Breves reflexiones sobre el amor

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Cuando era niña, no me imaginaba lo complicado que podía ser el amor. Al crecer con tantas películas infantiles donde los buenos siempre ganan y los malos siempre pierden, claro que recibí una explicación bastante básica –y falsa– de esta palabra, desarrollada en mundos totalmente imposibles. En realidad, el amor es un millón de cosas. Es mucho más emocionante, mucho más confuso. Muy cruel y aterrador. Le sufres, le lloras, te da insomnio. Lo amas. Es química, es poesía.
Es hermoso.

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No sé si a todo el mundo le ha pasado, pero cuando era más jovenzuela, la mayoría de las veces en que me aventuré a decirle a un hombre que me gustaba, sólo obtenía una cosa: distancia. Optaban por dejar de hablarme, como si con eso las cosas iban a ser más fáciles. ¿Fáciles para ellos? ¿Fáciles para mí? Sigo sin una respuesta. Pero este tipo de acciones fueron parte de una educación sentimental bastante visceral, que vinculada al secretismo heredado de mi familia, sólo pude concluir una cosa: es más fácil guardarte las cosas. Amar  a escondidas, pero nunca hacer nada con eso. La procesión va por dentro, diría Kevin Johansen.
Esto, –posterior y naturalmente– fue empeorando: ya mejor no abras nunca el corazón. Ni para el amor, ni lo que sientes, ni lo que ocurre en ti. Nadie entra y nadie sale.

 

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Sobre esto, también pienso: ¿qué hay en dejarle de hablar a alguien que te dice que siente algo por ti? ¿Es evitarte problemas? ¿Es no tener que lidiar con sentimientos (¡que ni siquiera son tuyos!)?

Slavoj Žižek (sí, perdón, ya sé) escribió en ‘Cómo leer a Lacan’: “Descubrirse en la posición de amado es tan violento, incluso traumático: ser amado me hace sentir directamente la distancia entre lo que soy como un ser determinado y “eso” insondable en mí, que es causa de deseo. La definición que Lacan da del amor -“Amar es dar lo que no se tiene…”- debe suplementarse con “… a alguien que no lo quiere”.”

¿Por qué se rechaza el amor?

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Ahora que estoy repasando ‘Girls’, en la segunda temporada, Shoshanna (la verdadera heroína, cómo no lo vimos antes) le confiesa a Ray que lo ama. Él se tapa el rostro y le dice “¿Por qué me dices esto?”

Previamente, Ray le había dicho a Shoshanna que era un perdedor sin casa, sin trabajo y sin pasiones.

(Pero hay alguien que lo ama).

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Ahora ya con 32 años sobre mis hombros, veo en el amor algo lleno de posibilidades. Y últimamente, cuando hablo con la gente de lo complejo que es este tema, me ha dado por concluir que, en una de esas, ni es tan difícil. Lo hacemos difícil, pero todo lo que vivimos nunca deja de ser un 2+2=4. Y vas aprendiendo que eres las personas que amas. Que eres sabotaje, eres momentos intensos, eres imposibles. Que eres patrones, que eres gritos de auxilio. Eres lo que amas. Eres lo que odias. Y lo que deseas.

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“And I think about how loving someone is kind of like being president, in that it doesn’t change you, not really. But it brings out more of the you that you already are”.

Raphael Bob-Waksberg, en ‘Someone Who Will Love You in All Your Damaged Glory’

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Tengo la teoría (que obvio llegué a ella por terapia, no por otra cosa), que mi mamá y mi tía fueron las mujeres cruciales que formaron la manera en que me desenvuelvo con el mundo. Mi mamá confiesa que no le gusta mucho abrazar, porque no podía hacerlo con su mamá por “x” y “y” razones. Es algo que se le quedó. Mi tía, por otro lado, es la que escucha música a la hora del desayuno, da unos brinquitos a manera de baile y te abraza mientras te estás sirviendo el cereal. Mi tía, al haberme criado todos los días mientras mi mamá trabajaba, me dio una infancia llena de abrazos, y descubrí lo mucho que me gusta que me abracen. Mi mamá me dio fortaleza en un mundo violento. Una resiliencia que se paga con silencio.

 

Esta es otra dualidad que soy: la del tacto y la del silencio.

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También me ha resultado fascinante ver los límites que nosotros mismos le ponemos al amor. Amar a alguien no necesariamente es un noviazgo. Una relaciónno es necesariamente un para siempre. Un crush no necesariamente tiene que ir a algún lado (ya con el lujo de sentir algo por otra persona te puedes dar por bien servido). Me aterra sentir cosas. Me aterra abrir mi corazón. Me aterra que la gente me conozca.

Pero también me encanta.

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En ninguna bondad, en ningún amor
voy a creer,
más indefensa
que las hojas de noviembre.
Ni a confiar,
en nada vale la pena confiar.

Ni voy a amar,
a llevar el corazón vivo en el pecho.
Cuando suceda lo que ha de suceder,
cuando suceda,
me latirá un hongo seco
en lugar de corazón.

(Wislawa Szymborska)

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El amor. Qué concepto.

Breves Reflexiones II

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Los lentes Miu Miu que me probé  (ver punto 6).

1. Me gusta mucho ir a yoga. Es uno de los pocos momentos en la semana donde me puedo dar el lujo de respirar. Te mueves, te estiras… es como si de verdad necesitara esa clase como para ser consciente de que en este mundo existo. Y es una sensación bonita. Es una hora y media donde todo lo de afuera de verdad no importa. Mucho influye que la clase que tomo es el viernes por la noche, entonces en realidad nadie del trabajo te molesta, pero aún así, me gusta pensar  que es un momento donde todos nos ponemos de acuerdo para respirar.

Estas últimas clases la maestra se ha soltado algunas joyas mientras hacemos ejercicio, y que me he grabado muy bien en mi cabecita. En un ejercicio, estábamos sentados en flor de loto meditando, y coincidió que estaba viviendo algunos momentos complicados en el trabajo. La meditación era conectarnos con el piso, con los pies en la tierra. Y la maestra dice: “árbol bien enraizado, ni quien pueda moverlo”, y por un segundo sentí uno de esos momentos de luz y de claridad que muchos presumen después de años de meditación. O no sé, quizás lo único que pasó es que escuché algo que necesitaba escuchar. Ser un árbol, conectarte, no disociarte. Otro día, estábamos haciendo unos ejercicios para llamar la abundancia (y mira que ya estoy dispuesta a intentarlo todo) y teníamos que estirar la mano al frente y regresarla al pecho con el puño cerrado, como si estuviéramos quitándole algo a alguien. La maestra dice “Toma eso que el universo tiene para ti. Toma lo que por derecho siempre ha sido tuyo”. Y mismo momento de claridad: tomar eso que quizás no llegó por suerte, sino porque lo has trabajado.

