Cosas por las cuales quiero ser recordada

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Cuando era niña, si había una tradición que me gustaba mucho en mi casa, era la de sentarme frente a la televisión con mi tía y escuchar a Walter Mercado. Era DE LEY que nos sentáramos a escuchar nuestros horóscopos (capricornio y libra) y luego escuchar a mi tía suspirar por las hermosas capas que usaba Walter Mercado en televisión. No sólo era un momento bonito con ella, sino que también fue de los primeros caminos por los que me fue interesando el mundo de los horóscopos: era curioso ver esta manera de decirle a la gente que las cosas pueden estar bien, y que siempre hay luz.

Ahora en Netflix se ha estrenado el documental ‘Mucho, mucho amor’ (aquí pueden leer la entrevista que le hice a los realizadores en Glamour) donde además de saber algunos datos sobre su vida y obra, veremos qué fue lo que ocurrió con Walter Mercado los últimos dos años de su vida, cuando se alejó de las cámaras. Es un documental precioso, que lo tiene todo: drama, comedia, ropa hermosa, joyas, corazones rotos y un ascenso cual ave Fénix. Sin embargo, algo que de verdad atrapó mi corazón, fue un momento en que el entrevistador le pregunta a Walter Mercado si algún día pensaba retirarse. Él, por supuesto, dice que no, que nunca se va a ir. Lo dice un Walter Mercado con un cuerpo cansado, años sin salir frente a la televisión a diario (que eso no quita que siga siendo Walter Mercado). Pero en eso, Walter suelta una de las frases más hermosas que he escuchado para definir un legado: “Walter Mercado used to be a star, now he’s a constellation” (“Walter Mercado era una estrella, ahora es una constelación”).

Desde que escuché la frase en el documental, no dejo de pensar en ella. Me gusta pensar en la manera tan perfecta que van esas palabras con todo lo que rodeaba a Walter Mercado: sus capas, sus joyas, los signos zodiacales, el tarot, su hermosa vanidad. Efectivamente, una estrella – una supernova – ahora una constelación.

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Hace poco leí un artículo sobre Prince y su legado, y me sorprendió ver que la gente lo recordaba por su porte, admirable exuberancia, y por la manera en que él mismo se maquillaba, y cómo simplemente iba bien con él. No era algo que se le cuestionara, simplemente él y el delineador ya eran uno mismo. Estas palabras también me llegaron al corazón directo, porque para el ojo no tan avispado, hablar sobre maquillaje podría parecer algo superfluo y sin importancia, pero hay personas que simplemente se fusionaron con esas cosas, y son parte de su identidad y de su legado. Tenemos a Prince, a David Bowie.

(Es curioso: justo estos hombres que me vienen a la mente mientras escribo esto, son los que le dijeron adiós a los estereotipos de lo que “significa” lo masculino, y encontraron una manera de conectar profundamente con eso que entendemos como femenino. El maquillaje, el vestuario, el glitter. Quizás son esos legados, los que rompen prejuicios, los que me inspiran en este momento).

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El tema de la muerte es algo que siempre nos resulta muy incómodo. En mi caso, muchas veces me niego a hablarlo cuando se trata de una persona cercana (¿realmente alguna vez estás preparado para hablar de toda la parte burocrática que implica morir?) y también me parte el corazón cuando alguien tiene una experiencia de este tipo con un familiar o alguien cercano. La idea de la ausencia nos resulta terrorífica, y creo que también es un recordatorio de que nos espera eso en nuestro camino (creo, no sé, al menos me pasa a mí, pero no soy científica).

Pero pensando en esa frase de Walter Mercado y el artículo de Prince… me pregunté de qué manera me gustaría ser recordada. No necesariamente por todo el mundo, claro, pero al menos el átomo que comprueba que estuve en un lugar mientras había luz en mi cuerpo. De broma (¿broma?) en una plática, le dije a unos amigos que quiero mi lápida con mucho glitter. Shiny happy tomb. Pienso en adornos, en cosas con las que me identifico. Pienso en la memoria como un punto final a mi identidad, y una tumba de piedra contra una de glitter… no sé, son ideas random.

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Me quedo pensando que la vida es muy corta como para desperdiciarla con gente nefasta, o no siendo feliz, sea lo que sea que eso signifique. Y siento cómo estas ideas se vuelven más punzantes mientras avanza la cuarentena, las noticias y aparentemente el fin del mundo. Pienso que ya sólo está la búsqueda por ser feliz, que las cosas sean más amables. Quiero hablar de las cosas que amo, que me apasionan, quiero tener intensos debates donde juro por mi vida que yo estoy bien y los demás no, pero que al final brindamos con una cerveza en mano. Quiero hablar de amor, hablar de astros, de tarot.

En este punto de la vida, siendo una estrella en un firmamento, sigo descifrando mi camino. Y en un mar de incertidumbre, medio siento que lo único que puedo hacer, mientras viva, es tratar de brillar más.

Quizás así las personas se vuelven constelaciones.

Cosas bonitas

Algunas cosas bonitas que me han mantenido a flote esta cuarentena:

1. Los mensajes y audios de Whatsapp. Si bien hay días en que me cuesta mucho trabajo seguirle el paso a mi Whatsapp (para prueba, los 100 mensajes que tengo sin leer [perdón si eres uno de ellos]), pero ha habido algunos que han llegado para preguntar cómo estoy, para mandarme memes (mis favoritos, más cuando dicen “me acordé de ti con este”) o para mandarme alguna noticia que creen que me puede emocionar o mover. Las atenciones de mis amigos me hacen pensar que este mundo sí vale la pena.
Por cierto, a mí sí me gustan los audios de Whastapp. Por mí, que manden podcasts.

2. Animal Crossing. Amo los videojuegos con todo mi corazón, y  un bálsamo para mi espíritu estos días ha sido jugar Animal Crossing. Sí, hay algo en los videojuegos violentos, de golpes, hachazos y patadas que me fascina y me emociona, pero aquí, cuando me pongo a sembrar arbolitos, recolectar frutita y comprar ropita… ha funcionado como una terapia para calmarme. Y también ha sido un amable recordatorio de que todo es un día a la vez. Cuando me desespero y quiero pagar todas las deudas (¡acabo de poner un puente en mi isla!), justamente el mismo juego dice “poco a poco, tranquila”. Y sí, con calma: recolecto de todo, lo vendo, ahorro, todo, poco a poco, no pasa nada si no lo haces HOY mismo.

¿Qué nos apura tanto en la vida real?
Y también está Mario Kart, pero es otro tipo de terapia. Una de desahogo.

3. Mis acuarelas. ¿Qué te digo? Me acabo de comprar unas acuarelas metálicas, y es una locura absoluta. Desafortunadamente se me ha terminado el papel especial para acuarela (al menos mi cuaderno para prácticas), pero ya viene el día de pedir cositas, y me ordenaré uno mejor. Es hora de subir el nivel.

4. Los pequeños rituales. Despertar, bañarme. Preparar mi desayuno y en lo que se calienta el pan o las tortillas, regar mis plantitas. Poner los platos en la mesa y servirle a los gatos su comida. Ver algo en mi iPad. Poco a poco, esperar a que den las 8am, para empezar a trabajar. En algunos días, estudiar alemán (complementando con Duolingo), en otros jugar Nintendo, en otros acostarme unos minutitos en la cama. A veces hacer yoga, a veces bailar Just Dance. Son pequeñas cositas que me regresan a mi centro.

5. Inuyasha. Dentro de las series que me han salvado durante la cuarentena, una fue Mad Men, la cual revisité a la velocidad de la luz, ya que Netflix la quitó de su catálogo. No recordaba la manera en que esa serie podía llegarme al corazón, qué lástima que nadie armó un escándalo por su salida, qué frustrante.

Por otro lado, en Amazon Prime Video vi que estaba disponible Inuyasha, y como era muy fan de Ranma 1/2  y prácticamente todo lo que hacía Rumiko Takahashi, le he dedicado todo mi tiempo. TODO, no es broma: estoy por terminar los 190 episodios y las cuatro películas. Consumo la serie con un amor profundo, y me encantan las ideas que llegan a mí: la manera en que podemos romantizar el “primer amor”, pero también que amar a alguien es buscar su felicidad, incluso si no es con nosotros. El camino del héroe y los enemigos (o los que aparentan serlo); el espíritu humano, y también ver que una constante en las leyendas y mitos de cada cultura, es la fascinación por parte de las deidades hacia los seres humanos (somos un enigma y sentimos las cosas de tal manera, que hasta el dios más magnánimo lo añora). Incluso me gustaría escribir algo aparte de todo esto… ¿pero es válido regresar a un animé de hace 20 años? Mira, parece que ya es el fin del mundo, no veo por qué no.

