La construcción de un hogar

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Una selfie en The Home Store

 

Cuando era niña, a mis papás les encantaba ir a Home Mart, una tienda que vendía absolutamente todo para la casa. Absolutamente-todo, te digo. La tienda tenía un castor gordinflón de mascota y era casi de ley que los domingos invertíamos muchas horas en ese lugar, del cual siempre salíamos con repisas nuevas, quizás un librero, a veces lámparas. Mi mamá ama las flores, entonces era normal regresar con el coche lleno de cosas de jardinería. Mi papá ama las herramientas, así que lo normal era que un nuevo taladro fuera parte de la familia saliendo de ahí. Yo amaba y odiaba esa dinámica; la odiaba porque implicaba pararse tempranísimo para emprender la excursión que duraría –al menos– cinco horas, pero la amaba –la amaba profundamente– porque buscar repisas, lámparas, clavos o pintura, era una manera de decir lo mucho que te importa tener un hogar. No un lugar con cuartos, me refiero a un hogar. Y honestamente –ahora que lo pienso– no había mejor mascota para un lugar así que un castor; los castores se esfuerzan mucho en construir sus casitas, en hacer sus presas con ramitas, y si algo he aprendido al ver a mis papás pensar y pensar y pensar dónde poner cada cosa –y también ahora que vivo sola– es que una casa o un departamento no es un hogar, hasta que una persona llega a hacerlo suyo. Como el conquistador llegando a nuevas tierras, nada más emocionante (y angustiante, ¿por qué no?) que un lugar vacío que lo harás tuyo.

Ya lo demás que pase en ese hogar, es otra cosa.

(Me pareció importante mencionarlo).

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Cuando me mudé  a la caja de zapatitos en la colonia Roma, invité a varios amigos a comer. Entre ellas, a Alaíde (talentosa escritora, promesa futura), quien a minutos de ver el departamento, me dijo “es muy Elsa”. Y me he grabado esas palabras en el corazón.

La mente, como Dios, trabaja de maneras curiosas, y siempre he creído que las personas buscamos desesperadamente cualquier grieta en esta oscuridad llamada vida, para mostrar un poco quiénes somos en realidad. No importa si eres introvertido o extrovertido, o si insistes en que no te importa ese tema o si es lo único que te motiva en la vida: decimos quiénes somos a través de nuestra ropa, lo hacemos a través del arte, y también lo expresamos  a través de las cosas que tenemos y cómo las ordenamos. Somos castores gordinflones, y cada una de las ramitas que ponemos en nuestra casa, siempre tiene una razón de ser.

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A veces paso horas viendo cuentas de Instagram de inspiración para departamentos, y por supuesto que me encantaría tener uno minimalista, de esos que tienen dos libros, una repisa negra, almohadas blancas. Veo esos departamentos con orquídeas, tipis elegantes para gatitos. Me encantan, sí, pero aunque lo intento, no logro que mi departamento se vea así, y al final lo atribuyo a que al final, esa no soy yo. La manera en que ordeno mi casa es un reflejo de mis gustos tan diversos y la imposibilidad de seguir una sola línea; tengo un cuadro con un dibujo original de Oliver Jeffers, y tengo un póster que –necia– vine cargando de Japón porque se me hizo bonito. Tengo Hello Kitty’s junto a mis cámaras. Tengo decenas de libros. Tengo almohadas con lentejuelas, tengo muchísimos muñequitos de mis series favoritas. Tengo plantas de sombra porque en mi departamento casi no da el sol. Tengo los muebles que poco a poco he podido comprar, y están con los que he heredado, de entre los cuales atesoro uno: un tocador al cual mi papá le dice “la coquetera”. De niña ahí ponía todos mis juguetes, mis muñequitos más preciados. Y conforme fui creciendo, el mueble fue guardando otras cosas, y es como si ambos hubiéramos evolucionado; de las barbies y los muñecos, ahora guarda mis cremas, mi maquillaje, todo lo que uso para cuidar mi piel y mi cuerpo. Tiene un espejo que me ha visto adelgazar, engordar, adelgazar, engordar, adelgazar; que me ha visto reír y llorar. Es el espejo que me ha acompañado más de 30 años, y una parte de mí desea que otros 30 más.

Somos un hogar.

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Tengo la costumbre de llegar temprano a todos lados, y hace poco para matar un poco de tiempo y antes de un evento de trabajo, decidí entrar a The Home Store a ver algunas cosas. Sólo por estar. Hay algo muy bonito en ver muebles y cosas de decoración. Es como estar ante un mundo de posibilidades para tu hogar. Hay toallas de algodón, almohadas con memory foam. Botes de basura de aluminio que tienen espacios para la basura orgánica e inorgánica (que deseo ansiosamente).

En las tiendas del hogar me paseo entre los muebles, toco las toallas, las sábanas, huelo las velas y las bolsitas de popurrí. Cuando hago estas exploraciones hay una sensación muy propia de la vida adulta, al tratar de descifrar qué vas a meter en tu propia madriguera, que me resulta fascinante. Y luego veo los precios exorbitantes, pero lejos de darme rabia, noto que habita en mí una idea esperanzadora, que va algo así como  “un día tendré una casa donde pondré un bote así, una cama asa. Una colcha de ese estilo, un florero de este tipo”. De cierta manera, las tiendas para el hogar se me figuran una bola de cristal, que me dan el consuelo de saberme una mujer con una esperanza: que mis tiempos van a mejorar. Pensar en la idea de un futuro con un hogar bonito, hecho por mí, para mí y mis gatos, me llena de paz. No sé bien por qué el resto de mi vida no funciona así. ¿Será que estas son más un recuerdo feliz de infancia, y de ahí que no los vincule a algo fatalista? Debe ser, no sé. Pero ojalá todo me provocara esa sensación esperanzadora del “algún día todo saldrá bien” y no este perpetuo “ya no más” en el que siempre habito.

Siempre, siempre habito.

La puerta que no lleva a ningún lado

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Algunos productitos de limpieza que utilicé para limpiar mi casa.

No sé exactamente qué esté ocurriendo estos días (¿Mercurio retrógado? ¿Ahora sí el capitalismo salvaje devorándonos vivos? ¿El karma ya cobrándonos todo?), pero estos días ya tengo un ritual que se me hace angustiante: me siento en una de las sillas víctimas de las garras de mi gata en el comedor de mi departamento, me tapo el rostro con las manos y trato de asimilar toda la carga de estrés e incertidumbre que me golpea como si fuera una ola en el mar. Pero ojalá fuera el mar; no, esta es una ola punzocortante, donde todo el tiempo tengo que estar atenta a que una cuchilla no me saque un ojo, me rebane un dedo o se me clave directamente en el corazón. Es una ola donde no se me permite flaquear, donde más me vale ser fuerte, y un sinfín de situaciones que al ojo poco diestro le parecerían normales, pero al mío (siempre acechando todo aquello que me puede hacer daño) todo es una sucesión de eventos que se posan en mis hombros, como si fuera un muerto que debo cargar a todos lados. ¿Exagero? De verdad siento que no. Ojalá fuera así.