Ya he mencionando anteriormente que no suelo creer en las coincidencias, y estas frases llegan en momentos muy exactos. Y es el tipo de magia en la que puedo creer.

2. Acabo de correr una carrera de 10 kilómetros, cosa que me alegra un poco. Lo digo porque hace algunos años, me hubiera parecido imposible correr esa distancia, especialmente ese primer día en que corrí mi primera vuelta en los viveros de Coyoacán y que yo estaba vomitando el corazón al primer kilómetro. Supongo que es de esas veces en que te es imposible visualizar un futuro feliz, si todo lo que haces por primera vez te cuesta trabajo o  la meta se ve lejana, lejana. Los deportes son una hermosa metáfora de todo lo que hacemos día con día, y desde que empecé a correr, siempre pienso en ese día con la cara roja, pensando que jamás podría correr más de un kilómetro. Siete años después, hay una medalla de Hello Kitty colgada en mi departamento que dice lo contrario. Colgada en la pared de un departamento que también creí imposible de rentar cuando aún vivía en casa de mis papás. Departamento que tengo gracias a un trabajo que creí imposible de conseguir por escoger una carrera donde todo el mundo me decía que me moriría de hambre. Y es una carrera que me ha dado mucho más que cualquier persona en este mundo. Qué curiosa la vida, ¿no? 

3. Suspirar se siente muy bien. Es otro de esos momentos donde te acuerdas que existes, que la vida de verdad a veces se está pasando, y puedes detenerte a tomar un montón de aire y sacarlo. Los hombros descansan, el corazón se repone y sigues. Y hay tanto aire por tomar.

4. ¿Y saben qué otra cosa se siente muy bien? Llorar. Ahora me ha dado por pensar que somos un montón de ollas exprés, y que todo el tiempo nuestra campanita está sonando, anunciando que estamos a punto de explotar. Y mientras muchos optan por ser unos cretinos y patanes, otros elegimos llorar. Y todo sereno.

5. Hace unos días fue mi cumpleaños. Escribiré más adelante sobre eso, pero sólo quiero mencionar que ese día fue un fiel reflejo de los tiempos tan turbulentos que estamos viviendo. No fuimos a comer (el tradicional ritual oficinista), no pudeatender todas las llamadas ni mensajes. Estábamos en el pleno de la organización de un evento laboral, y ni ganas quedaron para organizar algo personal. Me ganaron todos los Halloween y todos los festejos de prensa, y decidí que lo mejor será disfrutar de esas fiestas, a manera de cumpleaños. La desventaja es esta sensación de imposibilidad de reunir a la gente que amo para convivir. ¿La mejor ventaja? Me puedo ir temprano de todos lados para poder dormir. Unas por otras: estos son los 32 años.

6. En un evento laboral me encontré a mi primera jefa en le editorial, hace siete años. Me gusta que siempre nos saludamos muy efusivamente y que siempre habla muy bien de mí, pese al poco tiempo que nos tocó trabajar juntas. Me presenta a una de sus colegas como Elsita. “Bueno, Elsa, pero para mí siempre será Elsita”. Nos reímos. Se me hace un detalle adorable. Otra cosa que dice: “Elsa trabajó conmigo. Yo la contraté, y es la fiel prueba de que yo sé ver el talento“. ¿Otra cosa que necesitaba escuchar? En terapia hemos visto una y otra vez que no debería necesitar el reconocimiento externo… pero se siente TAN bien. Me dejo ir con el comentario. Al despedirnos, me dice: “¿No te parece que antes todo era más lento y tranquilo?” Y nos quedamos viendo. Luego ella atiende a todos los invitados, mientras que yo tengo que regresar al trabajo a seguir salvando el mundo (o eso parece), no sin antes tomarme una foto con unos lentes Miu Miu de los que me enamoré.
Sí, todo era más lento, más seguro. Pero no mejor. Quiero pensar que “lo mejor” es algo que le pertenece al futuro.

La construcción de un hogar

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Una selfie en The Home Store

 

Cuando era niña, a mis papás les encantaba ir a Home Mart, una tienda que vendía absolutamente todo para la casa. Absolutamente-todo, te digo. La tienda tenía un castor gordinflón de mascota y era casi de ley que los domingos invertíamos muchas horas en ese lugar, del cual siempre salíamos con repisas nuevas, quizás un librero, a veces lámparas. Mi mamá ama las flores, entonces era normal regresar con el coche lleno de cosas de jardinería. Mi papá ama las herramientas, así que lo normal era que un nuevo taladro fuera parte de la familia saliendo de ahí. Yo amaba y odiaba esa dinámica; la odiaba porque implicaba pararse tempranísimo para emprender la excursión que duraría –al menos– cinco horas, pero la amaba –la amaba profundamente– porque buscar repisas, lámparas, clavos o pintura, era una manera de decir lo mucho que te importa tener un hogar. No un lugar con cuartos, me refiero a un hogar. Y honestamente –ahora que lo pienso– no había mejor mascota para un lugar así que un castor; los castores se esfuerzan mucho en construir sus casitas, en hacer sus presas con ramitas, y si algo he aprendido al ver a mis papás pensar y pensar y pensar dónde poner cada cosa –y también ahora que vivo sola– es que una casa o un departamento no es un hogar, hasta que una persona llega a hacerlo suyo. Como el conquistador llegando a nuevas tierras, nada más emocionante (y angustiante, ¿por qué no?) que un lugar vacío que lo harás tuyo.

Ya lo demás que pase en ese hogar, es otra cosa.

(Me pareció importante mencionarlo).

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Cuando me mudé  a la caja de zapatitos en la colonia Roma, invité a varios amigos a comer. Entre ellas, a Alaíde (talentosa escritora, promesa futura), quien a minutos de ver el departamento, me dijo “es muy Elsa”. Y me he grabado esas palabras en el corazón.