Ahora, una acuarela que hice, justo de mi personaje favorito, Sesshōmaru (hecho con algunas acuarelas metálicas, ¡son una locura!):

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Buenos recuerdos I

Siento que vengo al blog sólo cuando estoy triste o que suelo hablar de cosas muy clavadas en la textura. Recientemente, he escuchado mucho el consejo de recordar buenas anécdotas para mejorar el ánimo durante la cuarentena, así que, ¿por qué no? Hagamos una sección dedicada a recuerdos bonitos.

1. Cuando estudiaba música (que ese, en general, es TODO un momento feliz en mi vida), descubrí uno de mis superpoderes (por llamarlo de una manera): un día estaba sentada en el piso leyendo, esperando a que empezara mi clase de violoncello. En eso, llega un chico con el que tomaba clases, que de hecho no recuerdo su nombre, y dudo que él supiera el mío. Se sentó junto a mí, empezamos a platicar de las clases, y cuando menos lo esperé, empezó a contarme algunos de los problemas que lo estaban agobiando. Problemas que de verdad se ve que llevaba cargando por buen rato. Problemas recios, te digo. Yo lo único que pensaba era “¿pero por qué me cuenta esto?”.  Después de una hora, nuestros maestros llegaron y nos despedimos. Posteriormente, me doy cuenta de que él no regresa a clases. O al menos no lo volví a ver, pero es raro porque yo casi nunca faltaba y dudo que él se haya cambiado al horario matutino, pues trabajaba. Esta dinámica se repitió con muchas personas en mi vida, pero no sólo conocidos, sino incluso con gente que tengo segundos de conocer.  Lo que he notado, pues, es que muchas veces la gente me toma como un agente de confianza, y se desahogan. Se toman un respiro, por así decirlo. Y ha pasado tantas veces en mi vida, tantas, que ya me es imposible pensar que es una coincidencia. Y no sé, me hace feliz pensar que a veces la gente tiene descansos cuando se encuentran conmigo. Y por eso mismo, desde joven, me hice MUY BUENA guardando secretos. Nunca he contado NADA que alguien me haya dicho en estos fulgores de sinceridad. Es una manera de agradecer al destino poder conocer a a gente de una manera tan profunda y hermosa.

2. La primera vez que fui de viaje por trabajo, fue a Los Angeles. Yo no tenía ni la más absoluta idea de cómo viajar sola. ¿Tomar taxi? ¿Shuttle? ¿Cómo llego al hotel? ¿Tengo que dar mi tarjeta de crédito? Iba completamente inundada de dudas en la mente y mucha incertidumbre. Para mi fortuna, me encontré con otra periodista, que me dio algunos tips para viajar. Me indicó cómo llegar al hotel, ya que ella había reservado su transporte en un shuttle que iba lleno. Por mí vino otro, en el cual me hice amiguita de un chico de Nueva York, Dos niñas que venían de Fiji, otro chico de Filipinas y otro chico que no recuerdo de dónde era, pero vivía en los Ángeles. Este último era sumamente platicador y a todos nos llamaba por nuestros nombres (más o menos como en Zombieland). Por fin llegamos a mi hotel, nos despedimos todos y nos deseamos suerte. Después de un proceso largo para registrarme en el hotel, no sabía ni qué hacer. ¿Ir a caminar? ¿Turistear? ¿Mejor quedarme a dormir, aterrada de no estar en casa? Para mi nula experiencia en Los Angeles, no sabía que mi hotel (el hermoso W, al cual ahora le guardo un profundísimo amor), estaba en una zona mega céntrica. Le pregunto a un guardia a dónde podía ir y me dijo “llega a la esquina y dobla a mano izquierda, quizás ahí veas algo”. Fue directo, y al ver a la izquierda: Hollywood Boulevard en su apogeo. De repente sentí mucha paz. Tantas películas y series con este escenario, y me sentí un poco realizada. Yo, Elsa, estoy en Los Ángeles. Y desde entonces, ese punto, esa sensación en el corazón, fue lo que me quitó el miedo a viajar sola.

3. Todas los domingos en que salía a recorrer la colonia Roma, que siempre terminaban con un helado de queso mascarpone con mora azul.

4. Todas las noches en que salía de fiesta, y regresaba a casa con el delineador corrido, los pies destrozados de tanto bailar y los labios hinchados de tanto besar.

4. Una vez fui a una boda en la noche, en una playa. Ya entrada la noche, decido ir a caminar por la playa con unos amigos, la cual estaba en completa oscuridad. Llegó un momento en que las luces de la fiesta estaban tan lejanas, que lo único que nos daba luz era la luna. Tropezando por la arena, alcanzamos a ver un muelle, al cual fui caminando con mucho cuidado hasta el borde, donde vi una de las cosas más sorprendentes que he podido captar con mis ojos: la luz plata de la luna se reflejaba por completo en el mar, y daba la sensación de que yo estaba flotando, pues el muelle era ya imperceptible en ese punto. El mar se veía como una serie de ondas y las estrellas se veían como pequeñas esferas moviéndose. Yo sentía (lo juro, y ni estaba ebria, es imposible embriagarte en la playa, ¿no?) que estaba en un éter viendo todo. Fue una mezcla de felicidad, una sensación etérea, y también mucho terror (¿flotar sobre el mar?).

Decidimos regresar dando pasitos chiquitos por el muelle, esperando con los corazones que nuestros pies pisaran madera cuando avanzábamos, y la angustia terminó cuando llegamos a la arena. Poco a poco, al ir notando cómo aumentaba el volumen de la música y ver a los demás invitados bailar, fue más o menos como regresar de ese trance.

Un trance que me encantaría volver a vivir.

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Breves reflexiones sobre la cuarentena I

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1. He empezado y borrado este texto innumerables veces. Al parecer no hay manera de escribir sobre la cuarentena, que no sea con un dejo de tristeza. Tampoco es que busque decir algo cómico, pero si de por sí me cuesta mucho trabajo hilar ideas, poder decir de una manera genuina todo lo que he sentido durante este encierro, sin un dolor en el corazón, (pero al mismo tiempo un poco de paz, en ratos donde me siento calmada por la ausencia de algo que no he descifrado) es casi una tarea imposible. Por supuesto, es un tema recurrente en terapia, y lo que hemos visto en las sesiones, ha sido tratar de resignificar todo lo que el encierro y el alejamiento implican en mi vida. Y ya sabes, lo de siempre: no enfocarse en todo lo negativo, no clavarte en lo que no estás viviendo, hacer que cada segundo sea un día a la vez. Y es que justamente la cuarentena me agarró en un punto de despegue y de descubrimientos tan abrupto, que es imposible no irte a dormir pensando en esa frustración. Es como cuando estabas jugando Super Mario World en Nintendo hace algunos ayeres, y de repente tenías que ponerle pausa al juego, porque tenías que hacer otra cosas (la mayoría de las veces te llamaba tu mama). Esa pausa que te interrumpe de algo que realmente estás disfrutando: así se siente todo esto.
(Super Mario World, dicho sea de paso, ha sido uno de los juegos que me ha acompañado durante este encierro conmigo misma).

2. Hay días que son como oleadas. Van tristezas, llegan alegrías. Van noches de sueño profundo, vienen insomnios atroces. Vienen días llenos de inspiración, van días donde estoy convencida de que no sé hacer nada. Son oleadas durísimas de una playa a la que no estoy muy segura de cómo llegue. Y son justo los días difíciles los que trato de evadir con todas mis fuerzas, pero me convenzo que también debo sentirlos, debo vivirlos. Me descubro a veces haciendo todo lo posible por huir de ellos, pero entonces dejo que mi mente fluya y trato de descubrir por qué vienen tantos pensamientos negativos a mí. ¿Qué me inquieta? ¿Qué es lo que me da miedo ver en este inmenso mar viscoso de inseguridades?

3. Un programa sumamente terapéutico: ‘The Midnight Gospel’. Hablan de todas esas cosas con las cuales me gusta clavarme: los contextos a los que somos arrojados, la vida, la muerte, los desahogos. Me impresiona a niveles que encuentro medicinales. Ejemplo: un día estaba muy enojada por una situación verdaderamente tonta. Tonta, te digo. Antes de responder de una manera violenta y agresiva (traducción: escribir un emoji enojado en WhatsApp), decido sentarme a comer y ver un episodio de ‘Midnight Gospel’ antes de continuar con mi rabieta. Y qué sorpresa: un episodio dedicado al silencio, y la manera en que dejamos que las cosas sin importancia tengan un peso inaudito en nuestras vidas. Respirar, escucharte, analizar y dejar ir. Ahí está todo.

Respiro, dejo ir una batalla que ni me correspondía, y decido ser lo más madura posible. Incluso borro una nota de voz, y accedo a escribir “dejémoslo para el lunes”.

El confinamiento me ha hecho pensar qué cosas valen la pena y qué no. A veces, entra esa Elsa (necia, como rayo del sol que entra por la persiana del cuarto de una persona desvelada) que se muere por demostrar que vale algo, que sirve para algo. Pero la Elsa que desea una vida tranquila y pacífica trata de tranquilizar ese rayo acomodando la persiana.  Hay exigencias en este mundo, de las cuales a veces quisiera escapar, pero una parte de mí se ve más motivada que nunca a alcanzar esas expectativas.

