Algo de hecho muy divertido, que súper volvería a hacer II

IMG_8487.jpg

DÍA DOS DE TRÓPICO

Para el segundo día, abro los ojos y veo cómo se mueve un poco el techo, signo inequívoco de que sigo ebria. Es una sensación que –admito– a veces me gusta, a veces no. Me gusta porque significa que me la pasé muy bien (afortunadamente soy de las que le para al alcohol cuando sabe que la noche no da para más), pero no me gusta porque viene el dolor de cabeza, algunas veces la náusea (no la de Sartre, LA OTRA) y seguro me duele la espalda baja por tanto bailar. Alguna vez vi un meme que, a manera de fake news, decía “Si te duele la espalda baja, podría ser signo de muerte prematura”. Sí, me reí dos horas, pero la verdad sea dicha: la cruda de perreo sí se siente como un signo de muerte prematura. Abro los ojos y Luis ya está despierto. Algo que admiro de él (además de muchas otras cosas) es que no importa qué tan salvaje haya estado la fiesta, siempre amanece fresco, como si el tiempo no le afectara. Noto que hay un calorcito en el cuarto, producto del amanecer y del sol directo que pega en la ventana. Acapulco es de amaneceres calientes, pero no molestos. A primera hora del día, el sol de Acapulco te lame la espalda para que recuerdes que estás despertando a unos cuantos pasos de la playa.

Y es aquí cuando llega uno de los mejores momentos después de una borrachera salvaje: el desayuno.

**

Los buffets siempre me dan angustia, no por otra cosa porque son la clara muestra de que el mundo está lleno de posibilidades, y que tomar algo es señal de que le dirás adiós a otra cosa. Y por supuesto que en los buffets no puedes tenerlo todo, porque es un exceso, porque engordas, porque te mueres, porque nada más no se puede, ya deja de insistir.

Ir a un buffet es una dinámica que se luce por ser muy Sylvia Plath y el árbol de higos:  menos poético, pero más atractivo. En cuanto arranques un higo del árbol, estás dejando los otros. Que si eliges una carrera, te olvidas de un destino. Si elegiste a una persona, te olvidas de otra. Si decides hacer algo, otra cosa se te va de las manos. Qué angustia, pero así se va haciendo camino. Por cierto, en el buffet había higos, y una tabla de quesos, pero en este caso yo elegí una birria bien caliente y diversas cucharadas de las cazuelas llenas de comida mexicana que había en la mesa de antojitos. ¿Merezco ser juzgada por tratar de ser Sylvia Plath, pero usando un buffet en Acapulco como metáfora de la vida? No lo creo.

En dicho buffet hay una señora preciosa, de sonrisa permanente. Luis me dice que hace sopecitos y quesadillas totalmente recomendables, excelente servicio. Ese primer día voy con ella y le pido una quesadilla con carne “pero bien copeteada” que es mi modus operandi por excelencia cuando quiero que me den la comida bien servida y no con una línea delgada de alimento (¿qué es esto? ¿cocaína?). Es como cuando en Uber Eats o Rappi pongo en las notas “bien servido que estoy cruda”, ¡y sí me dan la comida bien servida!

En fin, esta amable señora me recibe con una sonrisa enorme, y empieza hacerme preguntas en un tono que me hace entender que sí le importan mis respuestas (que creo es el secreto de la buena hotelería). Me pregunta si estuvo buena la fiesta, y mis ojeras le dijeron que sí. Después llega la hora de la interacción humana dondele pido que me diga su nombre, porque luego hay cierto momento de la conversación en que es incómodo no preguntarlo desde el principio, para luego ser demasiado tarde.

“Merari”, me dice.

Merari, un nombre precioso, brillante. Simple, tiene las vocales y consonantes correctas para que suene como un pequeño cantito. Le pregunto que qué significa, y simplemente me dice que es algo bíblico. Le acepto la quesadilla (con mucha carne) y termina deseándome que vuelva a tener una noche fantástica.

**

Después de desayunar nos vamos a la playa, donde a pesar de despertar con la mirada perdida y el aliento alcohólico, me descubro pidiendo una cerveza pacífico. Nos encontramos con las nuevas-amistades y vivimos el delicioso momento de simplemente sentarnos a recibir el sol en todo su apogeo a un lado de la playa, dando algunas visitas esporádicas al mar. Después de ser bautizada por las olas salvajes de Acapulco, regresamos al hotel para cambiarnos y regresar a la fiesta.

**

La misma dinámica ocurre que el día anterior: pasamos la tarde en los alrededores del festival para tomar algunas cervezas. Aprovechamos la golden hour (de verdad no tienen una idea de cuántas fotos había ya en mi celular) y vimos a algunos amiguitos de la oficina. Es un momento que de cierta manera hoy valoro, porque en general ver a la gente en la oficina es convivir en un ambiente tenso, totalmente repugnante. Pero verlos sin una computadora en mano, y más bien con vasos con alcohol y una buena energía, me hace pensar que de cierta manera nuestras pobres almas siempre podrán tener la posibilidad de encontrar caminos felices. Me encuentro a K., quien parece estar viviendo el momento de su vida. E. y V. también rondan por ahí, reímos de algunos chistes. Queda la promesa de ir a bailar a Bon Bon en la noche, cosa que no pasa porque ellos huyen de Trópico a la medianoche, y a esa hora para nosotros apenas empezaban las cosas. Pero repito: siempre hay mejores contextos que otros.

(Días después los tres nos encontramos en la oficina. Sonreímos. Extrañamos Acapulco. ¿Y cómo no hacerlo?).

**

Para este día, pensé un poco en la mesura, pero se me fue al primer vodka tonic. Cuando la gente pregunta si las cosas están vaso  medio lleno o medio vacío, me gusta verlo medio lleno de vodka y medio lleno de tonic. Decido sacar toda la fiereza, y me unto cuanto glitter pude en el rostro. Es otra de esas cosas que en un contexto normal no haría, ¿pero sabes qué? Empiezo a pensar que la línea entre la Elsa de la oficina y la Elsa de la realidad se empieza a difuminar. Ya una no está siendo lo que la otra quiere, y si me preguntas, todos los días usaría glitter si dependiera de mí. Rosa, azul, verde, turquesa, dorado. La vida es muy corta para no brillar.

Lo hermoso de este día es que nuevamente veo a The Rapture, una banda que me gusta mucho y que vi por primera vez en el Nokia Trends del 2006 (¡hace 14 años!). Estamos tan ebrios que nos sabemos todas las letras. Las idas al baño son siempre una oportunidad para perderte, pero había algo en Trópico que cualquier palmera funcionaba como un faro que te guiaba, para siempre encontrar a tu gente.

Bailamos y bailamos: bailamos en The Rapture, bailamos en la palapa de Café Paraíso, bailamos mientras Uzielito mix me lleva a esa Elsa del pasado que escuchaba a Daddy Yankee. “Reggaetón del de antes”, como le dicen.

Después de esto regresamos al hotel, y trato de quitarme todo el maquillaje de la cara, sólo para descubrir algo inevitable: van a pasar unos buenos días antes de quedar totalmente glitter-free de la cara. ¿Pero sabes qué? Todo cool. Estuve muy en paz con esa idea.

***

DÍA TRES DE TRÓPICO

Por supuesto que vuelvo a abrir los ojos y el techo se mueve levemente. OTRA VEZ.

Por supuesto que Luis ya está despierto.

Por supuesto que volvimos a ir a la alberca por una cerveza michelada.

Para ese punto yo ya estaba en un momento de paz mental, donde sólo me preguntaba si de esto efectivamente se había tratado la vida, y si había vivido engañada con todo el asunto del estrés, la angustia y la agonía de la CDMX.

A veces se me olvida que la calma existe. Que mi espíritu puede tener más garbo, y una ahí, muriendo lento.