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Philip K. Dick tiene un cuento (dentro de la antología ‘La Mente Alien’) donde el protagonista –Bob Bibleman– es llamado a una especie de “concurso” en el cual (de ganarlo) podría cambiar su vida, incluso el mundo. El personaje, invadido por la ansiedad, la paranoia y tratando de simplemente respetar sus decisiones, simplemente no alcanza a satisfacer los requerimientos de dicho concurso (pensar en uno mismo) y es “desechado”. Durante todo el concurso no dejaba de pensar en su buena vida anterior, pero luego de ser desechado era imposible deshacerse de la idea de que nunca más volverá a tener una oportunidad así; no sabemos si era una buena oportunidad, pero definitivamente era una que le hubiera cambiado la vida. Bien pudo haber sido uno de los icónicos personajes de K. Dick, pero lo que me parece especialmente cruel, es que para este personaje, su historia terminó. Su historia terminó, y no hay nada más que pueda hacer. Hasta K. Dick lo desecha: ya no vale la pena ser contada su historia. Ya no depende de él, la suerte está echada, y es momento de que siga su vida, una que ya no nos interesa. Curiosamente, el cuento se llama “La puerta de salida lleva al interior”.

No dejo de pensar en ese cuento, en las oportunidades y en todo movimiento en falso que me podría hacer caer. Todo esto, por supuesto, aumenta mi ansiedad.

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Mientras trato de sobrevivir estos días tan violentos en altamar, noto esto: mi departamento es un desastre. En el trabajo acabo de tener una mudanza, por lo que tengo una caja y bolsas llenas de cosas que fui dejando allá por siete años. Tengo trastes sin lavar desde hace dos semana. Mi buró tiene tantos libros y cosas, que mis gatos no se pueden subir a jugar o a ver qué hacen los vecinos (especialmente ahora que hay una nueva vecina enfrente y quieren ver, insaciables, qué tanto hace, pese a que siempre tiene las cortinas cerradas). Tengo bolsas y bolsas de tela del súper, ropa amontonada, juguetitos, recuerdos. Y de cierta manera lo he normalizado: llego a la casa y esquivo las cajas, siempre tengo una nueva manera de colocar una taza en el fregadero de tal manera que nada se rompa. La ropa la hago bolita en el piso, y colaboro poniendo otro libro en el buró, para por fin llegar a mi cama, acostarme y ver cualquier cosa en mi celular, como si las pasadas diez horas no hubiera hecho eso.

Y esta rutina me deprime todavía más, especialmente porque no dejo de pensar que este desastre físico que tengo en mi casa, es el reflejo del enorme, escandaloso y desesperante ruido blanco con el que estoy viviendo en mi cabeza y mi corazón.

Y muchas ideas me pasan. ¿Necesito irme de viaje? ¿Necesito aires nuevos? ¿Necesito pareja? ¿Comprar más muebles? Creo que lo que realmente me estoy preguntando es si necesito que me claven un cuchillo en la pierna, sólo para ver si estoy viva. Ni estoy atendiendo el interior ni estoy atendiendo el exterior: es como si mi puerta de salida no diera hacia algún lado; es una puerta giratoria desde donde veo el mundo pasar, sin acceder a nada. Es una puerta de cristal, y a través de ella veo girar todo aquello que deseo, todo aquello que me gustaría ser, hacer, desear y sentir, pero yo estoy en esta puerta, automática, que no da a a ningún lado. 

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No dejo de pensar en esto: la manera tan terrible en que soy, conmigo misma. Como si de verdad no estuviera dando lo mejor de mí en todos lados, tratando de que todo sea más pasajero. Soy el pasajeron de Iggy Pop: I am a passenger / And I ride and I ride. Así es: and I ride, and I ride, and I ride. ¿Qué es lo que nos lleva a ser tan crueles?

Eso por un lado. Por el otro, mi casa. La casa que prometo cuidar, que comparto con dos gatos, que siempre he pensado que es un templo. Un templo, como mi cuerpo. Un templo, como mi mente. Dentro de todo lo horrible de este asunto, me parece interesante esta sincronía de desastres: es como si hubiera destrozado todos estos templos, y ya pasaron más de tres días y nada más no los reconstruyo. Saltar las cajas, equilibrar los trastes, guardar todo, basurita por todos lados. Todo es tan cínico y triste.

No sé si pueda ponerle solución a lo que sea que esté pasando que la angustia y el estrés gobiernan este mundo. Hay cosas que no dependen de mí… ¿pero las que sí? Hay que hacer algo. No queda más. Pienso en concentrarme en mis cosas, tomar un par de clases de “mind my own business“.  No fijarme en los demás, ni cercanos ni las lejanías que leo en las noticias. No puedo seguir prestando tanta atención a las injusticias, porque –diría mi mamá– terminaré muriéndome de la pasión.

Y lo que queda, aparte de languidecer, es ver mi camino. Ver mi camino sin ver a los lados ni atrás y simplemente acelerar hasta que cosas buenas pasen. ¿Es este mi lado optimista? Tratar de que pasen, pero confiar en que lo que uno haga por uno, es lo mejor que se puede hacer. Trato de hacer las cosas más fáciles, seguir siendo la misma mujer eficiente que he sido desde hace tantos años, quizás desde que nací. Mandar señales, soñar alto. Si Bob Bibleman hubiera pensado en sí mismo, ¿hubiera sido el protagonista de otro libro de Philip K. Dick? Y no es que en esa ruleta le fuera mejor (sabemos que todos sus protagonistas viven locuras apocalípticas)… pero quizás sabríamos de él.

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¿Qué será de Bob Bibleman ahorita?

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¿Y mi casa? El domingo ya vacié las cajas, lavé los platos (con jabón extra). Barrí, limpié los areneros, tiré mucha basura. Barrí, trapeé, perfumé las paredes.

A sabiendas de que nuevamente mi casa será un tiradero, me queda pensar que lo importante es lo que uno hace ahora. Y si el ruido blanco de mi mente se refleja en el desastre de mi hogar, ¿podría ser que arreglando el desastre de mi hogar, sane lo que pase en mi mente? Es un mundo tan loco, tan enorme, tan eterno. A estas alturas, vale la pena intentarlo todo. Vale la pena limpiar el exterior para ver si resuena en el interior. Vale la pena que la puerta, esta puerta en mi corazón en una dimensión aterradora que ya no se distingue si es de entrada o de salida, ya con que dé a un lugar nuevo, es ganancia.

Del tarot y la dualidad que soy

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Amo leerme el tarot. Ya sé, ya sé, aquí es donde vienen todos los científicos a decirme que cómo-es-posible, que el universo no tiene nada qué decir, que la vida son hechos. Ya sé. Sin embargo… como ya dije algunos ayeres, siempre que pueda tomar un buen consejo, sea de donde sea que venga, la verdad es que lo voy a tomar. Lo voy a tomar porque a veces siento que es lo único de lo que puedo aferrarme en un mundo tan distante, tan inmediato y tan futil. Y nadie me puede sacar de ahí, lo siento. 

Empiezo con esta aclaración, porque fue con una lectura de tarot en estos días donde empecé a pensar en algo que no puedo quitarme de la cabeza, y que quizás está cambiando mi vida por completo (¿suena exagerado? En mi mente no). Un poco de contexto: el otro día fui a un evento donde podías tomar un “cocktail de vodka” (no sé si mezclar Vodka con refresco yoli y jarabe rojo entra en la categoría de cocktail, pero eso no se va a discutir aquí), comer un churro de ‘El moro’ y leerte las cartas con una tarotista. Por supuesto me apresuré a ver todo lo que se tenía que ver en en dicho evento, para luego ir directo con la tarotista, porque simplemente no se puede dejar pasar este tipo de oportunidades… ¡gratis

Me siento en la sillita y veo a esta chica con detenimiento. Tenía todos esos clichés caricaturizados con los que describimos a las tarotistas: blusa blanca bombacha, joyas por todos lados, un delineado enorme, pelo chino esponjadísimo, labial naranja, siempre volteando los ojos hacia arriba. Nada grave, pero desafortunadamente en cierto punto sentí que más que leyéndome las cartas, estaba tratando de adivinar qué decirme, a ver qué pegaba. 