(Es muy curioso pensar en el mar como un lugar de calma, pero también como este fenómeno de olas violentas que vienen y van, que ejemplifican a la perfección esto que llamamos vivir).

4. He pintado un poco. Ahora trato de ser un poco más detallista en las cosas. Poner sombras, delinear mejor. Incluso ahora meto un poco más de Photoshop. En la ilustración para este post, juego con las capas y meto diamantina. Claramente hice este dibujo en un día de oleaje bueno. Los días malos son para rumiar las penas en la cama, sin computadora ni pinceles. Son días en que los gatos duermen su décima siesta, y yo la vigésima.

5. Me dicen recientemente en una entrevista que hice, que a todos nos tocó vivir esta cuarentena con las personas que debíamos pasar esta cuarentena. Y como la-persona-que-no-cree-en-las-coincidencias que soy, me resuenan mucho esas palabras. Las personas con las que nos ha tocado estar más de 80 días encerrados, ¿son las que nos van a enseñar eso que la vida ha tratado de decirnos, casi a golpes? No es ley universal, pero en mi caso, quizás esta batalla eterna que he tenido conmigo desde hace 32 años ya tenía que terminar. No es que llegue a un estado zen, pero sí uno donde diga “ya, Elsa, ya”. Y ha funcionado en ciertos momentos: cuando veo mis videitos de yoga (amo cuando la chica dice “this is a moment of love for you”, ¡y sí!), o cuando me hago desayunos ricos. Cuando bailo frente al espejo, incluso cuando me armo de valor y limpio todo el departamento, que es mi hogar. 

De cierta manera estoy encontrando un lenguaje conmigo.

También entiendo que la vida puede ser extremadamente fútil, que pocas cosas deberían quitarme el sueño y que es válido pedir un tiempo fuera cuando la realidad me rebase. He aprendido a ser paciente, incluso si no sé cuál es el premio. Si es que lo hay. O si es que debería existir uno.

Alguna vez escuché que la vida siempre te pondrá en el mismo problema una y otra vez, hasta que seas capaz de enfrentarlo de la manera correcta (¡como en el episodio 5 de Midnight Gospel!). Quizás en estos 83 días (circa), he aprendido, al menos, a verme de una manera más compasiva. Incluso amorosa.

Todo está en resignificar.

 

Breves reflexiones III

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Mi proyectito final de un curso de acuarela con influencia japonesa 🙂

  1. Estos días me ha dado mucho por pensar en todas las cosas que no viví. Algo así como la nostalgia de todo lo que no fue. Son una serie de ideas que se van haciendo más intensas conforme pasa la cuarentena, encerrada en mi departamento, pensando en todas las fiestas a las que no estoy yendo, los platillos que no estoy probando, la gente que no estoy besando.

    Y bueno, no es como que no sepa de dónde nace esto, y aquí es donde les cuento algo medio personal: durante mi adolescencia, a mis papás les dio una etapa de sobreprotección que, la verdad, aunque sé que venía de un lugar amoroso, yo lo hallaba asfixiante. Antes vivíamos muy lejos de todos los lugares a donde me invitaban (una hora en coche si bien nos iba, ni quiero contarles cuando entré la preparatoria, los largos trayectos matutinos eran casi bíblicos), pero incluso cuando ya nos mudamos a una parte humana de la Ciudad de México, la sobreprotección siguió. La dinámica era irme temprano de las fiestas, de los conciertos, los after eran algo prácticamente imposible. Era beber poco, o tratar de fingir la mejor sobriedad posible, incluso aunque el aroma a vodka me delatara. Era no fumar mucho, era drogarme temprano para llegar a casa sobria.

    Era Tremendamente (así, con mayúscula) cansado.

    Poco a poco fueron cambiando las reglas; y aunque las cosas se fueron aligerando, llegamos al punto de mi independencia, acompañada de una deliciosa libertad, la cual  ahora tengo… pero que no puedo vivir.

    Y está bien, hablamos de una pandemia… pero qué sed de vida me da.

  2. Algo que he aprendido de mí: la noche y yo siempre hemos tenido una relación hermosa. Desde que recuerdo, he amado los conciertos, las fiestas. Me gusta beber, me gusta muchísimo bailar. De esta manera, ahora resulta evidente el que me fuera deslindando de las reglas de casa, para empezar mi propia vida nocturna. A cuentagotas fui descubriendo lo que de verdad me gusta.

    Por supuesto que la independencia no encuentra su única razón de ser en las fiestas y el baile, pero sí en esta manera de decir “me toca a mí recorrer este camino”.

  3. Una idea que a veces me conflictúa durante la cuarentena: si bien me encantaría tener un poco de contacto humano y de apapachos, lo cierto es que me la he pasado bien conmigo misma. Muy bien, de hecho. Me preparo cosas ricas, me consiento (escribo esto con una mascarilla de té verde para la piel de mi rostro), estoy terminando de ordenar mis cosas (y mi vida) y paso el rato en una tranquilidad que estaba perdiendo con los traslados diarios, las juntas eternas, los requests de mi tiempo y de mi vida. La cosa es, pues, que me la paso bien conmigo, menos cuando extraño de una manera punzante lo que me ha arrebatado este encierro.
  4. Tuve miedo de escribir el punto anterior, porque otro descubrimiento que he hecho en esta época, es que no puedes escribir ese tipo de cosas sin antes pedir perdón. Debes dejar en claro que eres consciente de tus privilegios y que mencionar que extrañas una fiesta o ver un amanecer con los sentidos alterados es algo tremendamente superficial, y quizás rematar con darte dos latigazos. Cada vez que hablo de algo así en terapia (¡ahora online!), comienzo con “sé que hay cosas más importantes en el mundo que mis duelos…”, pero mi terapeuta me interrumpe: “estás en un lugar seguro, y esto también es importante. Nadie te juzga, tampoco te juzgues”. Y sí, ¿no? Este blog es mi espacio también, donde nada se dice con malicia: se habla desde un corazón sintiendo el mundo, y que adolece por todo: por lo mío y los demás. Por lo mío y los demás.
  5. Siguiendo con el punto 1, no necesitan decirlo: ya sé que uno no se pone “al corriente” con las cosas no vividas del pasado. Las experiencias, experiencias son y que esas fiestas cuando era darketa –donde sonaba 45 grave y Scary bitches– quizás ya no vuelvan (cada que voy al UTA, verlo tan pequeño, es un poco descorazonador), pero a lo que me refiero es que  ahora hay nuevas oportunidades, listas para ser tomadas… eso, hasta que llega una pandemia, una pandemia atroz que está haciendo cosas terribles afuera.
    Y luego pienso en mis amigas que ya no pudieron hacer sus tours de promoción por los proyectos que tanto les costó terminar. Pienso en esos primeros besos que no se están dando, pienso en esas clases en las que muchas personas no están descubriendo su verdadera vocación. Pienso en la gente que no tiene a dónde ir, la gente que está en problemas graves.
  6. Otra cosa: Ya le he dicho adiós a Berlín. Adiós a ese año de anticipación de planes y corazonadas, porque debo admitir que había algo en ese viaje que me llamaba. Algo me decía que mi vida iba a dar un giro, o al menos iba a regresar con el corazón en pleno vuelco, porque era –justamente– un viaje de  libertad, donde aprendería a soltar: pasarme a otro país como si de otro lugar por mi colonia se tratara; conocer la vida nocturna europea, beber, besar, bailar. Era un viaje con una expectativa que iba más allá de lo convencional: era un llamado al que le hice caso. “De todo esto”, escucho en terapia, “recuerda las cosas buenas que te pueden pasar cuando haces las cosas siguiendo tu instinto”. Lecciones que no se deben ir, por más que te las quieran arrebatar.
  7. He tomado algunos cursos online de acuarela. Acabo de terminar uno de influencia japonesa, y ya terminé mi primer proyectito (que encabeza este post). Hay algo que no me convence del todo, ¿será que me falta trabajar en texturas? ¿mi necedad en usar tinta china? Pero ahí voy. En esta ocasión, hice una escena que vivía cada martes: regresando de alemán a las 9 de la noche en metrobús, siempre le escribía a Julia que después de un día largo, me merecía un famoso esquite de la esquina de Insurgentes y Taxco, en la Roma, con harto cacahuate enchilado. Es un momento que extraño mucho; era un ritual antes de llegar a casa.
    Ahora todos los días son en casa.
  8. Por último: se rompió una de las patas de mi mesa. En otro momento me hubiera soltado a llorar, pero tuve que pensar rápido porque tenía una junta (ugh) por Zoom. Así que le puse kola loka y resistol blanco en el borde, en lo que consigo pegamento de vidrio industrial. Y, supongo, hay una buena lección de vida en esta acción: por el momento, se trata de hacer lo que se puede, con lo que se tenga. Ya habrá tiempo de tener lo que debes.
    Y ya habrá tiempo de llorar, también, claro.