Amo a David Foster Wallace, pero cuando escribió que viajar no necesariamente da paz espiritual, temo estar en desacuerdo con él: ser turista es ser un extraño en un lugar. Y donde nadie te conoce, puedes ser más real. Es como si en ese lugar que llamas hogar, pese a la comodidad de conocer todo, ya no pudieras quitarte las máscaras que haces para interactuar con la gente y poco a poco te olvidas de quién eres; pero los lugares lejanos: ahí nadie sabe tu nombre. Es donde puedes ser tú. Como si en casa tuvieras que ser tu signo ascendente y no hay de otra, pero estos nuevos territorios, es donde puedes ser el signo solar.

Para este día de Trópico, las cosas son más calmadas. Todo se trata de sentarte en la playita a escuchar música y tomar un par de cervezas. Es el día en que la gente ya no usa tanto glitter ni consume tantas drogas, pero disfruta del sol poniéndose mientras escucha a Caloncho. Nos regresamos al hotel y mientras ponemos Kung Fu Panda 2 en la tele (donde le platico a Luis mi dato favorito de esta película, que Charlie Kaufman ayudó a hacer el guión), mi cuerpo me pide un poco de redención y me quedo profundamente dormida. Una pausa del mundo.

Fue un sueño pesado, a dos de ser considerado una ida sin regreso.

**

DÍA CUATRO EN ACAPULCO

Ya es el último día en Acapulco, y CLARO que regresamos al buffet. Todos los chilaquiles del mundo, con ese queso increíble de Guerrero, que me recuerda al que siempre trae mi mamá cuando visita el Estado. Siempre trae los famosos nacatamales, relleno, queso, crema y carne. No hay nada como estos manjares.

Y por supuesto que regreso con Merari, quien me vuelve a hacer preguntas que sí esperan una respuesta. Noto que dos o tres personas en el mismo estado que Luis y yo llegan con ella para despedirse y agradecerle esas ricas quesadillas cura-crudas, como si fuera nuestra Santa Patrona de la sanación etílica.

Le doy las gracias también. “Espero verte el siguiente año”, me dice. Yo también lo espero.

Emprendemos el camino a casa. Hablamos de muchas cosas con las amistades nuevas. Me doy cuenta de cuántas cosas me ha dejado este viaje: mucho baile, mucho alcohol. Liberación, amistades: hacer nuevas y reforzar las viejas (Dato curioso: Luis y yo cumplíamos diez años de conocernos y lo celebramos con una foto donde comprobamos cuánto hemos cambiado. Cuánto hemos cambiado). Regreso brillando, con una camisa blanca, pantalones holgados. Siento que vivo con el filtro de brillitos de Instagram.

Ya en la ciudad siento una depresión inminente, producto de saber que la vida puede ser otra. Trato de no escuchar esa voz, ordenando mis cosas para ir a trabajar al día siguiente. Veo una serie, acomodo cosas. Todo tan fútil.

**

En la noche, antes de dormir, recuerdo que Merari no me dijo qué significa su nombre. Lo busco rápido en internet y al parecer la traducción literal y directo de la Bíblia, es “triste”. Se me hace curioso que una persona tan sonriente y amable, con una energía culinaria tan poderosa, que una bola de borrachos y crudos se sienten cuidados y le agradecen sus manos santas por hacer quesadillas, lleve por nombre algo que significa “triste”. Es algo curioso, pero me alegra un poco el alma porque si para muchos llamarte “triste” puede ser una sentencia de vida, Merari, con su sonrisa y su linda vibra, nos demuestra que uno siempre se puede forjar un camino diferente. Nada nos tiene por qué definir si así lo queremos.

Al parecer, las sentencias se las pone uno mismo.

Algo de hecho muy divertido, que súper volvería a hacer I

IMG_6496.jpg

Acapulco. Tengo recuerdos muy bonitos de Acapulco. Mi mamá nació en Guerrero, por lo que en mi infancia la costumbre familiar por antonomasia era regresar cada año a sumergirnos en sus playas y caminar por sus calles; las calles de un Acapulco viejo, quizás no tan peligroso… aunque es difícil saberlo, porque quizá toda la violencia ocurría por debajo del agua, justamente rozando nuestros cuerpos flotando en las playas. Basta leer el artículo de los Acapulco Kids o las tasas de violencia para que se me rompa el corazón en mil pedazos, especialmente por el tremendo choque con los recuerdos bonitos que tengo de ahí. Coleccionar caracolitos que encontraba perdidos en la arena; que mi mamá me comprara tamarindos, que mi papá se creyera catador de Yolis y curiosamente recuerdo un llavero de una tortuga amarilla con conchitas atrapadas en resina, que decía “Acapulco” en cursivas con diamantina y arena. Es un llavero que me duró muchos años y que después se perdió, justo como muchas cosas en mi vida. Eran tiempos felices, quizás porque como pasaba con la violencia escondida del país, no era consciente de los problemas más individuales que pasaban a mi alrededor. Menos rabia y más ingenuidad parece ser la fórmula para pasar desapercibido por la agonía del mundo.

Eso sí, Acapulco siempre ha lucido viejo. Siempre he pensado que es una Polaroid; tiene un tono azul celeste, como si alguien le hubiera dejado la lente de una cámara lomográfica en el cielo, y desde entonces todo se ve azul; un azul nostálgico que se queda en una parte de la corteza cerebral que resulta difícil olvidar. En contraste, ahora todo en la esencia de Acapulco es diferente. Ya hay una zona diamante, ya nadie va a lo que ahora se conoce como “El Viejo Acapulco”. Ahora todos sabemos que hay zonas peligrosas que ya no son de fiar y que hasta ir al Oxxo de noche puede ser una experiencia extraña; quizás no fatal, pero sí extraña, y eso es algo que nunca sentirías en un lugar al que alguna vez llamaste hogar.

La cosa, pues, es que el viaje que acabo de hacer a Acapulco fue diferente. Todos mis viajes a este lugar siempre habían involucrado a la familia, es decir, un ambiente tranquilo, pasmado, incluso aburrido. Temer un poco al mar, para no morirte enfrente de tu madre; no beber tanto, porque ya te conoces. Regresar temprano a donde sea que te hospedes. Una rutina languideciente que cumple el cometido si tu meta es descansar, pero no si deseas derretirte entre los dulces dedos de ese concepto llamado destrucción.

**

El Festival Trópico se ha llevado a cabo desde hace 10 años, y de cierta manera me alegra que se haga un evento así, porque podrían compensar todo el turismo que poco a poco se ha desvanecido de ahí. Y lo especial de esta edición es que lo promovieron como “el último Trópico de la década” y es lindo porque este fenómeno del “final de década” me emociona bastante; siento que el siguiente año será muy bueno, con tanta música, tanto viaje y tanta buena gente. Algo hermoso que me han dejado los 30 años es juntarme con gente que nutra mi espíritu; y que se agudice tanto esta linda sensación con los que me rodean –JUSTO en diciembre del 2019– sólo puede ser un buen augurio. Sólo eso y nada más.

Pero regresando al tema: Trópico es un festival al que la verdad nunca le puse atención, quizás por mi necedad de sólo ir a festivales que se lleven a cabo en una ciudad, y evitar a toda costa cualquier cosa que involucre un esfuerzo sobrehumano por salir de la CDMX (¿quizás el trauma del Festival Colmena?). Por otro lado, de haberle puesto atención, mi mente hubiera respondido un rotundo “no” si alguien me hubiera propuesto ir hace años, no por otra cosa que ese constante problema del que ya he hablado algunas veces, que es el de mi cuerpo. Acapulco nunca me conoció bonita. Deja tú bonita, nunca me conoció queriéndome a mí misma y siempre me conoció con trajes de baño horrendos. Con toda la vergüenza y con nada de autoestima. Conoció a una Elsa solitaria, frágil, muy dejada por la vida y que nunca supo cómo flotar con paz en sus aguas. Así había sido todos estos años, pero yo estaba tranquila con ese escenario, porque sólo iba con mi familia: esa gente que ya conoce lo mejor y lo peor de mí. Especialmente lo peor.

