- Me gusta la sensación del agua cayendo sobre mi rostro en la regadera. Un nuevo día, un nuevo bautizo bajo el chorro de agua hirviendo mientras siento cómo todo se me va del cuerpo. Cómo se me va todo lo que fui.
- Me gusta cuando las mujeres usan reloj de pulso con la carátula del lado de la palma de la mano. El sencillo ademán de ver el reloj al girar la mano. Es algo perdido –incluso por mí, ahora con los relojes inteligentes– pero es un gesto que aprecio bastante las pocas veces que ya llego a verlo.
- Me gustan las descripciones que sin querer terminan siendo casi poéticas. Leí en una receta: “mezcle agua, sal y bicarbonato. En cuestión de medidas, hágalo de tal manera que el líquido al final tenga el sabor de una lágrima“.
- Me gusta compartir el primer café del día con una galleta. Sólo una, no más.
- Me gustan las caminatas largas. Recorrer en su plenitud las calles de Amores, Nicolás San Juan, Tonalá, todo Insurgentes. Mi cita perfecta es caminar.
- Me gusta ser presa, nunca cazadora. Varia vez me han hablado del giro que daría mi vida si esto cambiara, pero soy necia. Ja, nein. Jein.
- Me gusta soñar varias veces con un mismo lugar. Hace unos años tuve una racha de soñar con un centro comercial que tenía un tanque lleno de peces y una tienda de antigüedades. Ahora me da por soñar con una estación de trenes y calles oscuras llenas de humo.
- Me gustan expresiones como “a cuentagotas”.
- Me gusta la rotación que hacen mis gatas cuando me voy a dormir. Al acostarme, Sorata se queda en la cama, Coquito en el suelo y Juju detrás de la tele. Cuando despierto Coquito está en la cama, Sorata en la otra camita a un lado del tocador y Juju se va a un cajón de ropa limpia. Todo esto pasa mientras duermo abrazada a mi almohada.
- Me gusta vivir. Me gustan los detalles rutinarios que refuerzan esta idea.
Author: Queque
Recuerdos (edición: música)
- Cuando estaba en la primaria, un día los directores fueron a mi salón para un breve anuncio. Me encantaría recordar mi edad, el grado, pero esos detalles ya no están en mí, pero lo que sí está en mí es el recuerdo del anuncio de que llevarían a toda la escuela al Palacio de Bellas Artes para un concierto de música clásica para niños. Ya sabes: canciones bonitas, amables y divertidas para disfrutar cuando apenas estás descubriendo el mundo. Pedro y el Lobo, las Cuatro Estaciones de Vivaldi, partes de la Flauta Mágica. No es que las excursiones fueran algo raro en mi primaria, pero un concierto era algo especial porque se salía del perímetro de los museos o de los parques deportivos (y ante todo, del perímetro de Iztapalapa, lo cual siempre era emocionante).
Al día de hoy recuerdo lo impresionante que me pareció el Palacio de Bellas Artes (aunque, para ser justa, en realidad soy una persona a la que le impresiona todo. Hoy en día me sigue maravillando el esplendor arquitectónico de un lugar tan ciencia ficción como lo es la estación del Metro Chabacano, por ejemplop). Afortunadamente a mi grupo le tocó sentarse hasta delante y pude ver, ante mis ojos –como quien ve el amor en primera fila– ese hermoso escenario. Los instrumentos de cuerda, viento, percusiones. Todo era una maravilla iluminada (metafórica y literalmente). Sin embargo, la felicidad de este recuerdo no se quedó ahí: el director de la orquesta tomó el micrófono y nos dice a todos los niños inquietos: “busquen abajo de sus asientos. Si ven un papelito, significa que pueden venir al escenario a tocar una pieza con nosotros”.
¿Y quién crees, pues, que tenía un papelito abajo del asiento? Fucking me, you bet.
Me sentí como si hubiera ganado la lotería. Esto me está pasando a mí, pensé. Corrí al escenario con otros amiguillos, y cuando llegué al escenario, me dijo el director “hoy vas con las percusiones”. Una persona me dirigió a la sección y me dieron un triángulo. El poderosísimo triángulo.