La mente, como Dios, trabaja de maneras curiosas, y siempre he creído que las personas buscamos desesperadamente cualquier grieta en esta oscuridad llamada vida, para mostrar un poco quiénes somos en realidad. No importa si eres introvertido o extrovertido, o si insistes en que no te importa ese tema o si es lo único que te motiva en la vida: decimos quiénes somos a través de nuestra ropa, lo hacemos a través del arte, y también lo expresamos  a través de las cosas que tenemos y cómo las ordenamos. Somos castores gordinflones, y cada una de las ramitas que ponemos en nuestra casa, siempre tiene una razón de ser.

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A veces paso horas viendo cuentas de Instagram de inspiración para departamentos, y por supuesto que me encantaría tener uno minimalista, de esos que tienen dos libros, una repisa negra, almohadas blancas. Veo esos departamentos con orquídeas, tipis elegantes para gatitos. Me encantan, sí, pero aunque lo intento, no logro que mi departamento se vea así, y al final lo atribuyo a que al final, esa no soy yo. La manera en que ordeno mi casa es un reflejo de mis gustos tan diversos y la imposibilidad de seguir una sola línea; tengo un cuadro con un dibujo original de Oliver Jeffers, y tengo un póster que –necia– vine cargando de Japón porque se me hizo bonito. Tengo Hello Kitty’s junto a mis cámaras. Tengo decenas de libros. Tengo almohadas con lentejuelas, tengo muchísimos muñequitos de mis series favoritas. Tengo plantas de sombra porque en mi departamento casi no da el sol. Tengo los muebles que poco a poco he podido comprar, y están con los que he heredado, de entre los cuales atesoro uno: un tocador al cual mi papá le dice “la coquetera”. De niña ahí ponía todos mis juguetes, mis muñequitos más preciados. Y conforme fui creciendo, el mueble fue guardando otras cosas, y es como si ambos hubiéramos evolucionado; de las barbies y los muñecos, ahora guarda mis cremas, mi maquillaje, todo lo que uso para cuidar mi piel y mi cuerpo. Tiene un espejo que me ha visto adelgazar, engordar, adelgazar, engordar, adelgazar; que me ha visto reír y llorar. Es el espejo que me ha acompañado más de 30 años, y una parte de mí desea que otros 30 más.

Somos un hogar.

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Tengo la costumbre de llegar temprano a todos lados, y hace poco para matar un poco de tiempo y antes de un evento de trabajo, decidí entrar a The Home Store a ver algunas cosas. Sólo por estar. Hay algo muy bonito en ver muebles y cosas de decoración. Es como estar ante un mundo de posibilidades para tu hogar. Hay toallas de algodón, almohadas con memory foam. Botes de basura de aluminio que tienen espacios para la basura orgánica e inorgánica (que deseo ansiosamente).

En las tiendas del hogar me paseo entre los muebles, toco las toallas, las sábanas, huelo las velas y las bolsitas de popurrí. Cuando hago estas exploraciones hay una sensación muy propia de la vida adulta, al tratar de descifrar qué vas a meter en tu propia madriguera, que me resulta fascinante. Y luego veo los precios exorbitantes, pero lejos de darme rabia, noto que habita en mí una idea esperanzadora, que va algo así como  “un día tendré una casa donde pondré un bote así, una cama asa. Una colcha de ese estilo, un florero de este tipo”. De cierta manera, las tiendas para el hogar se me figuran una bola de cristal, que me dan el consuelo de saberme una mujer con una esperanza: que mis tiempos van a mejorar. Pensar en la idea de un futuro con un hogar bonito, hecho por mí, para mí y mis gatos, me llena de paz. No sé bien por qué el resto de mi vida no funciona así. ¿Será que estas son más un recuerdo feliz de infancia, y de ahí que no los vincule a algo fatalista? Debe ser, no sé. Pero ojalá todo me provocara esa sensación esperanzadora del “algún día todo saldrá bien” y no este perpetuo “ya no más” en el que siempre habito.

Siempre, siempre habito.

La puerta que no lleva a ningún lado

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Algunos productitos de limpieza que utilicé para limpiar mi casa.

No sé exactamente qué esté ocurriendo estos días (¿Mercurio retrógado? ¿Ahora sí el capitalismo salvaje devorándonos vivos? ¿El karma ya cobrándonos todo?), pero estos días ya tengo un ritual que se me hace angustiante: me siento en una de las sillas víctimas de las garras de mi gata en el comedor de mi departamento, me tapo el rostro con las manos y trato de asimilar toda la carga de estrés e incertidumbre que me golpea como si fuera una ola en el mar. Pero ojalá fuera el mar; no, esta es una ola punzocortante, donde todo el tiempo tengo que estar atenta a que una cuchilla no me saque un ojo, me rebane un dedo o se me clave directamente en el corazón. Es una ola donde no se me permite flaquear, donde más me vale ser fuerte, y un sinfín de situaciones que al ojo poco diestro le parecerían normales, pero al mío (siempre acechando todo aquello que me puede hacer daño) todo es una sucesión de eventos que se posan en mis hombros, como si fuera un muerto que debo cargar a todos lados. ¿Exagero? De verdad siento que no. Ojalá fuera así.

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Philip K. Dick tiene un cuento (dentro de la antología ‘La Mente Alien’) donde el protagonista –Bob Bibleman– es llamado a una especie de “concurso” en el cual (de ganarlo) podría cambiar su vida, incluso el mundo. El personaje, invadido por la ansiedad, la paranoia y tratando de simplemente respetar sus decisiones, simplemente no alcanza a satisfacer los requerimientos de dicho concurso (pensar en uno mismo) y es “desechado”. Durante todo el concurso no dejaba de pensar en su buena vida anterior, pero luego de ser desechado era imposible deshacerse de la idea de que nunca más volverá a tener una oportunidad así; no sabemos si era una buena oportunidad, pero definitivamente era una que le hubiera cambiado la vida. Bien pudo haber sido uno de los icónicos personajes de K. Dick, pero lo que me parece especialmente cruel, es que para este personaje, su historia terminó. Su historia terminó, y no hay nada más que pueda hacer. Hasta K. Dick lo desecha: ya no vale la pena ser contada su historia. Ya no depende de él, la suerte está echada, y es momento de que siga su vida, una que ya no nos interesa. Curiosamente, el cuento se llama “La puerta de salida lleva al interior”.