La cosa es que gracias a Gil (un excelente ser humano), se abrió la oportunidad de ir al Festival acompañada de Luis (otro excelente ser humano, amigo del alma y de destrucción), una oportunidad espectacular que involucraba pagar poco, hospedarse bien y pasarla increíble. ¿Y qué más le pides a la vida, sino esas tres cosas? Lo que me sorprendió de este momento en mi vida –uno donde las cosas ya son muy diferentes– es que lo que me detenía a decir “sí” inmediatamente, era un asunto laboral que al final se resolvió en diez minutos. Luego ya aceptamos, y fue así como ocurrió ese hermoso fenómeno de “dar el Acapulcazo”: aceptar un plan y ya. En la tarde, noté que ni me percaté del problema con mi cuerpo: no habitaba en mí el miedo de convivir  con personas que me verían en traje de baño. No pensé en la gente que me vería tan ligera. Fue una sensación extraña, que luego se convirtió en estrés. Pero como bien sabemos los de 30: no hay bendición más grande que una angustia te llegue exactamente el día en que ves a tu terapeuta.

**

He ido a terapia cerca de 4 años. Empecé a ir por un problema, me quedé porque salieron diez mil más. Ese día le platiqué a A. toda la historia de cómo conseguimos el viaje, y luego le dije que me preocupaba mi cuerpo. “A ver, cuéntame de eso, que casi nunca lo dices aquí”. Esta frase me sorprende mucho, especialmente porque ese ha sido un issue permanente, pero al parecer es de lo que más evado (obvio, ¿no?). Y es aquí cuando empiezo la frustrante explicación: la batalla con el espejo, la ropa, la contención, la feminidad, mi masculinidad. Mi vicio inherente. A. a veces se ríe de cómo digo las cosas, pero me gusta que eso no le quita la seriedad a sus respuestas: “Oye, ¿y si sólo te la pasas bien? Todos andarán en traje, todos andarán un poco inseguros, pero ahora te sientes mejor. Ya eres una nueva tú”.

Desde hace un año, he bajado 20 kilos. Pero si algo he aprendido en este trayecto, es que son las inseguridades las que no se diluyen tomando dos litros diario de agua ni se queman corriendo cinco kilómetros al día.

**

El primer día en Acapulco es, básicamente, para llegar, instalarte y transformarte de animal citadino a animal playero. Ese día Luis y yo decidimos caminar un ratito por la playa (aprovechando, insaciables, la golden hour para tomarnos fotos como los modelos que somos), para después descansar un ratito.

Si hay algo que amo en la dinámica de visitar una playa, es dejar que el mar me salude al meter los pies en el final de una ola. Es una sensación hermosa y hogareña, que me recuerda a cuando llego a mi departamento y mis gatos se frotan en mis piernas, marcando su territorio para que me quede bien claro que yo soy suya. Así el mar: marca su territorio sobre mí, para que sepa que por los siguientes días soy suya. Suya y de nadie más.

Por igual, como el par de jóvenes imparables que somos, decidimos ir a comprar algunas viandas para sobrevivir los siguientes días, y es cuando me llega el golpe de realidad de lo mucho que ha cambiado Acapulco; mientras que de niña iba con mi familia todos lados por las noches como si fueran las tres de la tarde, ahora hay una vibra extraña que te hace andar con cuidado extra por sus calles; ver detenidamente a la gente, incluso a los uniformados como policías. Preguntamos a un taxi cuánto cuesta ir al oxxo o al Walmart Diamante, y nos dice una cantidad absurda: 80 pesos. 80 pesos un trayecto de dos minutos. Es ridículo, pero pensando que al público extranjero le costaría unos risibles 4 dólares, esto para ellos es negocio. Business, mi hermano. Pero para quienes se supone que esto es una extensión de ese hogar llamado México, es inaudito. Decidimos caminar, sin dejar de rumiar la idea de que también hubieran sido 80 pesos de regreso, pero mejor ya ni preguntamos (¿para qué?).

Nuestras compras se lucen porque parecían de fraternidad universitaria. Cervezas, aguas tónicas (que juré no me acabaría, pero hasta me hicieron falta), palomitas, churritos, fruta, agua. Todo lo que cualquier par de chicos cool necesitan para una fiesta. Al regresar al hotel yo ya estaba más que lista para dormir, sin saber que pasaría una noche de sueño ligero y hasta cansado, digno de alguien que acaba de salir de un lugar tan monstruoso como lo puede ser la Ciudad de México. Y aquí un dato chistoso: las siguientes noches, yendo a dormir con mucho alcohol en mi cuerpo, fueron las mejores, con un sueño profundo, eterno, casi como si mi alma no quisiera regresar al mundo real. Así –supongo– punto a favor para el alcohol.

**

DÍA UNO DE TRÓPICO

Cuando pensaba que el café en la oficina (con un chorrito de leche light caliente y un sobre de Stevia, que es como lo tomo religiosamente) era mi manera perfecta de comenzar el día, vino una cerveza Pacífico michelada bajo el sol cabreado para demostrarme lo equivocada que puedo llegar a estar en la vida. Eran los mejores días para relajarse, platicar con las nuevas-amistades-hechas en este camino. Sí, retozar en las playas de Acapulco es recibir cada día las mismas preguntas por parte de los vendedores ambulantes: “¿Quieres unas trenzas? ¿Quieres unos tamarindos?” Pero si debo ser honesta, es mil veces mejor esta dinámica que recibir mil veces las preguntas “¿Ya te llegó este mail?” “¿Ya acabaste esta nota?” en el trabajo. Hay maneras, para todo en esta vida hay maneras.

El primer día del Festival llegamos temprano (pero era lo que debíamos hacer, por razones que no mencionaré en este texto, pero igual no son tan entretenidas). Como en Acapulco mi mamá tiene un departamento, todo el asunto de la hotelería me resulta un poco ajeno, pero me encanta ver que hay Hoteles preciosos con unas vistas espectaculares y que no le piden nada a los hoteles en el extranjero. El nuestro (el Princess Imperial) era comodísimo; hay un shuttle 24 horas que te lleva al Pierre (donde es el Festival) y así no tienes que dormir con los beats de la música dándote en los tímpanos. Es un hotel tranquilo, que cuenta con un personal amable, camas cómodas, vistas lindas y sus respectivos animalitos (vimos un Pavo Real, un flamingo diabólico y dos cisnes, uno blanco y uno negro, ambos hermosos, como recordándonos que siempre hay un cielo y un infierno y que ambos pueden ser igual de sublimes). Por otro lado, el Hotel Pierre (el del Festival) se caracteriza por varias albercas puestas de manera entusiasta por todos lados, cosa que podría ser un poco peligrosa para el ojo ya bien servido por el Vodka, pero mira, todos estamos vivos para cuando escribo esto, así que a quién le importa. Los escenarios para el Festival Trópico están estratégicamente colocados para que ninguno le estorbe al otro, y que cada uno cumpla su cometido: el principal para los actos grandes, el escenario de la playa para quien desee desatarse, el escenario central para lo electrónico y DJ’s regados por todos lados. Básicamente, el tipo de fiesta al que quieres ir.