Si mal no recuerdo, la orquesta empezó a tocar algunas partes de El Carnaval de los Animales de Camille Saint Säens; sólo Dios sabrá qué pieza nos pidieron a las percusiones tocar, pero sí recuerdo que toqué ese triángulo como si mi vida dependiera de ello. Ver el Palacio de Bellas Artes desde el otro lado; ver a mis amigos riendo, los maestros aplaudiendo. Yo, no frente, sino EN la música. Este es un recuerdo que he grabado, tatuado, cauterizado en mi corazón. - Otra cosa que involucra a Saint Säens: Cuando estudiaba violoncello (una de las etapas más felices de mi vida, ya lo he dicho) era total y absolutamente común que diéramos conciertos; yo creo que de ahí se me fue el pánico escénico y vino la adicción por la atención. Ve tú a saber.
Había veces en que me iba muy bien, otras en que me daban ganas de llorar, a veces por la frustración, a veces por desafinar, pero otras por la inaguantable adolescencia. Al día de hoy agradezco todos esos ejercicios, porque bien dice el adagio, un mar en calma nunca hizo a un marinero experto. En fin, que una ocasión me tocó interpretar El Cisne de Saint Säens, y yo creo que ese día en verdad mi alma estaba iluminada por Dios, porque es quizás lo mejor que he hecho frente a un público. Todas las notas perfectamente afinadas, vibratos elegantes, pausas, una sincronía tan mística con la pianista que parecíamos hermanas. Y, dicho sea de paso, esa vez tuve el tino de invitar a mi familia; mi mamá me llevó rosas, mi papá me abrazó y mi tía lloraba. A todos nos fue muy bien ese día, entonces el aire era muy optimista en el salón. Pero la felicidad de este recuerdo vive en que cuando salí de la escuela para emprender el regreso a casa con mi familia, mi tía me detuvo antes de llegar al coche y me dijo “jamás me había sentido tan conmovida en la vida, hasta que te vi el día de hoy”. Ahora que tengo 37 y que en mi vida me he topado con muchas personas que aman la desgracia ajena, regreso mucho a este recuerdo, para saber que no todo es maldad en esta tierra.
Es quizás lo mejor que alguien me ha dicho de mi mucha vida y poca obra. - El violoncello: otro amor que no he vuelto a ver.
- La música me da felicidad, sí. Pero de cierta manera también es una herida. Una de la que me es muy cómodo no hablar.
Breve reflexión. Edición: amor y brujería
Quiero amar. Así, nomás. Últimamente me da por pensar lo bien que se me daría amar a alguien en estos momentos de mi vida; esperar angustiosamente una señal, los desesperados mensajes con un qué haces, el rubor natural en las mejillas, caminar en la calle con las manos entrelazadas, armar una cofradía cuyo lenguaje no entienda nadie más.
No sé bien cómo ocurrió este pasar de ser la Elsa “¿para qué ? Sólo tengo tiempo para mí”, a ser la Elsa ávida de saber si este será el día en que por fin conozca a alguien que yo ame con mi corazón de diamante. Muy por dentro, y casi con vergüenza, pienso en las infinitas posibilidades y hay en mi interior un ruego profundo y lastimado al cielo, a cualquier dios que esté rondando por ahí, que mis caminos no me lleven –nueva y dolorosamente– ni con un hombre que sea un ingrato mediocre, ni con una mujer para la cual mis emociones únicamente sean, cito, “una experiencia interesante“. Vamos: amar bien. Y ser amada bien.
***
Hace unos días fui al mercado de Medellín para comprar las cosas de mi ofrenda. Ya estoy en una edad en la que tengo mucha gente que se fue, pero que nunca será olvidada. En mi bolsita de tela hay calaveritas de chocolate, panecitos de muerto, platitos, aserrín, papel picado, velas, incienso y su respectivo incensario adornado con estrellitas doradas. La cosa es –y no me da miedo admitirlo, aquí, en este espacio para mi corazón– que desde que era niña, si bien he tenido un amor muy fuerte y explosivo por los mercados, son los puestos de brujería los que siempre acaparan mi fascinación. Cuando vivía en Iztapalapa, el mercado Juan de la Barrera se distinguía por tener uno muy bonito: velas de todos colores, rosarios, collares con flores, ajos secos, ofertas para quitar amarres (¿y quizás también hacerlos?). Desde entonces, cada que visito un mercado, tengo la costumbre de darme la vuelta por estos locales y ver qué hay, qué hacen, qué está de moda en la brujería moderna.