No dejo de pensar en ese cuento, en las oportunidades y en todo movimiento en falso que me podría hacer caer. Todo esto, por supuesto, aumenta mi ansiedad.

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Mientras trato de sobrevivir estos días tan violentos en altamar, noto esto: mi departamento es un desastre. En el trabajo acabo de tener una mudanza, por lo que tengo una caja y bolsas llenas de cosas que fui dejando allá por siete años. Tengo trastes sin lavar desde hace dos semana. Mi buró tiene tantos libros y cosas, que mis gatos no se pueden subir a jugar o a ver qué hacen los vecinos (especialmente ahora que hay una nueva vecina enfrente y quieren ver, insaciables, qué tanto hace, pese a que siempre tiene las cortinas cerradas). Tengo bolsas y bolsas de tela del súper, ropa amontonada, juguetitos, recuerdos. Y de cierta manera lo he normalizado: llego a la casa y esquivo las cajas, siempre tengo una nueva manera de colocar una taza en el fregadero de tal manera que nada se rompa. La ropa la hago bolita en el piso, y colaboro poniendo otro libro en el buró, para por fin llegar a mi cama, acostarme y ver cualquier cosa en mi celular, como si las pasadas diez horas no hubiera hecho eso.

Y esta rutina me deprime todavía más, especialmente porque no dejo de pensar que este desastre físico que tengo en mi casa, es el reflejo del enorme, escandaloso y desesperante ruido blanco con el que estoy viviendo en mi cabeza y mi corazón.

Y muchas ideas me pasan. ¿Necesito irme de viaje? ¿Necesito aires nuevos? ¿Necesito pareja? ¿Comprar más muebles? Creo que lo que realmente me estoy preguntando es si necesito que me claven un cuchillo en la pierna, sólo para ver si estoy viva. Ni estoy atendiendo el interior ni estoy atendiendo el exterior: es como si mi puerta de salida no diera hacia algún lado; es una puerta giratoria desde donde veo el mundo pasar, sin acceder a nada. Es una puerta de cristal, y a través de ella veo girar todo aquello que deseo, todo aquello que me gustaría ser, hacer, desear y sentir, pero yo estoy en esta puerta, automática, que no da a a ningún lado. 

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No dejo de pensar en esto: la manera tan terrible en que soy, conmigo misma. Como si de verdad no estuviera dando lo mejor de mí en todos lados, tratando de que todo sea más pasajero. Soy el pasajeron de Iggy Pop: I am a passenger / And I ride and I ride. Así es: and I ride, and I ride, and I ride. ¿Qué es lo que nos lleva a ser tan crueles?

Eso por un lado. Por el otro, mi casa. La casa que prometo cuidar, que comparto con dos gatos, que siempre he pensado que es un templo. Un templo, como mi cuerpo. Un templo, como mi mente. Dentro de todo lo horrible de este asunto, me parece interesante esta sincronía de desastres: es como si hubiera destrozado todos estos templos, y ya pasaron más de tres días y nada más no los reconstruyo. Saltar las cajas, equilibrar los trastes, guardar todo, basurita por todos lados. Todo es tan cínico y triste.

No sé si pueda ponerle solución a lo que sea que esté pasando que la angustia y el estrés gobiernan este mundo. Hay cosas que no dependen de mí… ¿pero las que sí? Hay que hacer algo. No queda más. Pienso en concentrarme en mis cosas, tomar un par de clases de “mind my own business“.  No fijarme en los demás, ni cercanos ni las lejanías que leo en las noticias. No puedo seguir prestando tanta atención a las injusticias, porque –diría mi mamá– terminaré muriéndome de la pasión.

Y lo que queda, aparte de languidecer, es ver mi camino. Ver mi camino sin ver a los lados ni atrás y simplemente acelerar hasta que cosas buenas pasen. ¿Es este mi lado optimista? Tratar de que pasen, pero confiar en que lo que uno haga por uno, es lo mejor que se puede hacer. Trato de hacer las cosas más fáciles, seguir siendo la misma mujer eficiente que he sido desde hace tantos años, quizás desde que nací. Mandar señales, soñar alto. Si Bob Bibleman hubiera pensado en sí mismo, ¿hubiera sido el protagonista de otro libro de Philip K. Dick? Y no es que en esa ruleta le fuera mejor (sabemos que todos sus protagonistas viven locuras apocalípticas)… pero quizás sabríamos de él.

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¿Qué será de Bob Bibleman ahorita?

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¿Y mi casa? El domingo ya vacié las cajas, lavé los platos (con jabón extra). Barrí, limpié los areneros, tiré mucha basura. Barrí, trapeé, perfumé las paredes.

A sabiendas de que nuevamente mi casa será un tiradero, me queda pensar que lo importante es lo que uno hace ahora. Y si el ruido blanco de mi mente se refleja en el desastre de mi hogar, ¿podría ser que arreglando el desastre de mi hogar, sane lo que pase en mi mente? Es un mundo tan loco, tan enorme, tan eterno. A estas alturas, vale la pena intentarlo todo. Vale la pena limpiar el exterior para ver si resuena en el interior. Vale la pena que la puerta, esta puerta en mi corazón en una dimensión aterradora que ya no se distingue si es de entrada o de salida, ya con que dé a un lugar nuevo, es ganancia.

Del tarot y la dualidad que soy

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Amo leerme el tarot. Ya sé, ya sé, aquí es donde vienen todos los científicos a decirme que cómo-es-posible, que el universo no tiene nada qué decir, que la vida son hechos. Ya sé. Sin embargo… como ya dije algunos ayeres, siempre que pueda tomar un buen consejo, sea de donde sea que venga, la verdad es que lo voy a tomar. Lo voy a tomar porque a veces siento que es lo único de lo que puedo aferrarme en un mundo tan distante, tan inmediato y tan futil. Y nadie me puede sacar de ahí, lo siento. 