He tenido momentos muy bonitos con las personas con las que me he leído el tarot. Con una lloré porque sacó un tema que yo me esforzaba y esforzaba por esconder, como quien guarda algo bajo llave, la tira al mar… y ella la encontró. Ha habido quienes me dicen exactamente lo que necesitaba, y que me sirvió para empezar bien nuevos ciclo. ¿Pero con esta chica? Vaya, no sentí nada. Ni bueno ni malo: simplemente nada. Y siempre es una decepción no sentir nada.

Me pidió cortar el mazo siete veces mientras pensaba en mis preguntas y que también pensara mi nombre. Traté de hacerlo con el respeto que siempre le tengo a estos temas; honestamente nunca me han gustado las lecturas cuando un montón de gente te rodea; si quieres un momento íntimo para hablar de lo que te inquieta, lo que menos puedes hacer es pedir algo de privacidad. Pero aquí, rodeada de gente, cocteles de dudosa categoría y olor a churro, era lo que había, así que corté el mazo y pensé mucho en mi trabajo (¿todo tiene buena pinta?), en dinero (¿hay manera en que se multiplique…) y Berlín (….para irme de viaje?). Son los temas cruciales en mi vida, así que puse mis manos sobre el mazo deseando saber todo lo que quería. Saco la primera carta, se la doy (“la que soy yo”, dice ella) y es La Suma Sacerdotisa.

Seguí pasándole cartas y empezó diciéndome que veía a un chico. “De unos 30-35 años”. Para este punto ya me había perdido –y apenas había dicho cinco palabras– y le digo que no, no hay ningún chico, y no me interesa saber eso, porque honestamente en este momento de mi vida no podría importarme menos ese tema. Me decía que si conocía a algún piscis. Le digo amablemente que no. Luego empeora: “no… veo a dos chicos. A dos”. Para este punto volteo los ojos como queriendo tocar pared con la cuenca del cráneo, le digo que no. Y es cuando empieza a merodear a ver a qué cosa le atinaba: que si mi familia, que si el trabajo, que si me llevo mal con alguien, que ve una riña, que ve alianzas. Ella en escritora del spin-off de Game Of Thrones, y yo simplemente me dediqué a decirle que no hasta que por fin terminamos. En ninguna lectura de cartas me habían dicho de peleas o vaticinado amores; todo debería ser una lectura de lo que te rodea y el camino a seguir, no hay ningún pronóstico. Desde ahí, ya lo único que quedaba era esperar a que se rindiera. Y cuando pasó, me dio un mensaje final:  me llegará una oferta de trabajo… pero puede ser en ocho días, o semanas o meses… pero años no, que de meses no pasa. Pero siempre pensando en ocho. O múltiplos de ocho.

Me despido del anfitrión y decido irme caminando a casa, ya que la tarde era preciosa. Y durante esta hermosa caminata, me fue imposible no pensar en lo raros que fueron todos esos minutos donde esta chica me inventaba hombres imaginarios. Pero no sólo eso: lo que me llamaba mucho la atención era lo verdaderamente lejano que me parece el escenario de tener pareja… tanto, que ni me interesa preguntárselo a las cartas ni acudir al pensamiento mágico en busca de respuestas. Lo veo aquí y lo veo en las apps de ligue, los chicos que me presentan y hasta en los hombres que se me acercan en fiestas. Sólo puedo pensar en la terrible pereza que implica empezar un ciclo con un hombre, pero no sólo eso, sino contemplar la posibilidad de que salga un machito detestable, un onvre insoportable, una depresión con piernas que espera reflejarse en mí, o cualquier otro premio de consolación que me traiga la ya conocida lotería del heteropatriarcado.

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De las numerosas (pero no tan apantallantes) veces que me he leído el tarot, siempre me da cierto alivio (¿gusto?) que me salga una carta que tenga que ver con la feminidad, un tema con el que siempre he tenido mis disputas, ya que siempre he tenido una inclinación por lo que conocemos como masculino; los pantalones, las botas, las camisas, incluso los gustos. Siento que de ahí provenían muchos de mis problemas con mi reflejo, mi cuerpo, la aceptación de mi todo. Amo ser mujer, pero por lo que dice el mundo, ¿soy menos mujer si no uso faldas? ¿Si no uso escotes? ¿Mis botas industriales qué decían de mí en mi adolescencia? Si me encanta maquillarme, ¿eso cuenta? Ya ahora a mis 32 años me es fácil ver que estas cosas no necesariamente reafirman mi feminidad. Incluso ya me da una risa infinita cuando dicen que un grupo, una programa, una prenda o un videojuego son “para hombres” o es “muy masculino”. Qué magna estupidez. Pero una Elsa de 12, 20 ó 25 años no lo tenía tan claro y fácil. Aunque debo admitir que a veces esas dudas y decenas de inseguridades que creí dejar en el pasado, llegan a filtrarse por los huecos de mi presente, que no he sabido resanar a la perfección.

Busco en Internet a La Suma Sacerdotisa, mi primera carta en esa lectura: me encuentro con palabras como sabiduría, conocimiento, cambios, feminidad. Y leo una descripción que llega en el momento correcto de mi vida: 

La Suma Sacerdotisa se sienta a la entrada del templo sagrado de la dualidad. Lo masculino y lo femenino, lo negro y lo blanco, lo oscuro y lo claro. 

Y hacemos click: hay una pelea en mi interior que en estos momentos quiero equilibrar. Quizás yo también me encuentro entre esas dos torres, no sólo descifrando mi perspectiva del mundo, sino también mi identidad.

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En la caminata que mencioné, dándole vueltas a la nula emoción que me da que una tarotista me haya dicho que “hay dos hombres en mi vida”, llego a la conclusión de que a lo mejor lo que me pasa, es que me encuentro en un momento de mi vida donde estoy reconfigurando el tipo de hombre que me gusta. Segura de mi heterosexualidad, ¿será que estoy condenada a conocer puros hombres que me hagan menos, que traten de curar sus traumas con una relación o que simplemente sean unos cretinos de lo peor? Una parte de mí cree que sí, otra parte está en paz con la idea de no volver a tener una relación seria con tal de no volver a aguantar este tipo de estupideces. Pero descubro que hay otra parte que podría estar soltándose del patrón machista al que he estado aferrada por tantos años, y que más bien se está fijando en algo más… atractivo. Un lugar que nunca había explorado y que llama mi atención. ¿Cuál es? Pues como en la vida nunca hay coincidencias, esto ocurrió:

Voy caminando por la colonia Condesa casi para llegar a Insurgentes, cuando a mi lado veo a un chico (guapo) paseando a su perro. El chico, debo mencionar, traía falda… y se me hizo increíblemente –profundamente– atractivo. Masculino y femenino. Mientras él avanzaba yo seguía su paso, y notaba cómo todos se le quedaban viendo; unos se burlaban, otros nada más sonreían. Lo seguí hasta que tuve que irme por otra calle para ir a mi casa, y doblé la esquina con esta idea: quizás este es el tipo de hombre. Uno cómodo con su parte femenina. Que simplemente es.