Así, con 37 años recién cumplidos, deambulo en ese mercado de la colonia Roma entre puestos de dulces, adornos y flores, para “por coincidencia” llegar al siempre bien habido puesto de brujería de ese mercado. Descubro: el palo santo tiene una fuerte (y cara) popularidad; el copal se vende por la época. Aceites, rezos, cuarzos, hierbas. Eso sí, hago aquí una advertencia sobre mi persona antes de continuar: fuera de velas e inciensos, no compro otras cosas de esos puestos. Ni aceites, ni hechizos ni cosas que se pasen por el cuerpo. Ahí donde me ves, además de lista, soy prudente: no soy de jugar con fuerzas que luego no sé si tenga la sabiduría de tranquilizar (y espero contar con el perdón de la gente de ciencia que lea esto y me crea un poco disparatada. O no, honestamente no me importa).
En fin, que llego al puesto y decido comprar una vela que atraiga la abundancia. Le digo a la amable señora que atiende que quiero la de amor, pero (¿por qué no?) también dinero. Qué feliz me hace el dinero, verdaderamente. Y bueno, por supuesto que existe una vela ESPECÍFICAMENTE para esas dos cosas: amor y dinero, así dice el vasito de cristal. No es vela con aroma, pura parafina; préndela con una intención y ofrece el fuego al universo. Le pago a la señora y mientras espero mi cambio, llega una chica con, me atrevo a decir, un poco de temor. “¿Me puedes volver a enseñar la botellita?” le dice en un tono español amable y bonito. La señora le pasa una caja rosa, la chica la abre y la huele. “Sí, ya me decidí, mejor sí me la llevo”. Entonces me voltea a ver y me pregunta por todo lo que llevo para mi ofrenda; me cuenta que desde que vive en México también pone ofrendas, que se le hace una de las tradiciones más bonitas, cosa con la que por supuesto concuerdo. Y ya que la chica y yo cruzamos una fronterilla de confianza donde ya no había migración ni agente aduanal, combinado con mi espíritu confianzudo, me tomo la libertad de preguntarle qué se compró ahí, EN EL PUESTO DE BRUJERÍA NADA SUTIL del mercado de Medellín. Cierra la ojos, frunce la naricita y achica los labios: el gesto de vergüenza por excelencia. Me dice:
“Bueno, es un perfume para atraer el amor”.
Me rio con ella y antes de que me malentienda, le digo “ps mira, que yo me he comprado una vela para lo mismo“. Las tres (ya con la vendedora metidísima en la conversación), nos empezamos a carcajear. Aquí estamos, pues. Dos muchachas –por demás guapas, listas, encantadoras– recurriendo a lo mágico, para todo eso tan situacional en el mundo que no nos ha pasado. Le digo qué va, todo bien, un poco de ayuda no daña. Y entonces esta muchachita me dice:
“Sí, lo tengo todo. Trabajo, casa, amigas, familia. ¿Pero es un crimen pedir más?”
Joder, no lo es. Aseguro con rabia que no lo es. Nunca será un crimen querer amar, ni ser amada.
Crimen es que nadie quiera este amor.
Miércoles, 6:30PM
“Nunca logré decírtelo antes, pero ahora es necesario que lo sepas“.
– El ángel negro, Antonio Tabucchi.
Para sorpresa de nadie, quizás únicamente la mía, no recuerdo una vida aguantable sin ir a terapia. Llevo tanto, tanto tiempo con un espacio en el que hablo de mis sentimientos, traumas, peleas, ridiculeces, mal de amores y hasta aburrimientos, que ahora, que me han arrebatado ese momento inmaculado de la semana, no me queda otra cosa que pensar “Y bueno. ¿Ahora qué?”
Por primera vez en muchos (muchos, muchos) años ya no tomaré terapia. Por razones mi terapeuta y yo vamos a suspender las sesiones, hecho que me tomó por completa sorpresa. No voy a negar que había una parte dentro de mí (una pequeñita) que pensaba desde hace mucho que quizás lo mejor era pedir un descanso (especialmente cuando llegaba a mí la pregunta, unos minutos antes de cada sesión, “¿y qué te cuento hoy?”); pero mi extrañeza fue absoluta cuando ella, A., al final de la sesión pasada, dijo “tenemos que hablar”.