De las primeras cosas que noté en el Festival Trópico, que súper no ocurre con ninguno de los que he asistido en la Ciudad de México, es que viene acompañado de una muy buena vibra. No me malentiendan, pero qué horrible suele ser la gente en los Festivales de la CDMX. O sí, malentiéndame, pero tampoco es como que esté contando una mentira: el año pasado durante el Corona Capital, la gente no dejaba de platicar mientras las bandas tocaban, hubo desastres infinitos con el tema de las pulseras para pagar y también hubo muchos conatos de pelea, incluyendo uno donde una chica estaba a dos de golpearme, pero la verdad es que a los 30 ya crees mejor solución recibir los golpes que darlos, porque todo para qué. Bendita la vida la chica simplemente se alejó con sus amigas, pero el mal sabor me quedaría todavía un año después, donde juré que nunca volvería ir a dicho festival, rompiendo mi promesa un día antes cuando se me dijo que me regalaban un abono, y fui (pero ahora con mejor compañía, y donde me la pasé excelente, ¿será ese el secreto?).
La cosa es que en Trópico hay una vibra distinta. Como que todo el mundo sabe que va a pasarla bien, y nadie busca lucirse. La diamantina se usa para brillar más, pero no más que el otro. ¿Será la playa? ¿Que la cerveza pega de otro modo en un ambiente playero? Quizás todo sea tan fácil como el silogismo de Bad Bunny: Si hay sol, hay playa / Si hay playa, hay alcohol / Si hay alcohol, hay sexo / Si es contigo, mejol.

Al haber llegado más temprano, decidimos ir a comer y beber a la playa con las-nuevas-amistades-hechas y ya alcanzado cierto nivel de felicidad etílica, regresar al hotel para tomar the big guns. Hicimos el hermoso viaje al hotel, donde fue que saqué mi poderosa botella de Stolichnaya, y un par de Vodka Tonics monstruosos después, regresamos a Trópico más prendidos para la fiesta que nunca y para ver a Kindness, el proyecto de un músico llamado Adam Bainbridge, que es música relajada, beats tranquilos, todo perfecto para iniciar un festival de este estilo. Lo cierto es que afuera de esta burbuja musical, todo en el Hotel Pierre era un escenario más o menos digno del Jardín de las Delicias de Bosco: todo tipo de locuras ocurriendo por todos lados, todas equitativamente atractivas y surreales. Hombres en bermudas en las albercas, chanclas perdidas, miradas perdidas pero con dejos de vida.

En cierto momento de la noche Luis me llevó a Bon bon, una suite hecha antro (porque ¿por qué no?). Quienes me conocen, saben cuánto amo bailar. De ahí que sorprendan algunos datos de mi persona, como haber andado con un hombre por cuatro años que no fuma ni bebe ni baila, aunque al final del día eso era lo menos sorprendente de la relación, comparado a cuánto le aguanté (¿cuánto nos aguantamos?). En fin: el punto de esto es que a pesar de mi abierto amor por bailar, me resulta increíble cuánto me moví en Bon bon. Era como si simplemente fluyera con la vibra, fluyera con Acapulco, fluyera con Trópico. Y canción que salía, era como si fuera mi canción.

Ridículo, una locura.

Ya entrada la madrugada, hubo un momento en que el calor empezó a volverse insoportable. Lo cual significaba –quizás, tal vez, a lo mejor– quitarme mi blusa. Titubeé varias veces, especialmente por la idea de “DIOS SANTO, NO TE VAYAN A VER LOS BRAZOS”. Y traía mi traje de baño abajo, o sea que no hubiera sido nada extraño. Pero los brazos, la piel, eso que es tan fácil esconder en la gélida ciudad. Después de algunos minutos de reflexión, del sauna y de darme cuenta de que todos estaban del otro lado de la barda etílica, lo hago.

Y no pasó nada.

ES DECIR era de esperarse, ¿no? Pero fue un momento también en el que me di cuenta que si Sartre dijo que el infierno son los otros, pues también lo eres tú. Que el malviaje es de que quien lo trabaja y ya en estos tiempos tan turbulentos, lo mejor que puedes hacer es simplemente ser, y dejarte llevar. A lo tuyo y trabajar tu felicidad. Luis me tomó una fotos (de las que no me acuerdo; no puedo ser más aguda en el énfasis de mi nivel etílico) y me veo tan feliz. Y tan bien. Pero más que nada, muy feliz.

TROPICO 2.jpg

 

Regresamos a las cuatro de la madrugada. Me dolían los pies de tanto bailar.

Y todo sereno.

Breves reflexiones sobre el amor

IMG_2490.jpg

Cuando era niña, no me imaginaba lo complicado que podía ser el amor. Al crecer con tantas películas infantiles donde los buenos siempre ganan y los malos siempre pierden, claro que recibí una explicación bastante básica –y falsa– de esta palabra, desarrollada en mundos totalmente imposibles. En realidad, el amor es un millón de cosas. Es mucho más emocionante, mucho más confuso. Muy cruel y aterrador. Le sufres, le lloras, te da insomnio. Lo amas. Es química, es poesía.
Es hermoso.

**
No sé si a todo el mundo le ha pasado, pero cuando era más jovenzuela, la mayoría de las veces en que me aventuré a decirle a un hombre que me gustaba, sólo obtenía una cosa: distancia. Optaban por dejar de hablarme, como si con eso las cosas iban a ser más fáciles. ¿Fáciles para ellos? ¿Fáciles para mí? Sigo sin una respuesta. Pero este tipo de acciones fueron parte de una educación sentimental bastante visceral, que vinculada al secretismo heredado de mi familia, sólo pude concluir una cosa: es más fácil guardarte las cosas. Amar  a escondidas, pero nunca hacer nada con eso. La procesión va por dentro, diría Kevin Johansen.
Esto, –posterior y naturalmente– fue empeorando: ya mejor no abras nunca el corazón. Ni para el amor, ni lo que sientes, ni lo que ocurre en ti. Nadie entra y nadie sale.

 

**

Sobre esto, también pienso: ¿qué hay en dejarle de hablar a alguien que te dice que siente algo por ti? ¿Es evitarte problemas? ¿Es no tener que lidiar con sentimientos (¡que ni siquiera son tuyos!)?

Slavoj Žižek (sí, perdón, ya sé) escribió en ‘Cómo leer a Lacan’: “Descubrirse en la posición de amado es tan violento, incluso traumático: ser amado me hace sentir directamente la distancia entre lo que soy como un ser determinado y “eso” insondable en mí, que es causa de deseo. La definición que Lacan da del amor -“Amar es dar lo que no se tiene…”- debe suplementarse con “… a alguien que no lo quiere”.”

¿Por qué se rechaza el amor?

**

Ahora que estoy repasando ‘Girls’, en la segunda temporada, Shoshanna (la verdadera heroína, cómo no lo vimos antes) le confiesa a Ray que lo ama. Él se tapa el rostro y le dice “¿Por qué me dices esto?”

Previamente, Ray le había dicho a Shoshanna que era un perdedor sin casa, sin trabajo y sin pasiones.

(Pero hay alguien que lo ama).

**

Ahora ya con 32 años sobre mis hombros, veo en el amor algo lleno de posibilidades. Y últimamente, cuando hablo con la gente de lo complejo que es este tema, me ha dado por concluir que, en una de esas, ni es tan difícil. Lo hacemos difícil, pero todo lo que vivimos nunca deja de ser un 2+2=4. Y vas aprendiendo que eres las personas que amas. Que eres sabotaje, eres momentos intensos, eres imposibles. Que eres patrones, que eres gritos de auxilio. Eres lo que amas. Eres lo que odias. Y lo que deseas.

**

“And I think about how loving someone is kind of like being president, in that it doesn’t change you, not really. But it brings out more of the you that you already are”.

Raphael Bob-Waksberg, en ‘Someone Who Will Love You in All Your Damaged Glory’

**

Tengo la teoría (que obvio llegué a ella por terapia, no por otra cosa), que mi mamá y mi tía fueron las mujeres cruciales que formaron la manera en que me desenvuelvo con el mundo. Mi mamá confiesa que no le gusta mucho abrazar, porque no podía hacerlo con su mamá por “x” y “y” razones. Es algo que se le quedó. Mi tía, por otro lado, es la que escucha música a la hora del desayuno, da unos brinquitos a manera de baile y te abraza mientras te estás sirviendo el cereal. Mi tía, al haberme criado todos los días mientras mi mamá trabajaba, me dio una infancia llena de abrazos, y descubrí lo mucho que me gusta que me abracen. Mi mamá me dio fortaleza en un mundo violento. Una resiliencia que se paga con silencio.