Esto es un descubrimiento enorme para mí. Incluso si nació con un gesto tan simple, como ver a un hombre quitarle el género a una prenda.

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Dice mi terapeuta que no nos enganchamos con las cosas por nada. Y ahora que pienso en todo esto, se me hace coherente por qué estoy tan infatuada con Rammstein. Seis alemanes, originarios de la nación llamada Fatherland, quienes en sus últimos conciertos salen en falda, maquillados, con vestidos, incluso besándose entre ellos.

Veo el making of de ‘Mein Teil’, uno de sus videos más íntimos (donde compruebo que siempre fueron así, siempre estuvieron en paz con esa parte femenina que vive en ellos, pero ahora se dan el lujo de expresarla), y hay una parte que me parece mágicamente sensual: Schneider, el baterista, preparándose para personificar a una mujer (“Frau Schneider”, bautizado por los fans). Lo vemos pintándose los labios mientras se mira al espejo, poniéndose una peluca rizada, cerrando los ojos para que la maquillista le ponga mascara. En un momento, le preguntan qué cree que hará frente a la cámara, vestido de mujer. Él responde, acompañado de una risa tímida:

“I probably won’t do much. I’ll just be… more woman”.

Un hombre que simplemente será más mujer.

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“La Suma Sacerdotisa trae un mensaje de conocimiento sagrado y misterios ocultos. Se sienta en la intersección de la mente consciente e inconsciente y puede integrar los dos sin problemas. La Suma Sacerdotisa aparecerá en tu lectura cuando sea el momento de conectarte con tu espiritualidad. Ella te impulsará a atravesar el velo y adentrarte en el inframundo del inconsciente. Ver más allá de la lógica y la razón y renunciar al control. Ejerce la paciencia y la confianza, y comprende que hay mayores fuerzas en el trabajo de las que posiblemente puedas conocer.”

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También es hora de ser honesta conmigo: pienso en la posibilidad de una relación con un hombre heterosexual que haya hecho las paces con su lado femenino. Entonces yo, por consecuencia, también tengo algo por hacer:

Hacer las paces con mi lado masculino.

Demonios internos y hamburguesas

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(¡Esta hamburguesita la pinté yo!). De ahora en adelante, trataré de acompañar algunos posts con ilustraciones mías.

La comida y yo siempre hemos tenido una relación extraña, incluso más rara que la que he tenido con los hombres. Si bien amo comer nuevas cosas, en cada viaje trato de probar algo extravagante (menos insectos o algo que no me volverá a dejar dormir en paz) y tengo la firme idea de que no hay mejor manera de conocer los usos y costumbres de un lugar que por su comida, lo cierto es que no hay bocado,  ni siquiera el canapé más pequeñito, al que yo no le cosa un hilo de miedo y terror, acompañado con la punzante pregunta “¿qué le harás a mi cuerpo?”. Y ahí empieza un calvario donde toda clase de ideas pasan por mi mente, a pesar de que por años he tratado –con todas mis fuerzas, con toda mi alma– de eliminar dichas voces. “¿Engordaré mañana un kilo después de esta cerveza?” “¿Si solo como proteína, mi cuerpo estará contento?” “¿Este pan dulce derribará todo este esfuerzo que he hecho?”

Mi vida dio un giro increíble desde hace un año. No hay necesidad de entrar en detalles, pero lo que es importante saber es que por primera vez en mucho tiempo, estoy contenta conmigo misma. Emocionalmente (gracias, terapia) y físicamente (¿gracias, ciencia?). Sin embargo, como siempre, la felicidad viene con muchas dudas, porque de otra manera las cosas son demasiado buenas para ser verdad. Sí, me veo al espejo y sonrío (¿pero de verdad podrá ser duradero?). Me pruebo nueva ropa y se me ve increíble (¿pero podré usarla en el futuro?). Me siento más feliz (¿pero soy feliz?).

Y parte de mi sentir-bien se debe a que le he perdido un poco de miedo a la comida. Recuerdo mucho a las personas pasivo-agresivas (de esas que tanto abundan), haciendo comentarios sobre mis hábitos alimenticios o mi físico, creyendo que siempre tenían un buen consejo que dar (o un buen insulto que decir a mis espaldas), sin saber que lo mío era consecuencia de un padecimiento sencillo. Y tan fácil de controlar, que hoy en día me pregunto por qué el puente entre un doctor especializado y yo no se hizo antes, y en su lugar me pasee por un desfile de nutriólogos que jamás vieron que el problema iba por otro lado. Pero bueno, no vale la pena lamentarse porque –como siempre– las cosas llegan en el momento correcto en que puedes enfrentarlas, y ese puente se hizo cuando llegué a los 30.  Un puente que llegó después de críticas, experiencias tristes, momentos duros, y cosas que las personas en Facebook que aman compartir mensajes cursis conocen como “lecciones de la vida”.

En fin. Todo esto para contar una anécdota del vacío: Hace unas semanas fui a un evento donde la invitada principal era la comida. No, en serio: todo tipo de comida desfilando en bandejas de plata, cerveza, vino, refrescos, dulces; era el paraíso de quienes no le temen a Dios, y quienes no ven en la comida un recuerdo triste. Como decía, yo creía haber hecho las paces con este tema, pero algo extraño pasó esa noche: yo ya había comido una hamburguesa y una cerveza, y me sentía satisfecha. Bien, ¿no? Todo cool, pensaba. Sin embargo, todos a mi alrededor comieron dos, incluso tres hamburguesas, muchos litros de cervezas, canastas y canastas de bocadillos y postres a granel. No puedo mentir: para este punto empecé a sentirme muy ansiosa, pero no por tener el antojo, que ya no estaba ahí… sino porque empecé a relacionar la comida con una vibra de castigo y premio. Todos a mi alrededor, felices, delgados, perfectos: ellos pueden hacerlo. ¿Yo? Yo salí de un infierno, lo controlé, y no debía. No lo merecía. Ni quería, exacto, pero no debía. Mi ansiedad se originaba (nuevamente) en que la comida se apegaba a estas reglas de premio/castigo con las que la he relacionado desde siempre, y honestamente, mi síndrome premenstrual esa noche –que con esta nueva yo ahora le da por acentuar de una manera grave y terrible cualquier indicio de tristeza– no estaba ayudando mucho. Fui al baño a echarme tantita agua en el rostro, y a dejar que pasara esta herida que yo creía cicatriz, cuando en realidad se sigue abriendo de vez en cuando.

Era un momento feliz. Mucha gente querida a mi alrededor. La comida ciertamente deliciosa. ¿Por qué amo regresar a ese fondo? ¿Por qué amo ver ese abismo que me mira con ojos penetrantes? Uno de tantos miedos, uno de tantos traumas. Y al mismo tiempo en estos días me parece una batalla ganada que las mujeres amemos nuestro cuerpo, sin importar lo que diga el machismo, ni el heteropatriarcado. ¿Y que no amarte a ti misma debe ser un acto efectivo, como sea que tu cuerpo se vea? ¿Por qué me da miedo el pasado? ¿Soy superficial si he llegado a este punto, después de este cambio tan radical en mi cuerpo? ¿Pero no se trata de esto el autocuidado? Tantas cosas. La inseguridad de que mi reflejo no me dure mucho tiempo, el miedo a no tener control, incluso el terrible miedo a dar una respuesta, cuando alguien me pregunta “¿y cuando dejes la medicina, podrás controlar la ansiedad?”