Progreso

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Dentro de todas las cosas que he escuchado durante esta nueva etapa del mundo conocida como “pandemia” (¿quién lo iba a decir? Siento que ya hemos vivido de todo), una de las cosas que más se me han quedado grabadas en la mente, es esto: “El capitalismo nos ha fallado, porque su fin siempre fue la producción, y no el progreso” (que, por cierto, desafortundamente no sé quién lo dijo. Supongo que lo podría encontrar en Google, pero no quiero). Se me hicieron palabras muy sabias porque resume a la perfección la manera en que hemos estado midiendo nuestras vidas. O bueno, no sé tú, pero así he estado midiendo la mía. Cuánto gano, cuánto me reconocen, cuánto me dan, cuánto obtengo a cambio. Es como si en esta lucha implacable por tratar de ganarle al sistema, de todos modos uno siempre sale perdiendo. Pierdo mi humanidad, pierdo el gusto por las cosas. Es comer sin saborear, nada más para vivir. Pero lo realmente incómodo, es este deseo por hacerle saber a los demás que sirvo. ¿Para qué? Para algo. Pero sirvo.

De todo lo que podría preguntarme en mi cabeza, está siempre el “¿qué gano?” y no “¿cuánto he crecido?”.

Y podría empezar a hacerlo desde ahora, por supuesto.

¿Pero qué gano?

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Reporte desde el confinamiento: Hay muchas cosas que se hacen bien claras ahora que estoy guardada en la comodidad de mi departamento. Por ejemplo, que de a ratos los gatos sí se muestran un poco sacados de vibra de mi presencia, pero luego hay momentos llenos de paz donde se acurrucan en mis piernas, o esta nueva cosa que trae Pirata, que ahora se duerme conmigo después de su experiencia cercana con el más allá. Los tres, en el arte de la sana convivencia.

Otro de mis momentos favoritos: cuando los tres dormimos en nuestros lugares favoritos. Pirata duerme en su camita abajo de mi tocador, Sorata en su camita junto a la ventana grande (especialmente cuando entra un poquito de sol que se refleja desde la ventana de la vecina) y yo en mi cama. Son momentos tranquilos, que más adelante (por el inevitable regreso a la rutina), voy a extrañar mucho. Porque así estamos diseñadas las personas: para vivir, no valorar y luego extrañar (ad infinitum).

La cosa es: ¿cuándo vamos a regresar a la rutina?

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La ¿vida? de la cuarentena también trae otro tipo de ideas a flote. Los caminos solitarios, las decisiones hechas en el camino, el conformismo. Encerrarte físicamente, es encerrarte también con esas imágenes que intoxican el alma. Y es cuando tratamos de aferrarnos a las cosas que nos mantienen a flote: tengo mis clases de alemán online, terapia en videollamadas, yoga videollamadas, fiestas con alcohol en videollamadas. Todas estas acciones son recordatorios de que no hay que tocar fondo. Por más seductora que sea la idea, no hay que tocar fondo.

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También está el cansancio, que ahora es bastante peculiar. Por lo común, cuando salgo de mi departamento a la oficina o voy a algún lado, es 100% garantía que dormiré profundamente de lo cansada que estoy. Veo cuántos pasos di, veo cuántas calorías quemé. En este encierro, el movimiento se ha reducido al máximo (incluso con los estiramientos de siempre)… pero me sorprender notar que caigo rendida en la noche. Cansada, agotada, exhausta.

No creo en eso de que llega un momento en que te pones al corriente con todo el cansancio que has acumulado con el paso de los años. No soy científica ¿pero y si no es un cansancio de movimiento, sino uno emocional? Me muevo tanto en los laberintos de las emociones en las que no quiero caer, que acabo rendida.

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Me pasan un artículo: quizás lo que estamos viviendo es una especie de duelo (por nuestra rutina, nuestro estilo de vida, el futuro incierto). Y me hace todo el sentido del mundo. Extraño las fiestas con mis amigos, ver a algunas personas de la oficina. Extraño quedar para el cafecito en la Condesa, ir al súper con libertad. Extraño llegar a las cinco de la madrugada a mi departamento, envuelta en fiesta, envuelta en vida.

Y que los problemas sociales de la escasez y la desigualdad resalten, no ayuda. Alimentan una culpa que habita silenciosa en mi cabeza.

Sin embargo, recuerdo que hace muchos años sufría de insomnio y de pasar noches enteras en vela tratando de conciliar el sueño… y ciertamente, prefiero dormir de duelo, que esa sensación fatalista de estar dando vueltas en la cama hasta escuchar el trinido de los pájaros y ver cómo el sol se mete, rayo por rayo, a través de lo que era la persiana de mi cuarto en la casa de mis padres.

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Veo una foto de Nueva York. Me sale en una de esas aplicaciones de recuerdos, que ahora más que nunca siento que son un alivio y al mismo tiempo un pesar. Veo que hace unos años fui a Nueva York, y que con una amiga decidimos recorrer Brooklyn. Dejar tantito Manhattan, y atravesar una parte todavía más industrial de Nueva York. En DUMBO (por supuesto) le pido que me tome una foto donde Manhattam se ve atrás. Salgo con los ojos cerrados y me da risa. Fue un momento feliz.

Ahora, para el trabajo, me pidieron dar una mini clase de cómo hacer un autorretrato con acuarela. Decido hacer uno basado en esa foto, y en el video digo “escojan fotografías que las hagan felices, será más fácil”. Me siento un poco Bob Ross al decir (ya quisiera un gramo de su talento, eso sí). Pero creo que digo algo muy cierto: hay algo en los recuerdo felices, que funcionan como la semilla de una esperanza. Una esperanza que dicta que todo va a estar bien, y que antes hubo Nueva York, pero que los volverá a haber. Y pienso: está bien. Está bien estar en casa, está bien tratar de estar tranquila. Ya habrá más viajes a la oficina, ya habrá cafés, ya habrá pastelitos a las ocho de la noche. Ya habrá bailes en antros a las cuatro de la madrugada. Ya habrá Nueva Yorks, ya habrá Japons, ya habrá Belins, ya habrá Acapulcos.

Por mientras, veo esta foto, y la hago acuarela.

Inmortalizo todavía más ese recuerdo, que de todos modos vive en mí. Y nadie me lo quita.

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Limpio la casa y no llevo puesto mi reloj (tiene varios días que no lo uso, no quiero saber si sólo quemo 100 calorías al días). Con escoba en mano y una cubeta en el piso, le pregunto al aparatito tecnológico que viven en mi casa, otro colega de esta nueva oficina también llamada hogar:

– “Alexa, ¿qué hora es?”
– Son las 17 y 42. Venga, ya venciste el lunes y ahora venciste el martes”.

Ahora se trata de vencer el tiempo. Qué recuerdos cuando queríamos vivirlo.

Algo de hecho muy divertido, que súper volvería a hacer II

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DÍA DOS DE TRÓPICO

Para el segundo día, abro los ojos y veo cómo se mueve un poco el techo, signo inequívoco de que sigo ebria. Es una sensación que –admito– a veces me gusta, a veces no. Me gusta porque significa que me la pasé muy bien (afortunadamente soy de las que le para al alcohol cuando sabe que la noche no da para más), pero no me gusta porque viene el dolor de cabeza, algunas veces la náusea (no la de Sartre, LA OTRA) y seguro me duele la espalda baja por tanto bailar. Alguna vez vi un meme que, a manera de fake news, decía “Si te duele la espalda baja, podría ser signo de muerte prematura”. Sí, me reí dos horas, pero la verdad sea dicha: la cruda de perreo sí se siente como un signo de muerte prematura. Abro los ojos y Luis ya está despierto. Algo que admiro de él (además de muchas otras cosas) es que no importa qué tan salvaje haya estado la fiesta, siempre amanece fresco, como si el tiempo no le afectara. Noto que hay un calorcito en el cuarto, producto del amanecer y del sol directo que pega en la ventana. Acapulco es de amaneceres calientes, pero no molestos. A primera hora del día, el sol de Acapulco te lame la espalda para que recuerdes que estás despertando a unos cuantos pasos de la playa.

Y es aquí cuando llega uno de los mejores momentos después de una borrachera salvaje: el desayuno.

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Los buffets siempre me dan angustia, no por otra cosa porque son la clara muestra de que el mundo está lleno de posibilidades, y que tomar algo es señal de que le dirás adiós a otra cosa. Y por supuesto que en los buffets no puedes tenerlo todo, porque es un exceso, porque engordas, porque te mueres, porque nada más no se puede, ya deja de insistir.

Ir a un buffet es una dinámica que se luce por ser muy Sylvia Plath y el árbol de higos:  menos poético, pero más atractivo. En cuanto arranques un higo del árbol, estás dejando los otros. Que si eliges una carrera, te olvidas de un destino. Si elegiste a una persona, te olvidas de otra. Si decides hacer algo, otra cosa se te va de las manos. Qué angustia, pero así se va haciendo camino. Por cierto, en el buffet había higos, y una tabla de quesos, pero en este caso yo elegí una birria bien caliente y diversas cucharadas de las cazuelas llenas de comida mexicana que había en la mesa de antojitos. ¿Merezco ser juzgada por tratar de ser Sylvia Plath, pero usando un buffet en Acapulco como metáfora de la vida? No lo creo.