 

Esta es otra dualidad que soy: la del tacto y la del silencio.

**

También me ha resultado fascinante ver los límites que nosotros mismos le ponemos al amor. Amar a alguien no necesariamente es un noviazgo. Una relaciónno es necesariamente un para siempre. Un crush no necesariamente tiene que ir a algún lado (ya con el lujo de sentir algo por otra persona te puedes dar por bien servido). Me aterra sentir cosas. Me aterra abrir mi corazón. Me aterra que la gente me conozca.

Pero también me encanta.

**

En ninguna bondad, en ningún amor
voy a creer,
más indefensa
que las hojas de noviembre.
Ni a confiar,
en nada vale la pena confiar.

Ni voy a amar,
a llevar el corazón vivo en el pecho.
Cuando suceda lo que ha de suceder,
cuando suceda,
me latirá un hongo seco
en lugar de corazón.

(Wislawa Szymborska)

**

El amor. Qué concepto.

Breves Reflexiones II

IMG_1730 (1).jpg

Los lentes Miu Miu que me probé  (ver punto 6).

1. Me gusta mucho ir a yoga. Es uno de los pocos momentos en la semana donde me puedo dar el lujo de respirar. Te mueves, te estiras… es como si de verdad necesitara esa clase como para ser consciente de que en este mundo existo. Y es una sensación bonita. Es una hora y media donde todo lo de afuera de verdad no importa. Mucho influye que la clase que tomo es el viernes por la noche, entonces en realidad nadie del trabajo te molesta, pero aún así, me gusta pensar  que es un momento donde todos nos ponemos de acuerdo para respirar.

Estas últimas clases la maestra se ha soltado algunas joyas mientras hacemos ejercicio, y que me he grabado muy bien en mi cabecita. En un ejercicio, estábamos sentados en flor de loto meditando, y coincidió que estaba viviendo algunos momentos complicados en el trabajo. La meditación era conectarnos con el piso, con los pies en la tierra. Y la maestra dice: “árbol bien enraizado, ni quien pueda moverlo”, y por un segundo sentí uno de esos momentos de luz y de claridad que muchos presumen después de años de meditación. O no sé, quizás lo único que pasó es que escuché algo que necesitaba escuchar. Ser un árbol, conectarte, no disociarte. Otro día, estábamos haciendo unos ejercicios para llamar la abundancia (y mira que ya estoy dispuesta a intentarlo todo) y teníamos que estirar la mano al frente y regresarla al pecho con el puño cerrado, como si estuviéramos quitándole algo a alguien. La maestra dice “Toma eso que el universo tiene para ti. Toma lo que por derecho siempre ha sido tuyo”. Y mismo momento de claridad: tomar eso que quizás no llegó por suerte, sino porque lo has trabajado.

Ya he mencionando anteriormente que no suelo creer en las coincidencias, y estas frases llegan en momentos muy exactos. Y es el tipo de magia en la que puedo creer.

2. Acabo de correr una carrera de 10 kilómetros, cosa que me alegra un poco. Lo digo porque hace algunos años, me hubiera parecido imposible correr esa distancia, especialmente ese primer día en que corrí mi primera vuelta en los viveros de Coyoacán y que yo estaba vomitando el corazón al primer kilómetro. Supongo que es de esas veces en que te es imposible visualizar un futuro feliz, si todo lo que haces por primera vez te cuesta trabajo o  la meta se ve lejana, lejana. Los deportes son una hermosa metáfora de todo lo que hacemos día con día, y desde que empecé a correr, siempre pienso en ese día con la cara roja, pensando que jamás podría correr más de un kilómetro. Siete años después, hay una medalla de Hello Kitty colgada en mi departamento que dice lo contrario. Colgada en la pared de un departamento que también creí imposible de rentar cuando aún vivía en casa de mis papás. Departamento que tengo gracias a un trabajo que creí imposible de conseguir por escoger una carrera donde todo el mundo me decía que me moriría de hambre. Y es una carrera que me ha dado mucho más que cualquier persona en este mundo. Qué curiosa la vida, ¿no? 

3. Suspirar se siente muy bien. Es otro de esos momentos donde te acuerdas que existes, que la vida de verdad a veces se está pasando, y puedes detenerte a tomar un montón de aire y sacarlo. Los hombros descansan, el corazón se repone y sigues. Y hay tanto aire por tomar.

4. ¿Y saben qué otra cosa se siente muy bien? Llorar. Ahora me ha dado por pensar que somos un montón de ollas exprés, y que todo el tiempo nuestra campanita está sonando, anunciando que estamos a punto de explotar. Y mientras muchos optan por ser unos cretinos y patanes, otros elegimos llorar. Y todo sereno.

5. Hace unos días fue mi cumpleaños. Escribiré más adelante sobre eso, pero sólo quiero mencionar que ese día fue un fiel reflejo de los tiempos tan turbulentos que estamos viviendo. No fuimos a comer (el tradicional ritual oficinista), no pudeatender todas las llamadas ni mensajes. Estábamos en el pleno de la organización de un evento laboral, y ni ganas quedaron para organizar algo personal. Me ganaron todos los Halloween y todos los festejos de prensa, y decidí que lo mejor será disfrutar de esas fiestas, a manera de cumpleaños. La desventaja es esta sensación de imposibilidad de reunir a la gente que amo para convivir. ¿La mejor ventaja? Me puedo ir temprano de todos lados para poder dormir. Unas por otras: estos son los 32 años.

6. En un evento laboral me encontré a mi primera jefa en le editorial, hace siete años. Me gusta que siempre nos saludamos muy efusivamente y que siempre habla muy bien de mí, pese al poco tiempo que nos tocó trabajar juntas. Me presenta a una de sus colegas como Elsita. “Bueno, Elsa, pero para mí siempre será Elsita”. Nos reímos. Se me hace un detalle adorable. Otra cosa que dice: “Elsa trabajó conmigo. Yo la contraté, y es la fiel prueba de que yo sé ver el talento“. ¿Otra cosa que necesitaba escuchar? En terapia hemos visto una y otra vez que no debería necesitar el reconocimiento externo… pero se siente TAN bien. Me dejo ir con el comentario. Al despedirnos, me dice: “¿No te parece que antes todo era más lento y tranquilo?” Y nos quedamos viendo. Luego ella atiende a todos los invitados, mientras que yo tengo que regresar al trabajo a seguir salvando el mundo (o eso parece), no sin antes tomarme una foto con unos lentes Miu Miu de los que me enamoré.
Sí, todo era más lento, más seguro. Pero no mejor. Quiero pensar que “lo mejor” es algo que le pertenece al futuro.

La construcción de un hogar

IMG_0059.jpg

Una selfie en The Home Store

 

Cuando era niña, a mis papás les encantaba ir a Home Mart, una tienda que vendía absolutamente todo para la casa. Absolutamente-todo, te digo. La tienda tenía un castor gordinflón de mascota y era casi de ley que los domingos invertíamos muchas horas en ese lugar, del cual siempre salíamos con repisas nuevas, quizás un librero, a veces lámparas. Mi mamá ama las flores, entonces era normal regresar con el coche lleno de cosas de jardinería. Mi papá ama las herramientas, así que lo normal era que un nuevo taladro fuera parte de la familia saliendo de ahí. Yo amaba y odiaba esa dinámica; la odiaba porque implicaba pararse tempranísimo para emprender la excursión que duraría –al menos– cinco horas, pero la amaba –la amaba profundamente– porque buscar repisas, lámparas, clavos o pintura, era una manera de decir lo mucho que te importa tener un hogar. No un lugar con cuartos, me refiero a un hogar. Y honestamente –ahora que lo pienso– no había mejor mascota para un lugar así que un castor; los castores se esfuerzan mucho en construir sus casitas, en hacer sus presas con ramitas, y si algo he aprendido al ver a mis papás pensar y pensar y pensar dónde poner cada cosa –y también ahora que vivo sola– es que una casa o un departamento no es un hogar, hasta que una persona llega a hacerlo suyo. Como el conquistador llegando a nuevas tierras, nada más emocionante (y angustiante, ¿por qué no?) que un lugar vacío que lo harás tuyo.