Hay muchas preguntas. Muchas de ellas aún no tienen respuesta (y quién sabe si la tendrán). Sin embargo, no todo es tan malo: es en momentos de debilidad como este, donde noto la manera tan salvaje en que infravaloro esas herramientas de las que he tratado de armarme para saber que puedo tener el control, y sé que debo cambiar eso. ¿Ir a terapia, al doctor, todo es inútil? No, no lo es. Y al mismo tiempo, también queda entender que estar en una etapa más madura de tu vida, no quita que a veces el pasado vendrá, como pequeñas olitas, a recordarte esas dificultades por las que pasaste, y que es hora de hacerles frente. Como el cumpleaños de alguien no grato en tu vida, o el recuerdo de una relación tóxica, cuando piensas en la posibilidad de una relación en el futuro. O como platos de comida en un momento donde todos son felices, y eso debería incluirme a mí. Hay veces en que esos dolores son como huecos en el corazón, piezas perdidas de un rompecabezas que sigue armándose. Pero al final lo más sensato (¿y lo más lógico?) es valorar que has hecho tu trabajo, has hecho tu lucha. Ir a terapia, aprender a sonreirte frente al espejo. Sí, podemos ser nuestros peores enemigos, pero también podemos ser los mejores arquitectos de nuestras vidas. Somos luz y somos sombra.

Y pienso: si regreso a estos abismos, es porque tal vez –ya a mis 31– estoy en el momento en el que puedo enfrentarlos. Quizás este nuevo cuerpo es el reflejo de una nueva Elsa, una que puede tener control. Y que hacer las paces con la comida, implica nunca más hacer una dieta extremista ni dañina, sino una que disfrute, que satisfaga y que sepa controlar. Que escuche mi cuerpo, que escuche mi mente, que escuche a mi alma. ¿Estoy siendo muy cursi? Oye, al menos no es un meme en Facebook.

Habrá momentos así. Y está bien. No es hacer las paces con la comida, sino con esas veces en que dudaré de mí. Pensar “vaya, Elsa, otra vez aquí, ¿qué traes?”. Y luego recordar las cosas buenas que he hecho por mí, la ayuda que he buscado, y tener el control.

¿Y sabes qué? A la siguiente, comerme mi hamburguesa, sin culpas, con deleite. No pasa nada. Nunca pasa nada.

Breves Reflexiones I

En mi primer blog me encantaba hacer posts numerados a manera de proposiciones; esto porque lo hice en la universidad, y amaba la manera en que Wittgenstein desarrollaba sus reflexiones. Ahí hablaba de cosas que no se relacionaban unas con otras, separadas por números. Se me hacía un poco tramposo, ya que no ahondas en un solo tema y cambias sin conclusión alguna… sin embargo, era fácil escribir mucho de esa manera; de verdad era una máquina de escribir al sólo desarrollar algunas ideas. Retomo ese ejercicio, del cual espero no abusar. Tanto. Espero.

1. El domingo tiende a ser un día que puede ser o muy feliz o muy triste; comúnmente son tristes cuando decido no bañarme, dormir todo el día y simplemente dejarme ir con la agonía de saber que mañana será lunes. Para el ojo avispado podría parecer el domingo perfecto… pero hay algo en salir y que te dé tantito el sol, que resulta mucho más animoso que sumirte en el vórtice de no hacer nada. Hoy, por ejemplo, fue un día feliz: regrese a las cuatro de la madrugada de una fiesta en la que bailé como si no hubiera un mañana. Desperté, me hice de desayunar (con mi respectivo litro de café) y después fui a un bazar, de esos tan populares que ahora hay en la Roma: Maxicca Verbena, y es de cosas mágicas (cuarzos, joyería, cremas mágicas). Le tengo mucho cariño a este tipo de temas (brujas, magia), porque siento que hay algo bellamente femenino en todo esto. Hay algo hermoso es oler el incienso, ver la joyería, que te hablen de vibras cósmicas, temas que me hacen pensar en las mujeres, en esta onda cósmica que luego nos quieren arrebatar. No lo sé, es sólo una idea.
De ahí, pasé a una tienda de ropa de segunda mano y me compré un vestido que ni en el mejor de mis sueños creí que me quedaría. Me veo al espejo con el vestido puesto, el cierre hasta arriba, mi silueta con forma. Lo veo y lo veo: soy una nueva Elsa. Una Elsa con el mismo cuerpo, pero no. Soy una Elsa que ama lo que ve en el espejo, pero muy en el fondo del corazón, ahí donde se filtra la sangre, también soy una Elsa que tiene miedo de volver a perder este reflejo. ¿Podré mantener este cuerpo? La eterna batalla con el espejo, con la comida, con las ansiedades, con mis angustias, con mis demonios.

(Dice el Cuarteto de Nos: Pero es poco lo que puedo hacer acá colgado / No puedo corregirte si estás equivocado ni decirte que no barras tus pecados bajo la alfombra / Soy tu reflejo, pero también el de tu sombra).

Pero hoy es domingo –uno feliz– y nada de eso me va a arruinar el momento. Compro el vestido y salgo feliz. Puedo con esto. Lo creo.
(Lo quiero creer).

(Mírame estoy acá, soy real, cambia lo que ves / Pero soy el mismo, espejo y no espejismo)

2. Hace unos días platicaba con una chica sobre los relojes de mano. Ahora que he estado en tratamiento médico, el doctor me recomendó medir mis pasos, evitar ese demonio  adulto llamado “Vida sedentaria”. Así, tengo un Apple Watch que me gusta… pero no es un reloj análogo. Ya sé, qué vieja escuela me escucho, pero hay algo en los relojes análogos que se me hace extraordinario. Es decir, llevas el tiempo en tu muñeca, ¿qué más hermoso que eso? Sí, con los relojes inteligente llevas el tiempo, tus mails, tus chats, tus medidas y la vida… pero hay algo místico y hermoso en la sencillez de simplemente traer un aparatito que te da la hora, y eso es lo que me enamora.
Desde niña mi mamá me enseñó la buena costumbre de usar reloj. Me compró uno blanco, azul y rojo. Parecía un Tommy Hilfiger, aunque dudo que haya sido esa marca, ya que no sabíamos qué tanto iba a cuidar un reloj, honestamente… aunque sorpresa: resulta que los cuidaba como a ninguna otra cosa. Desde ese momento mi vida se llenó de relojes: tenía uno de Pocahontas, donde las manecillas eran hojitas otoñales; tenía uno enorme con la carátula neón, uno de Hello Kitty (obviamente). Después mis papás me graduaron y llegaron los Swatch, básicamente por su tecnología increíble y por sus diseños divertidos. Tenía uno de ovejitas, uno azul con diamantina. Mi hermano me regaló uno plateado que desafortunadamente tiene el broche flojo y me da miedo que se me caiga cuando haga algún ademán. Posteriormente llegó mi primer trabajo y con él, mi primer reloj serio: un swatch con correas negras, carátula metálica negra y manecillas sin números. Es un reloj al que le tengo un cariño especial, aunque ya no lo uso. Amaba que cuando me lo quitaba olía a mi perfume, y todo el mundo me decía “¿cómo le haces para leer la hora? Sin números y con esa carátula se ve complicado” pero a mí se me hacía muy fácil, era como si con el paso de los años entendiera ese reloj, con un vistazo ya sabía la hora, y que teníamos una conexión que nadie entendía, ante las insistentes preguntas de “¿cómo lo lees?”
Años después, un exnovio me regaló el reloj más hermoso y elegante que he tenido. Oro rosado, enorme, precioso. Cuando cortamos, forcé la relación con el reloj, porque no iba a dejar que un noviazgo fallido me arruinara esta relación con un reloj tan hermoso. Pero quizás eso no estaba en mí: en un viaje a Los Ángeles, con el corazón aún fresco de heridas, fui a dirigir un shooting y en un ademán el reloj golpeó algo. Mientras caminaba por The Grove, al ver la hora, me di cuenta de que el cristal tenía una herida también. Ahí decidí guardarlo, pensando que un día lo podría componer, pero que antes necesito exorcizarlo de toda esa toxicidad que la relación dejó, y que ya sólo era una mala mueca del pasado.  Mi terapeuta dice que no es una señal cósmica, pero en mi corazón siento que sí. Sólo lo siento.