Empiezo con esta aclaración, porque fue con una lectura de tarot en estos días donde empecé a pensar en algo que no puedo quitarme de la cabeza, y que quizás está cambiando mi vida por completo (¿suena exagerado? En mi mente no). Un poco de contexto: el otro día fui a un evento donde podías tomar un “cocktail de vodka” (no sé si mezclar Vodka con refresco yoli y jarabe rojo entra en la categoría de cocktail, pero eso no se va a discutir aquí), comer un churro de ‘El moro’ y leerte las cartas con una tarotista. Por supuesto me apresuré a ver todo lo que se tenía que ver en en dicho evento, para luego ir directo con la tarotista, porque simplemente no se puede dejar pasar este tipo de oportunidades… ¡gratis

Me siento en la sillita y veo a esta chica con detenimiento. Tenía todos esos clichés caricaturizados con los que describimos a las tarotistas: blusa blanca bombacha, joyas por todos lados, un delineado enorme, pelo chino esponjadísimo, labial naranja, siempre volteando los ojos hacia arriba. Nada grave, pero desafortunadamente en cierto punto sentí que más que leyéndome las cartas, estaba tratando de adivinar qué decirme, a ver qué pegaba. 

He tenido momentos muy bonitos con las personas con las que me he leído el tarot. Con una lloré porque sacó un tema que yo me esforzaba y esforzaba por esconder, como quien guarda algo bajo llave, la tira al mar… y ella la encontró. Ha habido quienes me dicen exactamente lo que necesitaba, y que me sirvió para empezar bien nuevos ciclo. ¿Pero con esta chica? Vaya, no sentí nada. Ni bueno ni malo: simplemente nada. Y siempre es una decepción no sentir nada.

Me pidió cortar el mazo siete veces mientras pensaba en mis preguntas y que también pensara mi nombre. Traté de hacerlo con el respeto que siempre le tengo a estos temas; honestamente nunca me han gustado las lecturas cuando un montón de gente te rodea; si quieres un momento íntimo para hablar de lo que te inquieta, lo que menos puedes hacer es pedir algo de privacidad. Pero aquí, rodeada de gente, cocteles de dudosa categoría y olor a churro, era lo que había, así que corté el mazo y pensé mucho en mi trabajo (¿todo tiene buena pinta?), en dinero (¿hay manera en que se multiplique…) y Berlín (….para irme de viaje?). Son los temas cruciales en mi vida, así que puse mis manos sobre el mazo deseando saber todo lo que quería. Saco la primera carta, se la doy (“la que soy yo”, dice ella) y es La Suma Sacerdotisa.

Seguí pasándole cartas y empezó diciéndome que veía a un chico. “De unos 30-35 años”. Para este punto ya me había perdido –y apenas había dicho cinco palabras– y le digo que no, no hay ningún chico, y no me interesa saber eso, porque honestamente en este momento de mi vida no podría importarme menos ese tema. Me decía que si conocía a algún piscis. Le digo amablemente que no. Luego empeora: “no… veo a dos chicos. A dos”. Para este punto volteo los ojos como queriendo tocar pared con la cuenca del cráneo, le digo que no. Y es cuando empieza a merodear a ver a qué cosa le atinaba: que si mi familia, que si el trabajo, que si me llevo mal con alguien, que ve una riña, que ve alianzas. Ella en escritora del spin-off de Game Of Thrones, y yo simplemente me dediqué a decirle que no hasta que por fin terminamos. En ninguna lectura de cartas me habían dicho de peleas o vaticinado amores; todo debería ser una lectura de lo que te rodea y el camino a seguir, no hay ningún pronóstico. Desde ahí, ya lo único que quedaba era esperar a que se rindiera. Y cuando pasó, me dio un mensaje final:  me llegará una oferta de trabajo… pero puede ser en ocho días, o semanas o meses… pero años no, que de meses no pasa. Pero siempre pensando en ocho. O múltiplos de ocho.

Me despido del anfitrión y decido irme caminando a casa, ya que la tarde era preciosa. Y durante esta hermosa caminata, me fue imposible no pensar en lo raros que fueron todos esos minutos donde esta chica me inventaba hombres imaginarios. Pero no sólo eso: lo que me llamaba mucho la atención era lo verdaderamente lejano que me parece el escenario de tener pareja… tanto, que ni me interesa preguntárselo a las cartas ni acudir al pensamiento mágico en busca de respuestas. Lo veo aquí y lo veo en las apps de ligue, los chicos que me presentan y hasta en los hombres que se me acercan en fiestas. Sólo puedo pensar en la terrible pereza que implica empezar un ciclo con un hombre, pero no sólo eso, sino contemplar la posibilidad de que salga un machito detestable, un onvre insoportable, una depresión con piernas que espera reflejarse en mí, o cualquier otro premio de consolación que me traiga la ya conocida lotería del heteropatriarcado.

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De las numerosas (pero no tan apantallantes) veces que me he leído el tarot, siempre me da cierto alivio (¿gusto?) que me salga una carta que tenga que ver con la feminidad, un tema con el que siempre he tenido mis disputas, ya que siempre he tenido una inclinación por lo que conocemos como masculino; los pantalones, las botas, las camisas, incluso los gustos. Siento que de ahí provenían muchos de mis problemas con mi reflejo, mi cuerpo, la aceptación de mi todo. Amo ser mujer, pero por lo que dice el mundo, ¿soy menos mujer si no uso faldas? ¿Si no uso escotes? ¿Mis botas industriales qué decían de mí en mi adolescencia? Si me encanta maquillarme, ¿eso cuenta? Ya ahora a mis 32 años me es fácil ver que estas cosas no necesariamente reafirman mi feminidad. Incluso ya me da una risa infinita cuando dicen que un grupo, una programa, una prenda o un videojuego son “para hombres” o es “muy masculino”. Qué magna estupidez. Pero una Elsa de 12, 20 ó 25 años no lo tenía tan claro y fácil. Aunque debo admitir que a veces esas dudas y decenas de inseguridades que creí dejar en el pasado, llegan a filtrarse por los huecos de mi presente, que no he sabido resanar a la perfección.

Busco en Internet a La Suma Sacerdotisa, mi primera carta en esa lectura: me encuentro con palabras como sabiduría, conocimiento, cambios, feminidad. Y leo una descripción que llega en el momento correcto de mi vida: 

La Suma Sacerdotisa se sienta a la entrada del templo sagrado de la dualidad. Lo masculino y lo femenino, lo negro y lo blanco, lo oscuro y lo claro. 