Ya lo demás que pase en ese hogar, es otra cosa.

(Me pareció importante mencionarlo).

**

Cuando me mudé  a la caja de zapatitos en la colonia Roma, invité a varios amigos a comer. Entre ellas, a Alaíde (talentosa escritora, promesa futura), quien a minutos de ver el departamento, me dijo “es muy Elsa”. Y me he grabado esas palabras en el corazón.

La mente, como Dios, trabaja de maneras curiosas, y siempre he creído que las personas buscamos desesperadamente cualquier grieta en esta oscuridad llamada vida, para mostrar un poco quiénes somos en realidad. No importa si eres introvertido o extrovertido, o si insistes en que no te importa ese tema o si es lo único que te motiva en la vida: decimos quiénes somos a través de nuestra ropa, lo hacemos a través del arte, y también lo expresamos  a través de las cosas que tenemos y cómo las ordenamos. Somos castores gordinflones, y cada una de las ramitas que ponemos en nuestra casa, siempre tiene una razón de ser.

**

A veces paso horas viendo cuentas de Instagram de inspiración para departamentos, y por supuesto que me encantaría tener uno minimalista, de esos que tienen dos libros, una repisa negra, almohadas blancas. Veo esos departamentos con orquídeas, tipis elegantes para gatitos. Me encantan, sí, pero aunque lo intento, no logro que mi departamento se vea así, y al final lo atribuyo a que al final, esa no soy yo. La manera en que ordeno mi casa es un reflejo de mis gustos tan diversos y la imposibilidad de seguir una sola línea; tengo un cuadro con un dibujo original de Oliver Jeffers, y tengo un póster que –necia– vine cargando de Japón porque se me hizo bonito. Tengo Hello Kitty’s junto a mis cámaras. Tengo decenas de libros. Tengo almohadas con lentejuelas, tengo muchísimos muñequitos de mis series favoritas. Tengo plantas de sombra porque en mi departamento casi no da el sol. Tengo los muebles que poco a poco he podido comprar, y están con los que he heredado, de entre los cuales atesoro uno: un tocador al cual mi papá le dice “la coquetera”. De niña ahí ponía todos mis juguetes, mis muñequitos más preciados. Y conforme fui creciendo, el mueble fue guardando otras cosas, y es como si ambos hubiéramos evolucionado; de las barbies y los muñecos, ahora guarda mis cremas, mi maquillaje, todo lo que uso para cuidar mi piel y mi cuerpo. Tiene un espejo que me ha visto adelgazar, engordar, adelgazar, engordar, adelgazar; que me ha visto reír y llorar. Es el espejo que me ha acompañado más de 30 años, y una parte de mí desea que otros 30 más.

Somos un hogar.

**

Tengo la costumbre de llegar temprano a todos lados, y hace poco para matar un poco de tiempo y antes de un evento de trabajo, decidí entrar a The Home Store a ver algunas cosas. Sólo por estar. Hay algo muy bonito en ver muebles y cosas de decoración. Es como estar ante un mundo de posibilidades para tu hogar. Hay toallas de algodón, almohadas con memory foam. Botes de basura de aluminio que tienen espacios para la basura orgánica e inorgánica (que deseo ansiosamente).

En las tiendas del hogar me paseo entre los muebles, toco las toallas, las sábanas, huelo las velas y las bolsitas de popurrí. Cuando hago estas exploraciones hay una sensación muy propia de la vida adulta, al tratar de descifrar qué vas a meter en tu propia madriguera, que me resulta fascinante. Y luego veo los precios exorbitantes, pero lejos de darme rabia, noto que habita en mí una idea esperanzadora, que va algo así como  “un día tendré una casa donde pondré un bote así, una cama asa. Una colcha de ese estilo, un florero de este tipo”. De cierta manera, las tiendas para el hogar se me figuran una bola de cristal, que me dan el consuelo de saberme una mujer con una esperanza: que mis tiempos van a mejorar. Pensar en la idea de un futuro con un hogar bonito, hecho por mí, para mí y mis gatos, me llena de paz. No sé bien por qué el resto de mi vida no funciona así. ¿Será que estas son más un recuerdo feliz de infancia, y de ahí que no los vincule a algo fatalista? Debe ser, no sé. Pero ojalá todo me provocara esa sensación esperanzadora del “algún día todo saldrá bien” y no este perpetuo “ya no más” en el que siempre habito.

Siempre, siempre habito.

La puerta que no lleva a ningún lado

LIMPIEZA.jpg

Algunos productitos de limpieza que utilicé para limpiar mi casa.

No sé exactamente qué esté ocurriendo estos días (¿Mercurio retrógado? ¿Ahora sí el capitalismo salvaje devorándonos vivos? ¿El karma ya cobrándonos todo?), pero estos días ya tengo un ritual que se me hace angustiante: me siento en una de las sillas víctimas de las garras de mi gata en el comedor de mi departamento, me tapo el rostro con las manos y trato de asimilar toda la carga de estrés e incertidumbre que me golpea como si fuera una ola en el mar. Pero ojalá fuera el mar; no, esta es una ola punzocortante, donde todo el tiempo tengo que estar atenta a que una cuchilla no me saque un ojo, me rebane un dedo o se me clave directamente en el corazón. Es una ola donde no se me permite flaquear, donde más me vale ser fuerte, y un sinfín de situaciones que al ojo poco diestro le parecerían normales, pero al mío (siempre acechando todo aquello que me puede hacer daño) todo es una sucesión de eventos que se posan en mis hombros, como si fuera un muerto que debo cargar a todos lados. ¿Exagero? De verdad siento que no. Ojalá fuera así.

**

Philip K. Dick tiene un cuento (dentro de la antología ‘La Mente Alien’) donde el protagonista –Bob Bibleman– es llamado a una especie de “concurso” en el cual (de ganarlo) podría cambiar su vida, incluso el mundo. El personaje, invadido por la ansiedad, la paranoia y tratando de simplemente respetar sus decisiones, simplemente no alcanza a satisfacer los requerimientos de dicho concurso (pensar en uno mismo) y es “desechado”. Durante todo el concurso no dejaba de pensar en su buena vida anterior, pero luego de ser desechado era imposible deshacerse de la idea de que nunca más volverá a tener una oportunidad así; no sabemos si era una buena oportunidad, pero definitivamente era una que le hubiera cambiado la vida. Bien pudo haber sido uno de los icónicos personajes de K. Dick, pero lo que me parece especialmente cruel, es que para este personaje, su historia terminó. Su historia terminó, y no hay nada más que pueda hacer. Hasta K. Dick lo desecha: ya no vale la pena ser contada su historia. Ya no depende de él, la suerte está echada, y es momento de que siga su vida, una que ya no nos interesa. Curiosamente, el cuento se llama “La puerta de salida lleva al interior”.

No dejo de pensar en ese cuento, en las oportunidades y en todo movimiento en falso que me podría hacer caer. Todo esto, por supuesto, aumenta mi ansiedad.