3. Hablando de señales: si todo sale bien, Berlín me espera en un año. Digo lo de las señales porque de unos meses para acá, ha habido algunas coincidencias simpáticas que me han llevado a la decisión de ir (¿mi terapeuta insistirá que no es algo del cosmos? No lo sé). Una amiga acaba de ir, y me dijo “no dejaba de pensar en ti. Eres bien Berlín“. Otro amigo que me contó de su viaje por Europa, me dijo a ti te encantaría Berlín, es muy tú. Algo ruda, es hermosa, es una ciudad“. Luego Rammstein saca un nuevo disco después de diez años (que ya he dejado más que claro que me gusta), y justamente acaban de anunciar un segundo tour por Europa. Así, levantándome a las cuatro de la madrugada el 5 de julio, dando clicks a ciegas en palabras en alemán (que Google traductor fue mi mejor amigo en ese momento), dije “si consigo un boleto, eso significa que debo ir”. A las cinco de la madrugada, me llega un mail: Felicidades, verás a Rammstein en el Olympiastadion de Berlín.
Las cartas están echadas.
Y me da la emoción de
ir a Berlinear. Ver a una banda que nació ahí, turistear, conocer la vida nocturna. Con el corazón en mano, que todo salga como deba salir, y en un año nos veremos, Berlín.

4. Mañana es lunes. Y todo bien.

Un día en que la vida trató de decirme algo

Una mañana me levanté con esa pesadumbre clásica con la que todos amanecemos, pero al mismo tiempo era un día en que también me sentía rara. No sé describirlo con exactitud, pero era una combinación donde sentía esos fulgores en los que estoy segura sobre lo que estoy haciendo en mi vida, que luego transmutan en el vacío de no saber lo que debo hacer, buscando un consuelo al pensar si tan siquiera puedo tener algo de control en mis manos. Era un estar y no estar, por así decirlo. Últimamente digo mucho la frase “pues ya se va a acabar el mundo, ps total“, ¿quizás ya me lo estoy creyendo?

Ese día me escribió una publirrelacionista con la que trabajo mucho. Me mandó un pantallazo de un newsletter del canal donde trabaja y acompañado de la imagen, un texto que rezaba “mira!”. Al abrir el archivo, vi que una de mis entrevistas había sido circulada en los highlights internacionales de ese canal, con un quote de la celebridad a la que entrevisté. Me dijo que a su equipo y a ella les había gustado cómo había quedado el texto, y que lo mandaron a Miami, que a su vez lo mandaron a Londres para que lo enviaran como los highlights del mes a todo el mundo. Recibo esta noticia (¿es pequeña? Mi corazón dice que no) como un bálsamo para el alma, porque de cierta manera me valoraron como periodista, como alguien que escribe: a algunas personas les gustó lo que hice y lo mostraron en su mundo. Considero esta una batalla ganada, una estrellita del tamaño de un frijol, colgando de mi cuello con una cadenita de oro. Y me hace feliz. No es que necesitemos de la aprobación externa, pero pensar “hola, tengo algo que decir” y que te escuchen/lean y valoren, se siente bien, ¿no? ¿O es esta la definición de cuando ahora en Internet decimos ‘¡La audacia!’?

Pasan las horas y ese día me doy cuenta de que veré a una chica con la cual siempre termino hablando de cosas muy espirituales –alma, universo, espíritu, ayahuasca– y por supuesto que ese día no fue la excepción. Honestamente, dentro de las cosas en las que creo fuertemente, es no jugar con las fuerzas que no están en mis manos, y la naturaleza entra en esa lista, especialmente el tema de la ayahuasca y la Pachamama. No es tanto el malviaje; sólo me atrae saber lo que la gente ve… pero no lo que yo vería. Tengo amigos que han visto a sus familiares que han fallecido, ex novios, a Dios, o que han experimentado algo parecido al infierno, “pero no lo es, porque no es así ahí“, me dicen. Hace tiempo, en una fiesta una amiga me contó que una vez tomó varias dosis de ayahuasca, pero que simplemente “no se iba”. Entonces se acercó con el Maestro (¿se les llama así? Tantas preguntas) y él le dijo que estaba “taponeada”. Entonces él le puso la mano en el corazón, le dijo “buen viaje” y que dio un ligero golpecito con su otra mano, y mi amiga me juró (casi ante notario) que sintió cómo se desconectó de su cuerpo, y que su espíritu se dejó ir en caída libre, donde vio cosas que, incluso esa noche entre cervezas y papitas, todavía le llenaban de desconcierto. Hay veces en que me pongo a pensar en esa plática, en ese “tapón” del corazón y cómo no dejas entrar y no dejas salir. Una vez que me fui a leer el tarot, y le dije a la hermosa chica que me hizo la lectura “siento un tapón en el corazón”, porque de verdad, me sentí identificada con esa imagen (¿pero quisiera vivirla?). Anywho, regresando a la comida, los temas que siempre hablo con esta chica volvieron a la mesa, entre cocteles y pan recién hecho: ser uno con el universo, las conexiones que hacemos; sobre fractales y el destino. Todo eso resuena en mí, especialmente cuando vas por la vida sin religión, el desconsuelo de un mundo que de verdad te orilla a no tener fe. Y hablamos sobre ayahuasca, claro. Para ella, mis preguntas eran más bien una serie de grietas donde se asomaba la curiosidad, así que me dice que me dará información, y ya me dirá ella si lo deseo. “Y no te va a pasar nada, créeme. Lo veo“. Es extraño que yo esté tan segura de no querer hacerlo, pero al mismo tiempo me da sed saber qué se ve en esa “dimensión”. ¿Será que lo que quiero, es creer que la gente puede ver eso tan esencial que es invisible a los ojos, aunque sea con la ayahuasca? Ya sé, ya sé.
Antes de despedirnos, me abraza muy fuerte y me sonríe de tal manera, que me hizo pensar que quizás soy una buena persona. No he hecho muchas cosas para pensar lo contrario, pero a veces cargamos tantos demonios, que nublan la vista. Y quién sabe, ¿qué tal que aparecen en mi viaje astral? Y yo los veo de otra manera: en terapia.