Y hacemos click: hay una pelea en mi interior que en estos momentos quiero equilibrar. Quizás yo también me encuentro entre esas dos torres, no sólo descifrando mi perspectiva del mundo, sino también mi identidad.

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En la caminata que mencioné, dándole vueltas a la nula emoción que me da que una tarotista me haya dicho que “hay dos hombres en mi vida”, llego a la conclusión de que a lo mejor lo que me pasa, es que me encuentro en un momento de mi vida donde estoy reconfigurando el tipo de hombre que me gusta. Segura de mi heterosexualidad, ¿será que estoy condenada a conocer puros hombres que me hagan menos, que traten de curar sus traumas con una relación o que simplemente sean unos cretinos de lo peor? Una parte de mí cree que sí, otra parte está en paz con la idea de no volver a tener una relación seria con tal de no volver a aguantar este tipo de estupideces. Pero descubro que hay otra parte que podría estar soltándose del patrón machista al que he estado aferrada por tantos años, y que más bien se está fijando en algo más… atractivo. Un lugar que nunca había explorado y que llama mi atención. ¿Cuál es? Pues como en la vida nunca hay coincidencias, esto ocurrió:

Voy caminando por la colonia Condesa casi para llegar a Insurgentes, cuando a mi lado veo a un chico (guapo) paseando a su perro. El chico, debo mencionar, traía falda… y se me hizo increíblemente –profundamente– atractivo. Masculino y femenino. Mientras él avanzaba yo seguía su paso, y notaba cómo todos se le quedaban viendo; unos se burlaban, otros nada más sonreían. Lo seguí hasta que tuve que irme por otra calle para ir a mi casa, y doblé la esquina con esta idea: quizás este es el tipo de hombre. Uno cómodo con su parte femenina. Que simplemente es.

Esto es un descubrimiento enorme para mí. Incluso si nació con un gesto tan simple, como ver a un hombre quitarle el género a una prenda.

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Dice mi terapeuta que no nos enganchamos con las cosas por nada. Y ahora que pienso en todo esto, se me hace coherente por qué estoy tan infatuada con Rammstein. Seis alemanes, originarios de la nación llamada Fatherland, quienes en sus últimos conciertos salen en falda, maquillados, con vestidos, incluso besándose entre ellos.

Veo el making of de ‘Mein Teil’, uno de sus videos más íntimos (donde compruebo que siempre fueron así, siempre estuvieron en paz con esa parte femenina que vive en ellos, pero ahora se dan el lujo de expresarla), y hay una parte que me parece mágicamente sensual: Schneider, el baterista, preparándose para personificar a una mujer (“Frau Schneider”, bautizado por los fans). Lo vemos pintándose los labios mientras se mira al espejo, poniéndose una peluca rizada, cerrando los ojos para que la maquillista le ponga mascara. En un momento, le preguntan qué cree que hará frente a la cámara, vestido de mujer. Él responde, acompañado de una risa tímida:

“I probably won’t do much. I’ll just be… more woman”.

Un hombre que simplemente será más mujer.

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“La Suma Sacerdotisa trae un mensaje de conocimiento sagrado y misterios ocultos. Se sienta en la intersección de la mente consciente e inconsciente y puede integrar los dos sin problemas. La Suma Sacerdotisa aparecerá en tu lectura cuando sea el momento de conectarte con tu espiritualidad. Ella te impulsará a atravesar el velo y adentrarte en el inframundo del inconsciente. Ver más allá de la lógica y la razón y renunciar al control. Ejerce la paciencia y la confianza, y comprende que hay mayores fuerzas en el trabajo de las que posiblemente puedas conocer.”

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También es hora de ser honesta conmigo: pienso en la posibilidad de una relación con un hombre heterosexual que haya hecho las paces con su lado femenino. Entonces yo, por consecuencia, también tengo algo por hacer:

Hacer las paces con mi lado masculino.

Demonios internos y hamburguesas

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(¡Esta hamburguesita la pinté yo!). De ahora en adelante, trataré de acompañar algunos posts con ilustraciones mías.

La comida y yo siempre hemos tenido una relación extraña, incluso más rara que la que he tenido con los hombres. Si bien amo comer nuevas cosas, en cada viaje trato de probar algo extravagante (menos insectos o algo que no me volverá a dejar dormir en paz) y tengo la firme idea de que no hay mejor manera de conocer los usos y costumbres de un lugar que por su comida, lo cierto es que no hay bocado,  ni siquiera el canapé más pequeñito, al que yo no le cosa un hilo de miedo y terror, acompañado con la punzante pregunta “¿qué le harás a mi cuerpo?”. Y ahí empieza un calvario donde toda clase de ideas pasan por mi mente, a pesar de que por años he tratado –con todas mis fuerzas, con toda mi alma– de eliminar dichas voces. “¿Engordaré mañana un kilo después de esta cerveza?” “¿Si solo como proteína, mi cuerpo estará contento?” “¿Este pan dulce derribará todo este esfuerzo que he hecho?”

Mi vida dio un giro increíble desde hace un año. No hay necesidad de entrar en detalles, pero lo que es importante saber es que por primera vez en mucho tiempo, estoy contenta conmigo misma. Emocionalmente (gracias, terapia) y físicamente (¿gracias, ciencia?). Sin embargo, como siempre, la felicidad viene con muchas dudas, porque de otra manera las cosas son demasiado buenas para ser verdad. Sí, me veo al espejo y sonrío (¿pero de verdad podrá ser duradero?). Me pruebo nueva ropa y se me ve increíble (¿pero podré usarla en el futuro?). Me siento más feliz (¿pero soy feliz?).

Y parte de mi sentir-bien se debe a que le he perdido un poco de miedo a la comida. Recuerdo mucho a las personas pasivo-agresivas (de esas que tanto abundan), haciendo comentarios sobre mis hábitos alimenticios o mi físico, creyendo que siempre tenían un buen consejo que dar (o un buen insulto que decir a mis espaldas), sin saber que lo mío era consecuencia de un padecimiento sencillo. Y tan fácil de controlar, que hoy en día me pregunto por qué el puente entre un doctor especializado y yo no se hizo antes, y en su lugar me pasee por un desfile de nutriólogos que jamás vieron que el problema iba por otro lado. Pero bueno, no vale la pena lamentarse porque –como siempre– las cosas llegan en el momento correcto en que puedes enfrentarlas, y ese puente se hizo cuando llegué a los 30.  Un puente que llegó después de críticas, experiencias tristes, momentos duros, y cosas que las personas en Facebook que aman compartir mensajes cursis conocen como “lecciones de la vida”.