**

Mientras trato de sobrevivir estos días tan violentos en altamar, noto esto: mi departamento es un desastre. En el trabajo acabo de tener una mudanza, por lo que tengo una caja y bolsas llenas de cosas que fui dejando allá por siete años. Tengo trastes sin lavar desde hace dos semana. Mi buró tiene tantos libros y cosas, que mis gatos no se pueden subir a jugar o a ver qué hacen los vecinos (especialmente ahora que hay una nueva vecina enfrente y quieren ver, insaciables, qué tanto hace, pese a que siempre tiene las cortinas cerradas). Tengo bolsas y bolsas de tela del súper, ropa amontonada, juguetitos, recuerdos. Y de cierta manera lo he normalizado: llego a la casa y esquivo las cajas, siempre tengo una nueva manera de colocar una taza en el fregadero de tal manera que nada se rompa. La ropa la hago bolita en el piso, y colaboro poniendo otro libro en el buró, para por fin llegar a mi cama, acostarme y ver cualquier cosa en mi celular, como si las pasadas diez horas no hubiera hecho eso.

Y esta rutina me deprime todavía más, especialmente porque no dejo de pensar que este desastre físico que tengo en mi casa, es el reflejo del enorme, escandaloso y desesperante ruido blanco con el que estoy viviendo en mi cabeza y mi corazón.

Y muchas ideas me pasan. ¿Necesito irme de viaje? ¿Necesito aires nuevos? ¿Necesito pareja? ¿Comprar más muebles? Creo que lo que realmente me estoy preguntando es si necesito que me claven un cuchillo en la pierna, sólo para ver si estoy viva. Ni estoy atendiendo el interior ni estoy atendiendo el exterior: es como si mi puerta de salida no diera hacia algún lado; es una puerta giratoria desde donde veo el mundo pasar, sin acceder a nada. Es una puerta de cristal, y a través de ella veo girar todo aquello que deseo, todo aquello que me gustaría ser, hacer, desear y sentir, pero yo estoy en esta puerta, automática, que no da a a ningún lado. 

**

No dejo de pensar en esto: la manera tan terrible en que soy, conmigo misma. Como si de verdad no estuviera dando lo mejor de mí en todos lados, tratando de que todo sea más pasajero. Soy el pasajeron de Iggy Pop: I am a passenger / And I ride and I ride. Así es: and I ride, and I ride, and I ride. ¿Qué es lo que nos lleva a ser tan crueles?

Eso por un lado. Por el otro, mi casa. La casa que prometo cuidar, que comparto con dos gatos, que siempre he pensado que es un templo. Un templo, como mi cuerpo. Un templo, como mi mente. Dentro de todo lo horrible de este asunto, me parece interesante esta sincronía de desastres: es como si hubiera destrozado todos estos templos, y ya pasaron más de tres días y nada más no los reconstruyo. Saltar las cajas, equilibrar los trastes, guardar todo, basurita por todos lados. Todo es tan cínico y triste.

No sé si pueda ponerle solución a lo que sea que esté pasando que la angustia y el estrés gobiernan este mundo. Hay cosas que no dependen de mí… ¿pero las que sí? Hay que hacer algo. No queda más. Pienso en concentrarme en mis cosas, tomar un par de clases de “mind my own business“.  No fijarme en los demás, ni cercanos ni las lejanías que leo en las noticias. No puedo seguir prestando tanta atención a las injusticias, porque –diría mi mamá– terminaré muriéndome de la pasión.

Y lo que queda, aparte de languidecer, es ver mi camino. Ver mi camino sin ver a los lados ni atrás y simplemente acelerar hasta que cosas buenas pasen. ¿Es este mi lado optimista? Tratar de que pasen, pero confiar en que lo que uno haga por uno, es lo mejor que se puede hacer. Trato de hacer las cosas más fáciles, seguir siendo la misma mujer eficiente que he sido desde hace tantos años, quizás desde que nací. Mandar señales, soñar alto. Si Bob Bibleman hubiera pensado en sí mismo, ¿hubiera sido el protagonista de otro libro de Philip K. Dick? Y no es que en esa ruleta le fuera mejor (sabemos que todos sus protagonistas viven locuras apocalípticas)… pero quizás sabríamos de él.

**

¿Qué será de Bob Bibleman ahorita?

**

¿Y mi casa? El domingo ya vacié las cajas, lavé los platos (con jabón extra). Barrí, limpié los areneros, tiré mucha basura. Barrí, trapeé, perfumé las paredes.

A sabiendas de que nuevamente mi casa será un tiradero, me queda pensar que lo importante es lo que uno hace ahora. Y si el ruido blanco de mi mente se refleja en el desastre de mi hogar, ¿podría ser que arreglando el desastre de mi hogar, sane lo que pase en mi mente? Es un mundo tan loco, tan enorme, tan eterno. A estas alturas, vale la pena intentarlo todo. Vale la pena limpiar el exterior para ver si resuena en el interior. Vale la pena que la puerta, esta puerta en mi corazón en una dimensión aterradora que ya no se distingue si es de entrada o de salida, ya con que dé a un lugar nuevo, es ganancia.

Del tarot y la dualidad que soy

IMG_85362.jpg

Amo leerme el tarot. Ya sé, ya sé, aquí es donde vienen todos los científicos a decirme que cómo-es-posible, que el universo no tiene nada qué decir, que la vida son hechos. Ya sé. Sin embargo… como ya dije algunos ayeres, siempre que pueda tomar un buen consejo, sea de donde sea que venga, la verdad es que lo voy a tomar. Lo voy a tomar porque a veces siento que es lo único de lo que puedo aferrarme en un mundo tan distante, tan inmediato y tan futil. Y nadie me puede sacar de ahí, lo siento. 

Empiezo con esta aclaración, porque fue con una lectura de tarot en estos días donde empecé a pensar en algo que no puedo quitarme de la cabeza, y que quizás está cambiando mi vida por completo (¿suena exagerado? En mi mente no). Un poco de contexto: el otro día fui a un evento donde podías tomar un “cocktail de vodka” (no sé si mezclar Vodka con refresco yoli y jarabe rojo entra en la categoría de cocktail, pero eso no se va a discutir aquí), comer un churro de ‘El moro’ y leerte las cartas con una tarotista. Por supuesto me apresuré a ver todo lo que se tenía que ver en en dicho evento, para luego ir directo con la tarotista, porque simplemente no se puede dejar pasar este tipo de oportunidades… ¡gratis

Me siento en la sillita y veo a esta chica con detenimiento. Tenía todos esos clichés caricaturizados con los que describimos a las tarotistas: blusa blanca bombacha, joyas por todos lados, un delineado enorme, pelo chino esponjadísimo, labial naranja, siempre volteando los ojos hacia arriba. Nada grave, pero desafortunadamente en cierto punto sentí que más que leyéndome las cartas, estaba tratando de adivinar qué decirme, a ver qué pegaba. 

He tenido momentos muy bonitos con las personas con las que me he leído el tarot. Con una lloré porque sacó un tema que yo me esforzaba y esforzaba por esconder, como quien guarda algo bajo llave, la tira al mar… y ella la encontró. Ha habido quienes me dicen exactamente lo que necesitaba, y que me sirvió para empezar bien nuevos ciclo. ¿Pero con esta chica? Vaya, no sentí nada. Ni bueno ni malo: simplemente nada. Y siempre es una decepción no sentir nada.

Me pidió cortar el mazo siete veces mientras pensaba en mis preguntas y que también pensara mi nombre. Traté de hacerlo con el respeto que siempre le tengo a estos temas; honestamente nunca me han gustado las lecturas cuando un montón de gente te rodea; si quieres un momento íntimo para hablar de lo que te inquieta, lo que menos puedes hacer es pedir algo de privacidad. Pero aquí, rodeada de gente, cocteles de dudosa categoría y olor a churro, era lo que había, así que corté el mazo y pensé mucho en mi trabajo (¿todo tiene buena pinta?), en dinero (¿hay manera en que se multiplique…) y Berlín (….para irme de viaje?). Son los temas cruciales en mi vida, así que puse mis manos sobre el mazo deseando saber todo lo que quería. Saco la primera carta, se la doy (“la que soy yo”, dice ella) y es La Suma Sacerdotisa.

