponible en la actualidad, pero que en su momento fue visitado por gente famosa como Guillermo del Toro y Anthony Bourdain.
Todo hermoso. Una Elsa entrando a los 30 (cumplidos en pleno recorrido por Naoshima). Luces neón, trampas turísticas, calabazas junto al mar y un espíritu sanando.
**
La lucha por amar a mi cuerpo no ha sido fácil. En una de esas, incluso puedo confesar que no es que esté feliz, sino resignada. Pero feliz. Felizmente resignada (?). Y no solo eso: resignada con amor. Lo considero un logro absoluto, especialmente ahora que estoy por cruzar el umbral de los 40.
Me explico: Mi cuerpo no es perfecto, ¿pero qué es perfecto? Corro, camino, salto, me muevo, experimento dolor, placer. Soy, y con eso.
Por años creí que el cuerpo perfecto tenía que verse torneado, impecable, unicolor, sanitizado.
Pero pasan los años, pasan las cosas y una que otra idea sabia se te pega a la cabeza, entre ellas, que el cuerpo perfecto es el que ya tienes, con sus cicatrices, límites, dolores, curiosidades, ausencias, prótesis. El que te permite estar, sentir.
Sí, a veces me gustaría tener uno de esos cuerpos tan anhelados, pero lo cierto es que ahora mismo me siento feliz con el que tengo (por ende: resignación). Este escrito lo hago desde mí: desde un cuerpo que puede hacer cosas. Un cuerpo que me deja recorrer largos caminos, que me deja ponerme glitter, que baila al son de un cumbión; un cuerpo que, actualmente, experimenta el amor (por ende: feliz).
Alguna vez escuché en yoga: “no soy un cuerpo, estoy en uno”.
**
Otro apunte importante para lo que sigue en este post: mi cuerpo me permite disfrutar la sensación de sumergirlo en agua hirviendo y quedarme plácidamente ahí. Si fuera un capibara, hasta me pondría una naranjita en la cabeza y dejaría que el chorro de agua caliente me cayera por horas. Esa sería mi vida si pudiera pedir un deseo.
**
Regresamos a este año. Un viaje a Japón con uno de mis mejores amigos, y con Kioto como una de las paradas obligatorias. ¿Lo mejor? En el hotel había un onsen: un baño tradicional japonés de aguas termales, con sus respectivos espacios divididos para hombres y mujeres. ¿Mi felicidad? Por los cielos. ¿El momento de duda? A estos lugares debes entrar completamente desnuda, lo cual aplica a todas las participantes.
Una Elsa de 30 años lo hubiera dudado, sobrepensado. Y quizás lo hubiera hecho, pero no disfrutado. Sin embargo, si algo he aprendido a estas alturas–otra lección con la que me alegrará entrar a los 40– es que vivir una experiencia de felicidad absoluta (X) puede borrar por completo una inseguridad (Y). En mi caso, sustituyendo ambas incógnitas: la felicidad de poner mi cuerpo en agua hirviendo (X) elimina el miedo a estar desnuda en un baño, junto a un enorme grupo de mujeres (Y).
(Súmale que en Kioto nos la vivimos a cero grados todos los días)
**
Al entrar al vestíbulo del onsen me llegaron dos golpes de manera inevitable: por un lado, el vaporazo en la cara de todo el humo que inundaba el cuarto; por el otro, ver a un enorme grupo de mujeres, donde la mitad se estaban secando el pelo, y la otra estaban paseándose desnudas con una libertad envidiable.
Para este punto yo ya sé cómo veía: como ese pequeño venadito que camina por el bosque, solo, temeroso, tratando de ver cómo funciona el mundo. En mi caso, pobre venadita solitaria, afortunadamente me tomó pocos segundo dilucidar que todo era… bueno, fácil: te desnudas, metes tu ropa a una canastita, la metes en un locker y accedes a otro cuarto –con un vaporazo todavía más fuerte– para por fin sumergirte en agua hirviendo (sin la naranjita de capibara, pero sí una toalla chiquita que puedes ponerte en la cabeza).
Todo para mí se hizo más fácil, por extraño que parezca, gracias a la desnudez colectiva. Ver a decenas de mujeres haciendo lo de siempre, pero sin ropa y sin cruce de miradas juzgonas. Ver a dos señoras platicando mientras se ponían el brassiere, viejecitas poniéndose mascarillas. Todo esto solo era parte de un ritual de bienestar, que es el de bañarse, limpiar el cuerpo, sumergirte en agua.