En dicho buffet hay una señora preciosa, de sonrisa permanente. Luis me dice que hace sopecitos y quesadillas totalmente recomendables, excelente servicio. Ese primer día voy con ella y le pido una quesadilla con carne “pero bien copeteada” que es mi modus operandi por excelencia cuando quiero que me den la comida bien servida y no con una línea delgada de alimento (¿qué es esto? ¿cocaína?). Es como cuando en Uber Eats o Rappi pongo en las notas “bien servido que estoy cruda”, ¡y sí me dan la comida bien servida!

En fin, esta amable señora me recibe con una sonrisa enorme, y empieza hacerme preguntas en un tono que me hace entender que sí le importan mis respuestas (que creo es el secreto de la buena hotelería). Me pregunta si estuvo buena la fiesta, y mis ojeras le dijeron que sí. Después llega la hora de la interacción humana dondele pido que me diga su nombre, porque luego hay cierto momento de la conversación en que es incómodo no preguntarlo desde el principio, para luego ser demasiado tarde.

“Merari”, me dice.

Merari, un nombre precioso, brillante. Simple, tiene las vocales y consonantes correctas para que suene como un pequeño cantito. Le pregunto que qué significa, y simplemente me dice que es algo bíblico. Le acepto la quesadilla (con mucha carne) y termina deseándome que vuelva a tener una noche fantástica.

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Después de desayunar nos vamos a la playa, donde a pesar de despertar con la mirada perdida y el aliento alcohólico, me descubro pidiendo una cerveza pacífico. Nos encontramos con las nuevas-amistades y vivimos el delicioso momento de simplemente sentarnos a recibir el sol en todo su apogeo a un lado de la playa, dando algunas visitas esporádicas al mar. Después de ser bautizada por las olas salvajes de Acapulco, regresamos al hotel para cambiarnos y regresar a la fiesta.

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La misma dinámica ocurre que el día anterior: pasamos la tarde en los alrededores del festival para tomar algunas cervezas. Aprovechamos la golden hour (de verdad no tienen una idea de cuántas fotos había ya en mi celular) y vimos a algunos amiguitos de la oficina. Es un momento que de cierta manera hoy valoro, porque en general ver a la gente en la oficina es convivir en un ambiente tenso, totalmente repugnante. Pero verlos sin una computadora en mano, y más bien con vasos con alcohol y una buena energía, me hace pensar que de cierta manera nuestras pobres almas siempre podrán tener la posibilidad de encontrar caminos felices. Me encuentro a K., quien parece estar viviendo el momento de su vida. E. y V. también rondan por ahí, reímos de algunos chistes. Queda la promesa de ir a bailar a Bon Bon en la noche, cosa que no pasa porque ellos huyen de Trópico a la medianoche, y a esa hora para nosotros apenas empezaban las cosas. Pero repito: siempre hay mejores contextos que otros.

(Días después los tres nos encontramos en la oficina. Sonreímos. Extrañamos Acapulco. ¿Y cómo no hacerlo?).

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Para este día, pensé un poco en la mesura, pero se me fue al primer vodka tonic. Cuando la gente pregunta si las cosas están vaso  medio lleno o medio vacío, me gusta verlo medio lleno de vodka y medio lleno de tonic. Decido sacar toda la fiereza, y me unto cuanto glitter pude en el rostro. Es otra de esas cosas que en un contexto normal no haría, ¿pero sabes qué? Empiezo a pensar que la línea entre la Elsa de la oficina y la Elsa de la realidad se empieza a difuminar. Ya una no está siendo lo que la otra quiere, y si me preguntas, todos los días usaría glitter si dependiera de mí. Rosa, azul, verde, turquesa, dorado. La vida es muy corta para no brillar.

Lo hermoso de este día es que nuevamente veo a The Rapture, una banda que me gusta mucho y que vi por primera vez en el Nokia Trends del 2006 (¡hace 14 años!). Estamos tan ebrios que nos sabemos todas las letras. Las idas al baño son siempre una oportunidad para perderte, pero había algo en Trópico que cualquier palmera funcionaba como un faro que te guiaba, para siempre encontrar a tu gente.

Bailamos y bailamos: bailamos en The Rapture, bailamos en la palapa de Café Paraíso, bailamos mientras Uzielito mix me lleva a esa Elsa del pasado que escuchaba a Daddy Yankee. “Reggaetón del de antes”, como le dicen.

Después de esto regresamos al hotel, y trato de quitarme todo el maquillaje de la cara, sólo para descubrir algo inevitable: van a pasar unos buenos días antes de quedar totalmente glitter-free de la cara. ¿Pero sabes qué? Todo cool. Estuve muy en paz con esa idea.

***

DÍA TRES DE TRÓPICO

Por supuesto que vuelvo a abrir los ojos y el techo se mueve levemente. OTRA VEZ.

Por supuesto que Luis ya está despierto.

Por supuesto que volvimos a ir a la alberca por una cerveza michelada.

Para ese punto yo ya estaba en un momento de paz mental, donde sólo me preguntaba si de esto efectivamente se había tratado la vida, y si había vivido engañada con todo el asunto del estrés, la angustia y la agonía de la CDMX.

A veces se me olvida que la calma existe. Que mi espíritu puede tener más garbo, y una ahí, muriendo lento.

Amo a David Foster Wallace, pero cuando escribió que viajar no necesariamente da paz espiritual, temo estar en desacuerdo con él: ser turista es ser un extraño en un lugar. Y donde nadie te conoce, puedes ser más real. Es como si en ese lugar que llamas hogar, pese a la comodidad de conocer todo, ya no pudieras quitarte las máscaras que haces para interactuar con la gente y poco a poco te olvidas de quién eres; pero los lugares lejanos: ahí nadie sabe tu nombre. Es donde puedes ser tú. Como si en casa tuvieras que ser tu signo ascendente y no hay de otra, pero estos nuevos territorios, es donde puedes ser el signo solar.

Para este día de Trópico, las cosas son más calmadas. Todo se trata de sentarte en la playita a escuchar música y tomar un par de cervezas. Es el día en que la gente ya no usa tanto glitter ni consume tantas drogas, pero disfruta del sol poniéndose mientras escucha a Caloncho. Nos regresamos al hotel y mientras ponemos Kung Fu Panda 2 en la tele (donde le platico a Luis mi dato favorito de esta película, que Charlie Kaufman ayudó a hacer el guión), mi cuerpo me pide un poco de redención y me quedo profundamente dormida. Una pausa del mundo.

Fue un sueño pesado, a dos de ser considerado una ida sin regreso.

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DÍA CUATRO EN ACAPULCO

Ya es el último día en Acapulco, y CLARO que regresamos al buffet. Todos los chilaquiles del mundo, con ese queso increíble de Guerrero, que me recuerda al que siempre trae mi mamá cuando visita el Estado. Siempre trae los famosos nacatamales, relleno, queso, crema y carne. No hay nada como estos manjares.

Y por supuesto que regreso con Merari, quien me vuelve a hacer preguntas que sí esperan una respuesta. Noto que dos o tres personas en el mismo estado que Luis y yo llegan con ella para despedirse y agradecerle esas ricas quesadillas cura-crudas, como si fuera nuestra Santa Patrona de la sanación etílica.

Le doy las gracias también. “Espero verte el siguiente año”, me dice. Yo también lo espero.

Emprendemos el camino a casa. Hablamos de muchas cosas con las amistades nuevas. Me doy cuenta de cuántas cosas me ha dejado este viaje: mucho baile, mucho alcohol. Liberación, amistades: hacer nuevas y reforzar las viejas (Dato curioso: Luis y yo cumplíamos diez años de conocernos y lo celebramos con una foto donde comprobamos cuánto hemos cambiado. Cuánto hemos cambiado). Regreso brillando, con una camisa blanca, pantalones holgados. Siento que vivo con el filtro de brillitos de Instagram.

Ya en la ciudad siento una depresión inminente, producto de saber que la vida puede ser otra. Trato de no escuchar esa voz, ordenando mis cosas para ir a trabajar al día siguiente. Veo una serie, acomodo cosas. Todo tan fútil.

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En la noche, antes de dormir, recuerdo que Merari no me dijo qué significa su nombre. Lo busco rápido en internet y al parecer la traducción literal y directo de la Bíblia, es “triste”. Se me hace curioso que una persona tan sonriente y amable, con una energía culinaria tan poderosa, que una bola de borrachos y crudos se sienten cuidados y le agradecen sus manos santas por hacer quesadillas, lleve por nombre algo que significa “triste”. Es algo curioso, pero me alegra un poco el alma porque si para muchos llamarte “triste” puede ser una sentencia de vida, Merari, con su sonrisa y su linda vibra, nos demuestra que uno siempre se puede forjar un camino diferente. Nada nos tiene por qué definir si así lo queremos.