Seguí pasándole cartas y empezó diciéndome que veía a un chico. “De unos 30-35 años”. Para este punto ya me había perdido –y apenas había dicho cinco palabras– y le digo que no, no hay ningún chico, y no me interesa saber eso, porque honestamente en este momento de mi vida no podría importarme menos ese tema. Me decía que si conocía a algún piscis. Le digo amablemente que no. Luego empeora: “no… veo a dos chicos. A dos”. Para este punto volteo los ojos como queriendo tocar pared con la cuenca del cráneo, le digo que no. Y es cuando empieza a merodear a ver a qué cosa le atinaba: que si mi familia, que si el trabajo, que si me llevo mal con alguien, que ve una riña, que ve alianzas. Ella en escritora del spin-off de Game Of Thrones, y yo simplemente me dediqué a decirle que no hasta que por fin terminamos. En ninguna lectura de cartas me habían dicho de peleas o vaticinado amores; todo debería ser una lectura de lo que te rodea y el camino a seguir, no hay ningún pronóstico. Desde ahí, ya lo único que quedaba era esperar a que se rindiera. Y cuando pasó, me dio un mensaje final:  me llegará una oferta de trabajo… pero puede ser en ocho días, o semanas o meses… pero años no, que de meses no pasa. Pero siempre pensando en ocho. O múltiplos de ocho.

Me despido del anfitrión y decido irme caminando a casa, ya que la tarde era preciosa. Y durante esta hermosa caminata, me fue imposible no pensar en lo raros que fueron todos esos minutos donde esta chica me inventaba hombres imaginarios. Pero no sólo eso: lo que me llamaba mucho la atención era lo verdaderamente lejano que me parece el escenario de tener pareja… tanto, que ni me interesa preguntárselo a las cartas ni acudir al pensamiento mágico en busca de respuestas. Lo veo aquí y lo veo en las apps de ligue, los chicos que me presentan y hasta en los hombres que se me acercan en fiestas. Sólo puedo pensar en la terrible pereza que implica empezar un ciclo con un hombre, pero no sólo eso, sino contemplar la posibilidad de que salga un machito detestable, un onvre insoportable, una depresión con piernas que espera reflejarse en mí, o cualquier otro premio de consolación que me traiga la ya conocida lotería del heteropatriarcado.

**

De las numerosas (pero no tan apantallantes) veces que me he leído el tarot, siempre me da cierto alivio (¿gusto?) que me salga una carta que tenga que ver con la feminidad, un tema con el que siempre he tenido mis disputas, ya que siempre he tenido una inclinación por lo que conocemos como masculino; los pantalones, las botas, las camisas, incluso los gustos. Siento que de ahí provenían muchos de mis problemas con mi reflejo, mi cuerpo, la aceptación de mi todo. Amo ser mujer, pero por lo que dice el mundo, ¿soy menos mujer si no uso faldas? ¿Si no uso escotes? ¿Mis botas industriales qué decían de mí en mi adolescencia? Si me encanta maquillarme, ¿eso cuenta? Ya ahora a mis 32 años me es fácil ver que estas cosas no necesariamente reafirman mi feminidad. Incluso ya me da una risa infinita cuando dicen que un grupo, una programa, una prenda o un videojuego son “para hombres” o es “muy masculino”. Qué magna estupidez. Pero una Elsa de 12, 20 ó 25 años no lo tenía tan claro y fácil. Aunque debo admitir que a veces esas dudas y decenas de inseguridades que creí dejar en el pasado, llegan a filtrarse por los huecos de mi presente, que no he sabido resanar a la perfección.

Busco en Internet a La Suma Sacerdotisa, mi primera carta en esa lectura: me encuentro con palabras como sabiduría, conocimiento, cambios, feminidad. Y leo una descripción que llega en el momento correcto de mi vida: 

La Suma Sacerdotisa se sienta a la entrada del templo sagrado de la dualidad. Lo masculino y lo femenino, lo negro y lo blanco, lo oscuro y lo claro. 

Y hacemos click: hay una pelea en mi interior que en estos momentos quiero equilibrar. Quizás yo también me encuentro entre esas dos torres, no sólo descifrando mi perspectiva del mundo, sino también mi identidad.

**

En la caminata que mencioné, dándole vueltas a la nula emoción que me da que una tarotista me haya dicho que “hay dos hombres en mi vida”, llego a la conclusión de que a lo mejor lo que me pasa, es que me encuentro en un momento de mi vida donde estoy reconfigurando el tipo de hombre que me gusta. Segura de mi heterosexualidad, ¿será que estoy condenada a conocer puros hombres que me hagan menos, que traten de curar sus traumas con una relación o que simplemente sean unos cretinos de lo peor? Una parte de mí cree que sí, otra parte está en paz con la idea de no volver a tener una relación seria con tal de no volver a aguantar este tipo de estupideces. Pero descubro que hay otra parte que podría estar soltándose del patrón machista al que he estado aferrada por tantos años, y que más bien se está fijando en algo más… atractivo. Un lugar que nunca había explorado y que llama mi atención. ¿Cuál es? Pues como en la vida nunca hay coincidencias, esto ocurrió:

Voy caminando por la colonia Condesa casi para llegar a Insurgentes, cuando a mi lado veo a un chico (guapo) paseando a su perro. El chico, debo mencionar, traía falda… y se me hizo increíblemente –profundamente– atractivo. Masculino y femenino. Mientras él avanzaba yo seguía su paso, y notaba cómo todos se le quedaban viendo; unos se burlaban, otros nada más sonreían. Lo seguí hasta que tuve que irme por otra calle para ir a mi casa, y doblé la esquina con esta idea: quizás este es el tipo de hombre. Uno cómodo con su parte femenina. Que simplemente es.

Esto es un descubrimiento enorme para mí. Incluso si nació con un gesto tan simple, como ver a un hombre quitarle el género a una prenda.

**

Dice mi terapeuta que no nos enganchamos con las cosas por nada. Y ahora que pienso en todo esto, se me hace coherente por qué estoy tan infatuada con Rammstein. Seis alemanes, originarios de la nación llamada Fatherland, quienes en sus últimos conciertos salen en falda, maquillados, con vestidos, incluso besándose entre ellos.

Veo el making of de ‘Mein Teil’, uno de sus videos más íntimos (donde compruebo que siempre fueron así, siempre estuvieron en paz con esa parte femenina que vive en ellos, pero ahora se dan el lujo de expresarla), y hay una parte que me parece mágicamente sensual: Schneider, el baterista, preparándose para personificar a una mujer (“Frau Schneider”, bautizado por los fans). Lo vemos pintándose los labios mientras se mira al espejo, poniéndose una peluca rizada, cerrando los ojos para que la maquillista le ponga mascara. En un momento, le preguntan qué cree que hará frente a la cámara, vestido de mujer. Él responde, acompañado de una risa tímida:

“I probably won’t do much. I’ll just be… more woman”.

Un hombre que simplemente será más mujer.

**

“La Suma Sacerdotisa trae un mensaje de conocimiento sagrado y misterios ocultos. Se sienta en la intersección de la mente consciente e inconsciente y puede integrar los dos sin problemas. La Suma Sacerdotisa aparecerá en tu lectura cuando sea el momento de conectarte con tu espiritualidad. Ella te impulsará a atravesar el velo y adentrarte en el inframundo del inconsciente. Ver más allá de la lógica y la razón y renunciar al control. Ejerce la paciencia y la confianza, y comprende que hay mayores fuerzas en el trabajo de las que posiblemente puedas conocer.”

** 

También es hora de ser honesta conmigo: pienso en la posibilidad de una relación con un hombre heterosexual que haya hecho las paces con su lado femenino. Entonces yo, por consecuencia, también tengo algo por hacer:

Hacer las paces con mi lado masculino.