La terapia que tuve justo ese día fue una hora llena de esos fulgores donde estoy muy segura de quién soy, y más importante, de lo que no soy: Elsa no es la exnovia de “x”, no soy la editora, No soy la hija de alguien. Soy Elsa, la que está cruzando un camino, y la que confía en él. La que siempre fluyendo, nunca influyendo. “Trust the path unseen” dice mi mejor amiga, y eso es: soy la que confía en lo que ha hecho, lo que ha cosechado. “Mira el nivel de integridad con el que vienes hoy“, me dice mi terapeuta (¿feliz? Siempre es bueno ver a tu terapeuta feliz). Salgo de ahí, preguntándome si es un momento lúcido, o si sólo estaba hablando muy bien de mí, después de que me dijeron que les gusta cómo escribo, del universo, del espíritu, de que quizás la Pachamama sería benevolente conmigo.

Salgo de terapia para ver justamente a mi mejor amiga, quien va a dar una plática en el SOMA sobre identidad y ficción. ¿Es coincidencia esto también? Justo el día en que me validan otros, en que una conversación sobre cosas metafísicas tiene toda mi atención, cuando en terapia creo estar tan segura de quién soy, ¿es coincidencia ver a mi mejor amiga y a otros de sus colegas hablando sobre personalidad y cómo nos formamos y desenvolvemos en el mundo (siendo mi amiga, la mejor de su grupo, la verdad)? ¿Es por lo que nos dicen los demás como vamos esculpiendo nuestro ser? ¿Se nos puede derrumbar eso también? Somos lo que heredamos, es otra frase que me repito muy seguido estos días.

Regreso a casa, e incluso hoy pienso mucho en ese día. En el momento tan lleno de confianza al decir quién es Elsa. Al sentirme validada por algo que yo hice. Al pensar de dónde estoy tomando todas las cosas que me forman. ¿Qué significan momentos como estos en la vida? De verdad me siento un poco ingenua, porque debe ser una de esas experiencias donde le pides a La Vida que te hable claro, y La Vida te manda un mail en fuente Helvetica tamaño 15, diciéndote las cosas de la manera más clara, y uno sigue sin ver.

Pero tanto, en un día. No puede ser coincidencia. Y no tengo una conclusión clara. Pero ya se está acabando el mundo, así que ps total.

A propósito del nuevo disco de Rammstein: algunos pensamientos

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Desde el 2009 Rammstein no había lanzado un disco oficial, lo cual me sorprende un poco, porque juraría que sólo habían pasado un par de años desde que mi papá me regaló el ‘Liebe ist für alle da“. Pero no: ya habían pasado diez largos años (el paso del tiempo, qué sutil). Dice mi Last.fm (sí, lo sigo usando) que los he escuchado más de 900 veces en estas últimas tres semanas –seguro ya rondando las mil cuando acabe de escribir esto– y estas son algunas reflexiones que no he podido sacar de mi cabeza:

1

Soy de esas personas que, honestamente, no disfrutó del todo el ‘Liebe ist für alle da. No es un mal disco, pero había algo que simplemente no encajaba con lo que verdaderamente me gustaba de Rammstein: algo más industrial, eléctrico, oscuro. Le faltaba sintetizador y un poco más de violencia.  Era y no era Rammstein, pensaba, porque si bien tienes letras como “Wenn ich ihre Haut verließ, der Frühling blutet in Paris” (“Cuando dejé su piel, la primavera se desangró en París”), también está ‘Pussy‘, que aunque es divertida y que fue la comidilla de todo el mundo, no me sentí movida (pero el video es otro asunto, básicamente porque siempre será bienvenido en mi agenda ver a un montón de alemanes divirtiéndose de la manera más perversa).
Pero este nuevo disco –sin nombre, al cual sólo nos referimos como “El nuevo de Rammstein“– es un regreso a sus orígenes increíble: basta escuchar los primeros segundos de sintetizador en ‘Deutschland‘, que recuerdan un poco a ‘Du riechst so gut’, una de mis canciones favoritas, de hecho. El disco empieza con una violencia que me deja perpleja, llega a un clímax alucinante con ‘Sex’ y que se va diluyendo para terminar con ‘Hallomann‘, que es un poco más tranquila, pero mantiene esa masculinidad que siempre me ha gustado en ellos.

2

Leo una reseña en el sitio de Rolling Stone (US), y me pone un poco melancólica saber de qué manera hemos perdido el arte de las buenas reseñas, donde gente se pone a escuchar sesudamente el disco para irlo deshilando, y uno lo lee religiosamente para ver en qué cosas se está de acuerdo o no, aunque siempre concediendo algunos argumentos. La crítica debería ser un análisis exhaustivo, no una imposición ni una serie de ideas falaces. Y en este caso, me decepciona lo que leo. Como editora de entretenimiento, hay cosas que de verdad no me parecen en la crítica del sitio (que acudí a él no por otra razón que el hecho de que la banda acaba de salir en la portada de la RS Alemania, por lo que esperaba algo mejor de la versión estadounidense): El autor de la reseña escribe en el subtítulo que ‘Aüslander‘ es una canción ridícula. Me da un poco de fiaca, ya que no sólo es mi canción favorita de El Nuevo de Rammstein, sino que en sí la historia que cuenta es realmente valorable: el fenómeno de viajar, ser extranjero, conocer gente, y transitar… de verdad me parece fascinante. Y si bien todo el mundo mira con ojos extraños el video –donde los integrantes de la banda van al puro estilo colonizador a “explorar” nuevas tierras, hacer lo que quieran y luego irse– no puedo evitar pensar que esto resume la historia del mundo: conquistar está en todos lados. Colonizar, bien mirado, es cualquier spring break (sin animos de banalizar). Todo es una conquista: en la política, en el amor, en el sexo, en la guerra. Todo es una conquista, todo el tiempo es alguien, diciéndole a alguien, un país diciéndole a otro país, ciao ragazza, take a chance on me.
Así, se me hace ridículo que esta persona diga que es una canción ridícula.

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3

Avanzo en la lectura, y me encuentro con esta atrocidad:Then again, nobody listens to Rammstein for the lyrics.

¿Cómo?
([Wie?])

Este enunciado de verdad me cabrea porque con el regreso de la banda, con un disco de verdad impecable, me llegó esta curiosidad por el alemán. He pensado en clases, he retomado algunos poemas e incluso reflexioné que sería una idea fascinante leer uno de los libros de poesía de Till Lindemann. Así que hice lo más inmediato, y compré “On Still Nights“, desafortunadamente en inglés, porque soy firme creyente de que la poesía es mejor si se lee en el idioma original, aunque aquí el impedimento son los años y años y años que le dediqué al francés y no al alemán, y entonces es lo que hay. Pero ahí me tienes, leyendo poesía de un hombre que mide casi dos metros, y que justo acaba de salir en las noticias que le rompió la mandíbula a un chico por insultar a su acompañante, pero que escribe poesía. Es el tipo de masculinidad que me gusta. En fin, que leo todos los poemas y me encuentro con una joya que, de cierta manera, me suena tremendamente conocida: “What I Love”:

I do not love that I love Something
Do not like it when I Like Something
I am not pleased
when I am pleased
Yet I Know
I will regret it

A happy me is not to be
The one who loves me must agree”

Recuerdo haber leído algo similar, y efectivamente: en una traducción rápida de las letras, veo que dicho poema ahora es una canción: ‘WAS ICH LIEBE’, una de las más hermosas en el disco. ¿Por qué escribir que uno no escucha a Rammstein por sus letras, cuando el vocalista es poeta, y los demás son unos genios musicales? ¿Qué te motiva a decir semejante cosa? Especialmente cuando son alemanes, y ahí prácticamente nacen ya poetas y filósofos. Otro ejemplo, DIAMANT: “Du bist schön, wie ein Diamant / Schön anzuseh’n wie ein Diamant / Doch bitte lass mich geh’n / Welche Kraft, was für ein Schein / Wunderschön wie ein Diamant / Doch nur ein Stein” (“Eres hermosa, como un diamante / Bonita a la vista, como un diamante / Pero por favor déjame ir / Qué poder, qué brillo / Hermosa como un diamante / Pero sólo una piedra“).
Qué ridículo, pienso.