En fin. Todo esto para contar una anécdota del vacío: Hace unas semanas fui a un evento donde la invitada principal era la comida. No, en serio: todo tipo de comida desfilando en bandejas de plata, cerveza, vino, refrescos, dulces; era el paraíso de quienes no le temen a Dios, y quienes no ven en la comida un recuerdo triste. Como decía, yo creía haber hecho las paces con este tema, pero algo extraño pasó esa noche: yo ya había comido una hamburguesa y una cerveza, y me sentía satisfecha. Bien, ¿no? Todo cool, pensaba. Sin embargo, todos a mi alrededor comieron dos, incluso tres hamburguesas, muchos litros de cervezas, canastas y canastas de bocadillos y postres a granel. No puedo mentir: para este punto empecé a sentirme muy ansiosa, pero no por tener el antojo, que ya no estaba ahí… sino porque empecé a relacionar la comida con una vibra de castigo y premio. Todos a mi alrededor, felices, delgados, perfectos: ellos pueden hacerlo. ¿Yo? Yo salí de un infierno, lo controlé, y no debía. No lo merecía. Ni quería, exacto, pero no debía. Mi ansiedad se originaba (nuevamente) en que la comida se apegaba a estas reglas de premio/castigo con las que la he relacionado desde siempre, y honestamente, mi síndrome premenstrual esa noche –que con esta nueva yo ahora le da por acentuar de una manera grave y terrible cualquier indicio de tristeza– no estaba ayudando mucho. Fui al baño a echarme tantita agua en el rostro, y a dejar que pasara esta herida que yo creía cicatriz, cuando en realidad se sigue abriendo de vez en cuando.

Era un momento feliz. Mucha gente querida a mi alrededor. La comida ciertamente deliciosa. ¿Por qué amo regresar a ese fondo? ¿Por qué amo ver ese abismo que me mira con ojos penetrantes? Uno de tantos miedos, uno de tantos traumas. Y al mismo tiempo en estos días me parece una batalla ganada que las mujeres amemos nuestro cuerpo, sin importar lo que diga el machismo, ni el heteropatriarcado. ¿Y que no amarte a ti misma debe ser un acto efectivo, como sea que tu cuerpo se vea? ¿Por qué me da miedo el pasado? ¿Soy superficial si he llegado a este punto, después de este cambio tan radical en mi cuerpo? ¿Pero no se trata de esto el autocuidado? Tantas cosas. La inseguridad de que mi reflejo no me dure mucho tiempo, el miedo a no tener control, incluso el terrible miedo a dar una respuesta, cuando alguien me pregunta “¿y cuando dejes la medicina, podrás controlar la ansiedad?”

Hay muchas preguntas. Muchas de ellas aún no tienen respuesta (y quién sabe si la tendrán). Sin embargo, no todo es tan malo: es en momentos de debilidad como este, donde noto la manera tan salvaje en que infravaloro esas herramientas de las que he tratado de armarme para saber que puedo tener el control, y sé que debo cambiar eso. ¿Ir a terapia, al doctor, todo es inútil? No, no lo es. Y al mismo tiempo, también queda entender que estar en una etapa más madura de tu vida, no quita que a veces el pasado vendrá, como pequeñas olitas, a recordarte esas dificultades por las que pasaste, y que es hora de hacerles frente. Como el cumpleaños de alguien no grato en tu vida, o el recuerdo de una relación tóxica, cuando piensas en la posibilidad de una relación en el futuro. O como platos de comida en un momento donde todos son felices, y eso debería incluirme a mí. Hay veces en que esos dolores son como huecos en el corazón, piezas perdidas de un rompecabezas que sigue armándose. Pero al final lo más sensato (¿y lo más lógico?) es valorar que has hecho tu trabajo, has hecho tu lucha. Ir a terapia, aprender a sonreirte frente al espejo. Sí, podemos ser nuestros peores enemigos, pero también podemos ser los mejores arquitectos de nuestras vidas. Somos luz y somos sombra.

Y pienso: si regreso a estos abismos, es porque tal vez –ya a mis 31– estoy en el momento en el que puedo enfrentarlos. Quizás este nuevo cuerpo es el reflejo de una nueva Elsa, una que puede tener control. Y que hacer las paces con la comida, implica nunca más hacer una dieta extremista ni dañina, sino una que disfrute, que satisfaga y que sepa controlar. Que escuche mi cuerpo, que escuche mi mente, que escuche a mi alma. ¿Estoy siendo muy cursi? Oye, al menos no es un meme en Facebook.

Habrá momentos así. Y está bien. No es hacer las paces con la comida, sino con esas veces en que dudaré de mí. Pensar “vaya, Elsa, otra vez aquí, ¿qué traes?”. Y luego recordar las cosas buenas que he hecho por mí, la ayuda que he buscado, y tener el control.

¿Y sabes qué? A la siguiente, comerme mi hamburguesa, sin culpas, con deleite. No pasa nada. Nunca pasa nada.

Breves Reflexiones I

En mi primer blog me encantaba hacer posts numerados a manera de proposiciones; esto porque lo hice en la universidad, y amaba la manera en que Wittgenstein desarrollaba sus reflexiones. Ahí hablaba de cosas que no se relacionaban unas con otras, separadas por números. Se me hacía un poco tramposo, ya que no ahondas en un solo tema y cambias sin conclusión alguna… sin embargo, era fácil escribir mucho de esa manera; de verdad era una máquina de escribir al sólo desarrollar algunas ideas. Retomo ese ejercicio, del cual espero no abusar. Tanto. Espero.