Temerosa, encontré un locker y ya sin pensarlo tanto (como luego salen mejor las cosas en la vida), me quité la pijama, la puse en la canastita, cerré el locker y, así nomás, ya estaba expuesta en un pequeño mundo que no me estaba mal mirando. Solo ser, y con eso.
**
Antes de hacerte caldo en una tina, lo primero que debes hacer en un onsen es limpiarte. Bañarte con jabón, shampoo, acondicionador y echarte cuanto chorro de agua sea necesario, para garantizar que entras con el cuerpo inmaculado a las tinas que vas a compartir con otras mujeres. Para esto, hay un banquito, una cubetita y tú, frente a un enorme espejo medio empañado.
Y de todas las miradas que temía enfrentar ese día, desnuda en un baño público, nunca imaginé que la que más me aterraría sería la del espejo.
**
A ver, claro que me he visto desnuda en el espejo; pero en un baño público es diferente, te digo. En la privacidad de mi cuarto, en mi día a día, es lo de siempre: el trayecto de la pijama al baño, luego el clóset, vestirme y todo listo para empezar el día. Pero jamás me había pasado por la cabeza sentarme frente a un enorme espejo y bañarme. Era una desnudez nueva para mí. Después de tantos años, ¿mi resignación feliz era mentira? ¿Empezarían los autoataques, esos tan acostumbrados cuando era joven? ¿Lo mejor era bañarme parada, de espaldas, evitando el reflejo?
Y nuevamente lo colectivo llegó a sanar. La hilera de mujeres a mi lado, sentadas en sus bancos, tallando furiosamente sus cuerpos, con las espaldas encorvadas y un río de espuma derramándose a sus pies. Dos amigas tallándose las espaldas, una señora quitando el vaho del espejo para verse mejor.
Eché dos respiritos, me senté y decidí admirar mi cuerpo en toda su gloria. Descubrí nuevos pliegues en una pancita doblada y arrugada, con estrías a manera de cartografía. Me vi los lunares, mi pecho, mi intimidad. A lo que voy, es que estaba viendo el cuerpo de una mujer y ya. Lo que todas las demás mujeres estaban viendo en sus respectivos espejos. Un montón de huesos y órganos perfectamente ordenados en una bolsa de piel, cuya chispa de vida nos permitía estar ahí y echarnos agua caliente en la cabeza. Con eso en mente, el mundo repentinamente dejó de ser una carga y se volvió un lugar muy hermoso para vivir. Ahí, en ese momento, pero también a partir de entonces, y para toda la vida.
**
Luego de bañarme furiosamente, casi contando como exfoliación, lo demás fue un sueño hecho realidad. Una gruta, agua hirviendo, sales benéficas para el cuerpo, masas de agua exteriores para disfrutar del agua caliente y el aire frío, camas de calor, tinas en la oscuridad para meditar. Un sauna a temperatura infernal (y como todo lo diabólico, delicioso). Te estoy hablando de un parque acuático para el alma, el Tepetongo para quienes disfrutamos el placer de hacernos caldito de pollo.
Terminado todo el proceso de probar cuanta tinaja pude, salí de ahí para pasarme la toalla por el cuerpo (¡también frente a todas!), ponerme la pijama y secarme el pelo. Esta última tarea, realmente imposible: ¿sabes los que es secar algo en un ambiente endemoniadamente húmedo? Hice lo que pude con lo que tuve, no sin antes remarcar la verdadera victoria aquí: no solo disfrutar esta experiencia, sino reconciliarme con la mirada que más me ha juzgado tantos años.
Cerrar la noche: sentarte en una sillita y comer una paleta helada o beber una lechita Meiji de fresa bien fría. La vida es buena. Si hay un dios, esta sensación de bienestar debe ser la manifestación más hermosa que tiene para demostrar su existencia. Pero si Dios es tan perfecto como dicen (o como yo espero que lo sea), no creo que necesite demostrar nada. Solo ser, y con eso.
**
Epílogo:
En la última noche en Tokio, donde también había un onsen, ya era yo un capo, la jefa, la Señora. Llegaba y me desnudaba en tiempo récord, me bañaba admirándome de pies a cabeza. No había masa de agua hirviendo que no me conociera ya en ese lugar. Y un par de veces veía de reojo a otras chicas extranjeras entrar, tímidamente, quedarse unos minutos y luego irse, como esa venadita que fui yo días antes (¡días! Qué osadía la mía).
Automáticamente yo pensaba “qué ternura“. Toda cínica, tan cínica como el infierno.
Vieras qué ínfulas de poder te da perder el miedo. Ojalá me dure toda la vida. O al menos recordarlo cuando dude de mí.