4

Ahora bien, pasemos con una buena reseña:

Rammstein punches through the bullshit, and gives us an avenue into archetypal longings and desires. And though Americans are not as fully aware of Rammstein as they should be, in much of the country the band is still respected by many a metalhead, despite the obscurity of its lyrics and messages, which are lost on so many who do not know the language, but appreciate the band’s original and unforgettable sound. Which is another way of saying: one of the most impressive achievements of Rammstein is that their music has caught on among Americans, despite the language barrier.  […] But once americans are lucky enough to discover Rammstein, they are floored.

Esto lo escribió Michael A. Arnzen, el autor del prefacio del libro de poemas de Till Lindemann, autor de la novela ‘Grave Markings‘. Y cuánta razón tiene: es posible pasar la barrera del lenguaje y entender la banda a otro nivel. La música si bien es un idioma universal, también uno como fan (¿es esta la palabra que busco?) puede poner de su parte y descubrir ese mundo, especialmente ahora que basta un copiar y pegar en el Google Translator. Quizás no tengas la mejor lírica, pero ahí está: el núcleo de la idea. Repito: ¿de verdad un periodista de una revista especializada en música, se atreve a decir que uno no escucha una banda por sus letras? De verdad me ofende. Y creo que Michael está de acuerdo conmigo, al escribir esto:

“Rammstein sneaks a littleEnglish into the mix, maybe to throw Americans a bone –As in Amerika or Pussy– songs that are hilarious in the mockery of nationalistic arrogance mixed with a brash sexuality, that suggests one country, might be screwing with another. 

¿Será que ‘Pussy’ o ‘Te quiero, Puta’ tienen otro contexto, que no es necesariamente el sexo por sexo, sino incluso una insinuación política? Podría ser. Regreso a lo mismo: si hablamos de poesía, hay imágenes que no son literales; quizás sólo me cuesta considerar estas canciones de esa manera. Es algo que me dejo de tarea.

5

Por otro lado, tenemos el asunto de Till Lindemann. A veces cuando me pregunto cuál es la clase de infatuación que nos causa la cultura pop, cuando nos explotan los ovarios al ver a personalidades como Keanu Reeves o Jon Hamm (en mi caso), pienso en la siguiente teoría: tan en la realidad no encontramos lo que queremos, que lo idealizamos en su máxima potencia con las personas que son inalcanzables, y que no tienen la oportunidad de defraudarnos. Keanu Reeves debe tener sus flaws, pero déjenme pensar que no, porque lo necesito. ¿Así funciona?
En mi caso, de joven me gustaba Till Lindemann, pero era una muchacha que todavía no sabía bien lo que quería, y por eso tuve relaciones porque era lo que había, pero quizás no exactamente lo que quería y necesitaba. Relaciones donde mis cosas no eran prioridad, y donde aceptaba la sobra de manojos de nervios maleados por los malos tiempos, y que no era mi problema resolverlos. Ahora mismo, con el disco en mis manos, y después de ver fotos de Till Lindemann sin cansarme en Tumblr, noto lo importante que es para mí un hombre seguro de su masculinidad, y con un porte inquebrantable. Es el vocalista de una de las bandas de industrial más importantes en Alemania, que usa abrigos de peluche, collares de pluma y vestiditos de colegiala, y jamás nadie se lo cuestiona, pero lo más importante es que no se lo cuestiona ni él mismo. Un hombre con una obsesión sucia por el sexo, y que escribe poesía. Un hombre que se muestra duro y que lleva a una firma de libros a una esclava sadomasoquista con una correa, pero que tiene sutiles dejos de cariño con los integrantes de la banda. ¿Él será toda esta idealización que tengo en mi cabeza? No podría apostarlo, no podría asegurarlo, por supuesto que debe tener sus demonios (como todos nosotros), pero por el momento, ante la falta de un hombre así en mi panorama, déjenme pensar que es así, y ya. Y todavía más importante: déjenme pensar que simplemente existe. No es como que mañana lo vaya a conocer y que se me derrumbe la idea, pero al menos no hay algo tangible cerca de mí que me indique lo contrario, a excepción de la larga lista de hombres catalogados como Decepción. Aquí está: la fantasía de hombres que no te van a hacer menos.
Y luego veo fotos de las cicatrices en el brazo de Till Lindemann, y las ideas que llegan a mi cabeza son casi de corte existencial etéreo. Cada marca, es una historia en la piel. Eros puro. Y luego recuerdo otra cosa que escribió Michael A. Arnzen sobre Rammstein y la voz de Till:

“The sound they make is as universal as any scream or howl, and Till’s vocalization of these words with all their Germanic trills and spittle, express the feelings we all share—from rage to fear to lust—at the very level of their utterance.”

 

6

A través del Instagram de la banda, conozco a su fotógrafo oficial, Jens Koch. Algo que amo de ser editora de entretenimiento, es observar la manera en que una banda o un artista retrata su vida, y que tiene a alguien que de hecho sabe retratar esos momentos que de otro modo se perderían en el tiempo. Y ahí tienes: el behind the scenes del video de ‘AÜSLANDER’, con Till Lindemann cargando un cuerno de elefante (falso, ¡incluso te lo dicen para que no te preocupes!), Richard oliendo una flor (con un manicure en rojo espectacular), e incluso una foto donde Till le ayuda a uno de los integrantes a regresar al escenario, y Jens toma la foto de las manos. Las manos tremendamente masculinas, ayudándose mutuamente. ¿Qué es lo que no se puede amar, en una fantasía así?

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Photo: @jenskochphoto

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Hombres con manicure, botas industriales y el vocalista gritando “Sex! Komm zu mir / Meins ist deins und das in dir /  Sex! Komm mit mir / Denn besser widerlich als wieder nicht / Wir leben nur einmal / Wir lieben das Leben”. Jens tiene una mirada espectacular, y es cuando veo: una banda talentosa, que tiene gente talentosa trabajando con ellos. Así funciona todo.

7

Ya habían pasado diez años desde el último disco. Yo tenía 21 cuando mi papá me regaló el ‘Liebe ist für alle da’. Y hay una parte de mí que se alegra de escuchar un disco tan bello ahora mismo, a los 31 años. Un álbum perfectamente trabajado, y que se topa con una Elsa definitivamente diferente a la de hace diez años. Y algo que también pienso, es cuánto aplicaron en este disco el back to basics: el sintetizador, las guitarras, las letras. Es un reminder de que no está mal volver y retomar todo eso con lo que te presentaste al mundo.
Me gusta pensar que este encuentro entre El Nuevo de Rammstein y yo –afirmo esto sin nada de ego, sino con un amor profundo por la banda– es una sincronía de evoluciones, que se han vuelto a cruzar en los momentos correctos de su existencia.

8

Was Ich Liebe / Das muss auch sterben, muss sterben / Was ich liebe.