1. El domingo tiende a ser un día que puede ser o muy feliz o muy triste; comúnmente son tristes cuando decido no bañarme, dormir todo el día y simplemente dejarme ir con la agonía de saber que mañana será lunes. Para el ojo avispado podría parecer el domingo perfecto… pero hay algo en salir y que te dé tantito el sol, que resulta mucho más animoso que sumirte en el vórtice de no hacer nada. Hoy, por ejemplo, fue un día feliz: regrese a las cuatro de la madrugada de una fiesta en la que bailé como si no hubiera un mañana. Desperté, me hice de desayunar (con mi respectivo litro de café) y después fui a un bazar, de esos tan populares que ahora hay en la Roma: Maxicca Verbena, y es de cosas mágicas (cuarzos, joyería, cremas mágicas). Le tengo mucho cariño a este tipo de temas (brujas, magia), porque siento que hay algo bellamente femenino en todo esto. Hay algo hermoso es oler el incienso, ver la joyería, que te hablen de vibras cósmicas, temas que me hacen pensar en las mujeres, en esta onda cósmica que luego nos quieren arrebatar. No lo sé, es sólo una idea.
De ahí, pasé a una tienda de ropa de segunda mano y me compré un vestido que ni en el mejor de mis sueños creí que me quedaría. Me veo al espejo con el vestido puesto, el cierre hasta arriba, mi silueta con forma. Lo veo y lo veo: soy una nueva Elsa. Una Elsa con el mismo cuerpo, pero no. Soy una Elsa que ama lo que ve en el espejo, pero muy en el fondo del corazón, ahí donde se filtra la sangre, también soy una Elsa que tiene miedo de volver a perder este reflejo. ¿Podré mantener este cuerpo? La eterna batalla con el espejo, con la comida, con las ansiedades, con mis angustias, con mis demonios.

(Dice el Cuarteto de Nos: Pero es poco lo que puedo hacer acá colgado / No puedo corregirte si estás equivocado ni decirte que no barras tus pecados bajo la alfombra / Soy tu reflejo, pero también el de tu sombra).

Pero hoy es domingo –uno feliz– y nada de eso me va a arruinar el momento. Compro el vestido y salgo feliz. Puedo con esto. Lo creo.
(Lo quiero creer).

(Mírame estoy acá, soy real, cambia lo que ves / Pero soy el mismo, espejo y no espejismo)

2. Hace unos días platicaba con una chica sobre los relojes de mano. Ahora que he estado en tratamiento médico, el doctor me recomendó medir mis pasos, evitar ese demonio  adulto llamado “Vida sedentaria”. Así, tengo un Apple Watch que me gusta… pero no es un reloj análogo. Ya sé, qué vieja escuela me escucho, pero hay algo en los relojes análogos que se me hace extraordinario. Es decir, llevas el tiempo en tu muñeca, ¿qué más hermoso que eso? Sí, con los relojes inteligente llevas el tiempo, tus mails, tus chats, tus medidas y la vida… pero hay algo místico y hermoso en la sencillez de simplemente traer un aparatito que te da la hora, y eso es lo que me enamora.
Desde niña mi mamá me enseñó la buena costumbre de usar reloj. Me compró uno blanco, azul y rojo. Parecía un Tommy Hilfiger, aunque dudo que haya sido esa marca, ya que no sabíamos qué tanto iba a cuidar un reloj, honestamente… aunque sorpresa: resulta que los cuidaba como a ninguna otra cosa. Desde ese momento mi vida se llenó de relojes: tenía uno de Pocahontas, donde las manecillas eran hojitas otoñales; tenía uno enorme con la carátula neón, uno de Hello Kitty (obviamente). Después mis papás me graduaron y llegaron los Swatch, básicamente por su tecnología increíble y por sus diseños divertidos. Tenía uno de ovejitas, uno azul con diamantina. Mi hermano me regaló uno plateado que desafortunadamente tiene el broche flojo y me da miedo que se me caiga cuando haga algún ademán. Posteriormente llegó mi primer trabajo y con él, mi primer reloj serio: un swatch con correas negras, carátula metálica negra y manecillas sin números. Es un reloj al que le tengo un cariño especial, aunque ya no lo uso. Amaba que cuando me lo quitaba olía a mi perfume, y todo el mundo me decía “¿cómo le haces para leer la hora? Sin números y con esa carátula se ve complicado” pero a mí se me hacía muy fácil, era como si con el paso de los años entendiera ese reloj, con un vistazo ya sabía la hora, y que teníamos una conexión que nadie entendía, ante las insistentes preguntas de “¿cómo lo lees?”
Años después, un exnovio me regaló el reloj más hermoso y elegante que he tenido. Oro rosado, enorme, precioso. Cuando cortamos, forcé la relación con el reloj, porque no iba a dejar que un noviazgo fallido me arruinara esta relación con un reloj tan hermoso. Pero quizás eso no estaba en mí: en un viaje a Los Ángeles, con el corazón aún fresco de heridas, fui a dirigir un shooting y en un ademán el reloj golpeó algo. Mientras caminaba por The Grove, al ver la hora, me di cuenta de que el cristal tenía una herida también. Ahí decidí guardarlo, pensando que un día lo podría componer, pero que antes necesito exorcizarlo de toda esa toxicidad que la relación dejó, y que ya sólo era una mala mueca del pasado.  Mi terapeuta dice que no es una señal cósmica, pero en mi corazón siento que sí. Sólo lo siento.

3. Hablando de señales: si todo sale bien, Berlín me espera en un año. Digo lo de las señales porque de unos meses para acá, ha habido algunas coincidencias simpáticas que me han llevado a la decisión de ir (¿mi terapeuta insistirá que no es algo del cosmos? No lo sé). Una amiga acaba de ir, y me dijo “no dejaba de pensar en ti. Eres bien Berlín“. Otro amigo que me contó de su viaje por Europa, me dijo a ti te encantaría Berlín, es muy tú. Algo ruda, es hermosa, es una ciudad“. Luego Rammstein saca un nuevo disco después de diez años (que ya he dejado más que claro que me gusta), y justamente acaban de anunciar un segundo tour por Europa. Así, levantándome a las cuatro de la madrugada el 5 de julio, dando clicks a ciegas en palabras en alemán (que Google traductor fue mi mejor amigo en ese momento), dije “si consigo un boleto, eso significa que debo ir”. A las cinco de la madrugada, me llega un mail: Felicidades, verás a Rammstein en el Olympiastadion de Berlín.
Las cartas están echadas.
Y me da la emoción de
ir a Berlinear. Ver a una banda que nació ahí, turistear, conocer la vida nocturna. Con el corazón en mano, que todo salga como deba salir, y en un año nos veremos, Berlín.

4. Mañana es lunes. Y todo bien.