Al parecer, las sentencias se las pone uno mismo.

Algo de hecho muy divertido, que súper volvería a hacer I

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Acapulco. Tengo recuerdos muy bonitos de Acapulco. Mi mamá nació en Guerrero, por lo que en mi infancia la costumbre familiar por antonomasia era regresar cada año a sumergirnos en sus playas y caminar por sus calles; las calles de un Acapulco viejo, quizás no tan peligroso… aunque es difícil saberlo, porque quizá toda la violencia ocurría por debajo del agua, justamente rozando nuestros cuerpos flotando en las playas. Basta leer el artículo de los Acapulco Kids o las tasas de violencia para que se me rompa el corazón en mil pedazos, especialmente por el tremendo choque con los recuerdos bonitos que tengo de ahí. Coleccionar caracolitos que encontraba perdidos en la arena; que mi mamá me comprara tamarindos, que mi papá se creyera catador de Yolis y curiosamente recuerdo un llavero de una tortuga amarilla con conchitas atrapadas en resina, que decía “Acapulco” en cursivas con diamantina y arena. Es un llavero que me duró muchos años y que después se perdió, justo como muchas cosas en mi vida. Eran tiempos felices, quizás porque como pasaba con la violencia escondida del país, no era consciente de los problemas más individuales que pasaban a mi alrededor. Menos rabia y más ingenuidad parece ser la fórmula para pasar desapercibido por la agonía del mundo.

Eso sí, Acapulco siempre ha lucido viejo. Siempre he pensado que es una Polaroid; tiene un tono azul celeste, como si alguien le hubiera dejado la lente de una cámara lomográfica en el cielo, y desde entonces todo se ve azul; un azul nostálgico que se queda en una parte de la corteza cerebral que resulta difícil olvidar. En contraste, ahora todo en la esencia de Acapulco es diferente. Ya hay una zona diamante, ya nadie va a lo que ahora se conoce como “El Viejo Acapulco”. Ahora todos sabemos que hay zonas peligrosas que ya no son de fiar y que hasta ir al Oxxo de noche puede ser una experiencia extraña; quizás no fatal, pero sí extraña, y eso es algo que nunca sentirías en un lugar al que alguna vez llamaste hogar.

La cosa, pues, es que el viaje que acabo de hacer a Acapulco fue diferente. Todos mis viajes a este lugar siempre habían involucrado a la familia, es decir, un ambiente tranquilo, pasmado, incluso aburrido. Temer un poco al mar, para no morirte enfrente de tu madre; no beber tanto, porque ya te conoces. Regresar temprano a donde sea que te hospedes. Una rutina languideciente que cumple el cometido si tu meta es descansar, pero no si deseas derretirte entre los dulces dedos de ese concepto llamado destrucción.

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El Festival Trópico se ha llevado a cabo desde hace 10 años, y de cierta manera me alegra que se haga un evento así, porque podrían compensar todo el turismo que poco a poco se ha desvanecido de ahí. Y lo especial de esta edición es que lo promovieron como “el último Trópico de la década” y es lindo porque este fenómeno del “final de década” me emociona bastante; siento que el siguiente año será muy bueno, con tanta música, tanto viaje y tanta buena gente. Algo hermoso que me han dejado los 30 años es juntarme con gente que nutra mi espíritu; y que se agudice tanto esta linda sensación con los que me rodean –JUSTO en diciembre del 2019– sólo puede ser un buen augurio. Sólo eso y nada más.

Pero regresando al tema: Trópico es un festival al que la verdad nunca le puse atención, quizás por mi necedad de sólo ir a festivales que se lleven a cabo en una ciudad, y evitar a toda costa cualquier cosa que involucre un esfuerzo sobrehumano por salir de la CDMX (¿quizás el trauma del Festival Colmena?). Por otro lado, de haberle puesto atención, mi mente hubiera respondido un rotundo “no” si alguien me hubiera propuesto ir hace años, no por otra cosa que ese constante problema del que ya he hablado algunas veces, que es el de mi cuerpo. Acapulco nunca me conoció bonita. Deja tú bonita, nunca me conoció queriéndome a mí misma y siempre me conoció con trajes de baño horrendos. Con toda la vergüenza y con nada de autoestima. Conoció a una Elsa solitaria, frágil, muy dejada por la vida y que nunca supo cómo flotar con paz en sus aguas. Así había sido todos estos años, pero yo estaba tranquila con ese escenario, porque sólo iba con mi familia: esa gente que ya conoce lo mejor y lo peor de mí. Especialmente lo peor.

La cosa es que gracias a Gil (un excelente ser humano), se abrió la oportunidad de ir al Festival acompañada de Luis (otro excelente ser humano, amigo del alma y de destrucción), una oportunidad espectacular que involucraba pagar poco, hospedarse bien y pasarla increíble. ¿Y qué más le pides a la vida, sino esas tres cosas? Lo que me sorprendió de este momento en mi vida –uno donde las cosas ya son muy diferentes– es que lo que me detenía a decir “sí” inmediatamente, era un asunto laboral que al final se resolvió en diez minutos. Luego ya aceptamos, y fue así como ocurrió ese hermoso fenómeno de “dar el Acapulcazo”: aceptar un plan y ya. En la tarde, noté que ni me percaté del problema con mi cuerpo: no habitaba en mí el miedo de convivir  con personas que me verían en traje de baño. No pensé en la gente que me vería tan ligera. Fue una sensación extraña, que luego se convirtió en estrés. Pero como bien sabemos los de 30: no hay bendición más grande que una angustia te llegue exactamente el día en que ves a tu terapeuta.

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He ido a terapia cerca de 4 años. Empecé a ir por un problema, me quedé porque salieron diez mil más. Ese día le platiqué a A. toda la historia de cómo conseguimos el viaje, y luego le dije que me preocupaba mi cuerpo. “A ver, cuéntame de eso, que casi nunca lo dices aquí”. Esta frase me sorprende mucho, especialmente porque ese ha sido un issue permanente, pero al parecer es de lo que más evado (obvio, ¿no?). Y es aquí cuando empiezo la frustrante explicación: la batalla con el espejo, la ropa, la contención, la feminidad, mi masculinidad. Mi vicio inherente. A. a veces se ríe de cómo digo las cosas, pero me gusta que eso no le quita la seriedad a sus respuestas: “Oye, ¿y si sólo te la pasas bien? Todos andarán en traje, todos andarán un poco inseguros, pero ahora te sientes mejor. Ya eres una nueva tú”.

Desde hace un año, he bajado 20 kilos. Pero si algo he aprendido en este trayecto, es que son las inseguridades las que no se diluyen tomando dos litros diario de agua ni se queman corriendo cinco kilómetros al día.

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El primer día en Acapulco es, básicamente, para llegar, instalarte y transformarte de animal citadino a animal playero. Ese día Luis y yo decidimos caminar un ratito por la playa (aprovechando, insaciables, la golden hour para tomarnos fotos como los modelos que somos), para después descansar un ratito.

Si hay algo que amo en la dinámica de visitar una playa, es dejar que el mar me salude al meter los pies en el final de una ola. Es una sensación hermosa y hogareña, que me recuerda a cuando llego a mi departamento y mis gatos se frotan en mis piernas, marcando su territorio para que me quede bien claro que yo soy suya. Así el mar: marca su territorio sobre mí, para que sepa que por los siguientes días soy suya. Suya y de nadie más.

Por igual, como el par de jóvenes imparables que somos, decidimos ir a comprar algunas viandas para sobrevivir los siguientes días, y es cuando me llega el golpe de realidad de lo mucho que ha cambiado Acapulco; mientras que de niña iba con mi familia todos lados por las noches como si fueran las tres de la tarde, ahora hay una vibra extraña que te hace andar con cuidado extra por sus calles; ver detenidamente a la gente, incluso a los uniformados como policías. Preguntamos a un taxi cuánto cuesta ir al oxxo o al Walmart Diamante, y nos dice una cantidad absurda: 80 pesos. 80 pesos un trayecto de dos minutos. Es ridículo, pero pensando que al público extranjero le costaría unos risibles 4 dólares, esto para ellos es negocio. Business, mi hermano. Pero para quienes se supone que esto es una extensión de ese hogar llamado México, es inaudito. Decidimos caminar, sin dejar de rumiar la idea de que también hubieran sido 80 pesos de regreso, pero mejor ya ni preguntamos (¿para qué?).

Nuestras compras se lucen porque parecían de fraternidad universitaria. Cervezas, aguas tónicas (que juré no me acabaría, pero hasta me hicieron falta), palomitas, churritos, fruta, agua. Todo lo que cualquier par de chicos cool necesitan para una fiesta. Al regresar al hotel yo ya estaba más que lista para dormir, sin saber que pasaría una noche de sueño ligero y hasta cansado, digno de alguien que acaba de salir de un lugar tan monstruoso como lo puede ser la Ciudad de México. Y aquí un dato chistoso: las siguientes noches, yendo a dormir con mucho alcohol en mi cuerpo, fueron las mejores, con un sueño profundo, eterno, casi como si mi alma no quisiera regresar al mundo real. Así –supongo– punto a favor para el alcohol.

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DÍA UNO DE TRÓPICO

Cuando pensaba que el café en la oficina (con un chorrito de leche light caliente y un sobre de Stevia, que es como lo tomo religiosamente) era mi manera perfecta de comenzar el día, vino una cerveza Pacífico michelada bajo el sol cabreado para demostrarme lo equivocada que puedo llegar a estar en la vida. Eran los mejores días para relajarse, platicar con las nuevas-amistades-hechas en este camino. Sí, retozar en las playas de Acapulco es recibir cada día las mismas preguntas por parte de los vendedores ambulantes: “¿Quieres unas trenzas? ¿Quieres unos tamarindos?” Pero si debo ser honesta, es mil veces mejor esta dinámica que recibir mil veces las preguntas “¿Ya te llegó este mail?” “¿Ya acabaste esta nota?” en el trabajo. Hay maneras, para todo en esta vida hay maneras.

El primer día del Festival llegamos temprano (pero era lo que debíamos hacer, por razones que no mencionaré en este texto, pero igual no son tan entretenidas). Como en Acapulco mi mamá tiene un departamento, todo el asunto de la hotelería me resulta un poco ajeno, pero me encanta ver que hay Hoteles preciosos con unas vistas espectaculares y que no le piden nada a los hoteles en el extranjero. El nuestro (el Princess Imperial) era comodísimo; hay un shuttle 24 horas que te lleva al Pierre (donde es el Festival) y así no tienes que dormir con los beats de la música dándote en los tímpanos. Es un hotel tranquilo, que cuenta con un personal amable, camas cómodas, vistas lindas y sus respectivos animalitos (vimos un Pavo Real, un flamingo diabólico y dos cisnes, uno blanco y uno negro, ambos hermosos, como recordándonos que siempre hay un cielo y un infierno y que ambos pueden ser igual de sublimes). Por otro lado, el Hotel Pierre (el del Festival) se caracteriza por varias albercas puestas de manera entusiasta por todos lados, cosa que podría ser un poco peligrosa para el ojo ya bien servido por el Vodka, pero mira, todos estamos vivos para cuando escribo esto, así que a quién le importa. Los escenarios para el Festival Trópico están estratégicamente colocados para que ninguno le estorbe al otro, y que cada uno cumpla su cometido: el principal para los actos grandes, el escenario de la playa para quien desee desatarse, el escenario central para lo electrónico y DJ’s regados por todos lados. Básicamente, el tipo de fiesta al que quieres ir.

De las primeras cosas que noté en el Festival Trópico, que súper no ocurre con ninguno de los que he asistido en la Ciudad de México, es que viene acompañado de una muy buena vibra. No me malentiendan, pero qué horrible suele ser la gente en los Festivales de la CDMX. O sí, malentiéndame, pero tampoco es como que esté contando una mentira: el año pasado durante el Corona Capital, la gente no dejaba de platicar mientras las bandas tocaban, hubo desastres infinitos con el tema de las pulseras para pagar y también hubo muchos conatos de pelea, incluyendo uno donde una chica estaba a dos de golpearme, pero la verdad es que a los 30 ya crees mejor solución recibir los golpes que darlos, porque todo para qué. Bendita la vida la chica simplemente se alejó con sus amigas, pero el mal sabor me quedaría todavía un año después, donde juré que nunca volvería ir a dicho festival, rompiendo mi promesa un día antes cuando se me dijo que me regalaban un abono, y fui (pero ahora con mejor compañía, y donde me la pasé excelente, ¿será ese el secreto?).
La cosa es que en Trópico hay una vibra distinta. Como que todo el mundo sabe que va a pasarla bien, y nadie busca lucirse. La diamantina se usa para brillar más, pero no más que el otro. ¿Será la playa? ¿Que la cerveza pega de otro modo en un ambiente playero? Quizás todo sea tan fácil como el silogismo de Bad Bunny: Si hay sol, hay playa / Si hay playa, hay alcohol / Si hay alcohol, hay sexo / Si es contigo, mejol.

Al haber llegado más temprano, decidimos ir a comer y beber a la playa con las-nuevas-amistades-hechas y ya alcanzado cierto nivel de felicidad etílica, regresar al hotel para tomar the big guns. Hicimos el hermoso viaje al hotel, donde fue que saqué mi poderosa botella de Stolichnaya, y un par de Vodka Tonics monstruosos después, regresamos a Trópico más prendidos para la fiesta que nunca y para ver a Kindness, el proyecto de un músico llamado Adam Bainbridge, que es música relajada, beats tranquilos, todo perfecto para iniciar un festival de este estilo. Lo cierto es que afuera de esta burbuja musical, todo en el Hotel Pierre era un escenario más o menos digno del Jardín de las Delicias de Bosco: todo tipo de locuras ocurriendo por todos lados, todas equitativamente atractivas y surreales. Hombres en bermudas en las albercas, chanclas perdidas, miradas perdidas pero con dejos de vida.

En cierto momento de la noche Luis me llevó a Bon bon, una suite hecha antro (porque ¿por qué no?). Quienes me conocen, saben cuánto amo bailar. De ahí que sorprendan algunos datos de mi persona, como haber andado con un hombre por cuatro años que no fuma ni bebe ni baila, aunque al final del día eso era lo menos sorprendente de la relación, comparado a cuánto le aguanté (¿cuánto nos aguantamos?). En fin: el punto de esto es que a pesar de mi abierto amor por bailar, me resulta increíble cuánto me moví en Bon bon. Era como si simplemente fluyera con la vibra, fluyera con Acapulco, fluyera con Trópico. Y canción que salía, era como si fuera mi canción.

Ridículo, una locura.

Ya entrada la madrugada, hubo un momento en que el calor empezó a volverse insoportable. Lo cual significaba –quizás, tal vez, a lo mejor– quitarme mi blusa. Titubeé varias veces, especialmente por la idea de “DIOS SANTO, NO TE VAYAN A VER LOS BRAZOS”. Y traía mi traje de baño abajo, o sea que no hubiera sido nada extraño. Pero los brazos, la piel, eso que es tan fácil esconder en la gélida ciudad. Después de algunos minutos de reflexión, del sauna y de darme cuenta de que todos estaban del otro lado de la barda etílica, lo hago.

Y no pasó nada.

ES DECIR era de esperarse, ¿no? Pero fue un momento también en el que me di cuenta que si Sartre dijo que el infierno son los otros, pues también lo eres tú. Que el malviaje es de que quien lo trabaja y ya en estos tiempos tan turbulentos, lo mejor que puedes hacer es simplemente ser, y dejarte llevar. A lo tuyo y trabajar tu felicidad. Luis me tomó una fotos (de las que no me acuerdo; no puedo ser más aguda en el énfasis de mi nivel etílico) y me veo tan feliz. Y tan bien. Pero más que nada, muy feliz.

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Regresamos a las cuatro de la madrugada. Me dolían los pies de tanto bailar.

Y todo sereno.

Breves reflexiones sobre el amor

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Cuando era niña, no me imaginaba lo complicado que podía ser el amor. Al crecer con tantas películas infantiles donde los buenos siempre ganan y los malos siempre pierden, claro que recibí una explicación bastante básica –y falsa– de esta palabra, desarrollada en mundos totalmente imposibles. En realidad, el amor es un millón de cosas. Es mucho más emocionante, mucho más confuso. Muy cruel y aterrador. Le sufres, le lloras, te da insomnio. Lo amas. Es química, es poesía.
Es hermoso.

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No sé si a todo el mundo le ha pasado, pero cuando era más jovenzuela, la mayoría de las veces en que me aventuré a decirle a un hombre que me gustaba, sólo obtenía una cosa: distancia. Optaban por dejar de hablarme, como si con eso las cosas iban a ser más fáciles. ¿Fáciles para ellos? ¿Fáciles para mí? Sigo sin una respuesta. Pero este tipo de acciones fueron parte de una educación sentimental bastante visceral, que vinculada al secretismo heredado de mi familia, sólo pude concluir una cosa: es más fácil guardarte las cosas. Amar  a escondidas, pero nunca hacer nada con eso. La procesión va por dentro, diría Kevin Johansen.
Esto, –posterior y naturalmente– fue empeorando: ya mejor no abras nunca el corazón. Ni para el amor, ni lo que sientes, ni lo que ocurre en ti. Nadie entra y nadie sale.

 

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Sobre esto, también pienso: ¿qué hay en dejarle de hablar a alguien que te dice que siente algo por ti? ¿Es evitarte problemas? ¿Es no tener que lidiar con sentimientos (¡que ni siquiera son tuyos!)?

Slavoj Žižek (sí, perdón, ya sé) escribió en ‘Cómo leer a Lacan’: “Descubrirse en la posición de amado es tan violento, incluso traumático: ser amado me hace sentir directamente la distancia entre lo que soy como un ser determinado y “eso” insondable en mí, que es causa de deseo. La definición que Lacan da del amor -“Amar es dar lo que no se tiene…”- debe suplementarse con “… a alguien que no lo quiere”.”

¿Por qué se rechaza el amor?

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Ahora que estoy repasando ‘Girls’, en la segunda temporada, Shoshanna (la verdadera heroína, cómo no lo vimos antes) le confiesa a Ray que lo ama. Él se tapa el rostro y le dice “¿Por qué me dices esto?”

Previamente, Ray le había dicho a Shoshanna que era un perdedor sin casa, sin trabajo y sin pasiones.

(Pero hay alguien que lo ama).

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Ahora ya con 32 años sobre mis hombros, veo en el amor algo lleno de posibilidades. Y últimamente, cuando hablo con la gente de lo complejo que es este tema, me ha dado por concluir que, en una de esas, ni es tan difícil. Lo hacemos difícil, pero todo lo que vivimos nunca deja de ser un 2+2=4. Y vas aprendiendo que eres las personas que amas. Que eres sabotaje, eres momentos intensos, eres imposibles. Que eres patrones, que eres gritos de auxilio. Eres lo que amas. Eres lo que odias. Y lo que deseas.

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“And I think about how loving someone is kind of like being president, in that it doesn’t change you, not really. But it brings out more of the you that you already are”.

Raphael Bob-Waksberg, en ‘Someone Who Will Love You in All Your Damaged Glory’

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Tengo la teoría (que obvio llegué a ella por terapia, no por otra cosa), que mi mamá y mi tía fueron las mujeres cruciales que formaron la manera en que me desenvuelvo con el mundo. Mi mamá confiesa que no le gusta mucho abrazar, porque no podía hacerlo con su mamá por “x” y “y” razones. Es algo que se le quedó. Mi tía, por otro lado, es la que escucha música a la hora del desayuno, da unos brinquitos a manera de baile y te abraza mientras te estás sirviendo el cereal. Mi tía, al haberme criado todos los días mientras mi mamá trabajaba, me dio una infancia llena de abrazos, y descubrí lo mucho que me gusta que me abracen. Mi mamá me dio fortaleza en un mundo violento. Una resiliencia que se paga con silencio.

 

Esta es otra dualidad que soy: la del tacto y la del silencio.

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También me ha resultado fascinante ver los límites que nosotros mismos le ponemos al amor. Amar a alguien no necesariamente es un noviazgo. Una relaciónno es necesariamente un para siempre. Un crush no necesariamente tiene que ir a algún lado (ya con el lujo de sentir algo por otra persona te puedes dar por bien servido). Me aterra sentir cosas. Me aterra abrir mi corazón. Me aterra que la gente me conozca.

Pero también me encanta.

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En ninguna bondad, en ningún amor
voy a creer,
más indefensa
que las hojas de noviembre.
Ni a confiar,
en nada vale la pena confiar.

Ni voy a amar,
a llevar el corazón vivo en el pecho.
Cuando suceda lo que ha de suceder,
cuando suceda,
me latirá un hongo seco
en lugar de corazón.

(Wislawa Szymborska)

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El amor. Qué concepto.

Breves Reflexiones II

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Los lentes Miu Miu que me probé  (ver punto 6).

1. Me gusta mucho ir a yoga. Es uno de los pocos momentos en la semana donde me puedo dar el lujo de respirar. Te mueves, te estiras… es como si de verdad necesitara esa clase como para ser consciente de que en este mundo existo. Y es una sensación bonita. Es una hora y media donde todo lo de afuera de verdad no importa. Mucho influye que la clase que tomo es el viernes por la noche, entonces en realidad nadie del trabajo te molesta, pero aún así, me gusta pensar  que es un momento donde todos nos ponemos de acuerdo para respirar.

Estas últimas clases la maestra se ha soltado algunas joyas mientras hacemos ejercicio, y que me he grabado muy bien en mi cabecita. En un ejercicio, estábamos sentados en flor de loto meditando, y coincidió que estaba viviendo algunos momentos complicados en el trabajo. La meditación era conectarnos con el piso, con los pies en la tierra. Y la maestra dice: “árbol bien enraizado, ni quien pueda moverlo”, y por un segundo sentí uno de esos momentos de luz y de claridad que muchos presumen después de años de meditación. O no sé, quizás lo único que pasó es que escuché algo que necesitaba escuchar. Ser un árbol, conectarte, no disociarte. Otro día, estábamos haciendo unos ejercicios para llamar la abundancia (y mira que ya estoy dispuesta a intentarlo todo) y teníamos que estirar la mano al frente y regresarla al pecho con el puño cerrado, como si estuviéramos quitándole algo a alguien. La maestra dice “Toma eso que el universo tiene para ti. Toma lo que por derecho siempre ha sido tuyo”. Y mismo momento de claridad: tomar eso que quizás no llegó por suerte, sino porque lo has trabajado.

Ya he mencionando anteriormente que no suelo creer en las coincidencias, y estas frases llegan en momentos muy exactos. Y es el tipo de magia en la que puedo creer.

2. Acabo de correr una carrera de 10 kilómetros, cosa que me alegra un poco. Lo digo porque hace algunos años, me hubiera parecido imposible correr esa distancia, especialmente ese primer día en que corrí mi primera vuelta en los viveros de Coyoacán y que yo estaba vomitando el corazón al primer kilómetro. Supongo que es de esas veces en que te es imposible visualizar un futuro feliz, si todo lo que haces por primera vez te cuesta trabajo o  la meta se ve lejana, lejana. Los deportes son una hermosa metáfora de todo lo que hacemos día con día, y desde que empecé a correr, siempre pienso en ese día con la cara roja, pensando que jamás podría correr más de un kilómetro. Siete años después, hay una medalla de Hello Kitty colgada en mi departamento que dice lo contrario. Colgada en la pared de un departamento que también creí imposible de rentar cuando aún vivía en casa de mis papás. Departamento que tengo gracias a un trabajo que creí imposible de conseguir por escoger una carrera donde todo el mundo me decía que me moriría de hambre. Y es una carrera que me ha dado mucho más que cualquier persona en este mundo. Qué curiosa la vida, ¿no? 

3. Suspirar se siente muy bien. Es otro de esos momentos donde te acuerdas que existes, que la vida de verdad a veces se está pasando, y puedes detenerte a tomar un montón de aire y sacarlo. Los hombros descansan, el corazón se repone y sigues. Y hay tanto aire por tomar.

4. ¿Y saben qué otra cosa se siente muy bien? Llorar. Ahora me ha dado por pensar que somos un montón de ollas exprés, y que todo el tiempo nuestra campanita está sonando, anunciando que estamos a punto de explotar. Y mientras muchos optan por ser unos cretinos y patanes, otros elegimos llorar. Y todo sereno.

5. Hace unos días fue mi cumpleaños. Escribiré más adelante sobre eso, pero sólo quiero mencionar que ese día fue un fiel reflejo de los tiempos tan turbulentos que estamos viviendo. No fuimos a comer (el tradicional ritual oficinista), no pudeatender todas las llamadas ni mensajes. Estábamos en el pleno de la organización de un evento laboral, y ni ganas quedaron para organizar algo personal. Me ganaron todos los Halloween y todos los festejos de prensa, y decidí que lo mejor será disfrutar de esas fiestas, a manera de cumpleaños. La desventaja es esta sensación de imposibilidad de reunir a la gente que amo para convivir. ¿La mejor ventaja? Me puedo ir temprano de todos lados para poder dormir. Unas por otras: estos son los 32 años.

6. En un evento laboral me encontré a mi primera jefa en le editorial, hace siete años. Me gusta que siempre nos saludamos muy efusivamente y que siempre habla muy bien de mí, pese al poco tiempo que nos tocó trabajar juntas. Me presenta a una de sus colegas como Elsita. “Bueno, Elsa, pero para mí siempre será Elsita”. Nos reímos. Se me hace un detalle adorable. Otra cosa que dice: “Elsa trabajó conmigo. Yo la contraté, y es la fiel prueba de que yo sé ver el talento“. ¿Otra cosa que necesitaba escuchar? En terapia hemos visto una y otra vez que no debería necesitar el reconocimiento externo… pero se siente TAN bien. Me dejo ir con el comentario. Al despedirnos, me dice: “¿No te parece que antes todo era más lento y tranquilo?” Y nos quedamos viendo. Luego ella atiende a todos los invitados, mientras que yo tengo que regresar al trabajo a seguir salvando el mundo (o eso parece), no sin antes tomarme una foto con unos lentes Miu Miu de los que me enamoré.
Sí, todo era más lento, más seguro. Pero no mejor. Quiero pensar que “lo mejor” es algo que le pertenece al futuro.