(Pero oye, siempre tenemos que hablar. ¿Qué pasa?)
Y lo más extraño de todo es que el ambiente de esos minutos finales se sintieron más como un adiós que como una pausa (¡¿tema de terapia?!). Y me dice: “¿quieres decir algo antes de colgar?”
Le doy las gracias, lloramos tantito, nada grave. Más emotivo que otra cosa. Y no sé, de repente me llegó una oleada al corazón, donde pensaba “no, espera. Ahora sí te quiero contar todo“.
¿Pero a quién engaño? Lo he contado todo. Lo he contado todo, con lujo de detalle, porque en esa terapia me dediqué a volcar el alma. Cada miércoles era de vaciarme, quedar sin nada, contar todo sin miedo y sin titubear, porque nunca he creído en la tibieza al enfrentar tus propios infiernos. Incluso los recuerdos “nuevos”, los que llegaban casi como un resplandor, cada cosa que parecía un “nuevo acontecimiento no relatado y útil al proceso psicológico“, todas esas bagatelas son raíces que salen de un solo rizoma. Cosillas que vienen del mismo Problema (así, con mayúscula), y no hay más. Tantos años, tantos recuerdos, incluso las que se sienten como emociones nuevas. Sé de dónde viene todo eso. Lo sé, maldita sea.
Pero no vengo aquí a contar eso. No vengo a narrar el origen de todo lo que habita en mí. Lo que vengo a preguntar es: ¿Y ahora qué hacer los miércoles a las 6:30pm? Cada miércoles de estos últimos años, todo era –religiosamente– darle y darle vueltas a la vida. Después de esa última sesión, de ese adiós, de repente me sentí arrojada en este mundo (diría Heidegger), sola. Sola, sola. Con herramientas que me juran y perjuran que tengo, pero no se siente así. No en este reciente arrojo. Enfrentar a la gente, enfrentar la maldad, enfrentar las heridas. Tratar de ser la que vea mis logros, sin la confirmación ajena, la deliciosa y antojadiza confirmación ajena. Este mundo, tan ruidoso, a veces tan molesto. Fui arrojada aquí, a este yermo.
Quitarme terapia no es otra cosa que arrebatarme el paliativo que hacía este mundo más aguantable. Y lo que queda ahora es que esa idea permanezca, inmutable.
Y pienso. Tomar esa hora de los miércoles y escribir. Era una hora que era para mí, ¿no? Una hora de vomitar, una hora de encontrarle un sentido al mundo. Ahora dedicar esa hora para usar esta caja con un cursor parpadeando. Tal vez no publicarlo todo, pero regresar al hábito de decir el día a día, de lo que he leído. El hábito de a veces dar una critiquilla, un pienso al aire. Una hora para hacer algo que me hace feliz.
Le debo mucho a terapia. Le debo mucho a mi terapeuta. Puedo decir, con toda la seguridad que me permite mi corazón, que me hizo la mujer que soy hoy. La que se independizó, la que es un poco más cínica (es algo bueno, créanme). La que sabe poner límites, la que sabe donde no es. La que corta de tajo cuando se debe. La que se sabe insufriblemente lista. La que se equivoca, pero siempre hay un nuevo día. Un nuevo maldito día.
Ya sé. Hace unos párrafos juraba que no tengo las herramientas. Luego presumo –orgullosita– la mujer que soy. Luego diré que todo me supera. Luego diré que todo bien. Y luego no tendré algo que decir. ¿No se trata de eso terapia?
A ver qué pasa.
¿Y ahora? No sé. ¿Qué te digo? Ahora estoy leyendo Ao No Flag. Esta viñeta (descontextualizada) resume un poco mi sentir:

A veces sé qué hacer. A veces no. Qué vasto, fascinante y terrorífico es este solitario mar.
(Gracias, A.).
Cosas que a mi gato Pirata ya no le tocó vivir conmigo

Mi gato murió hace un año.
Hace exactamente un año yo no era yo. No dejaba de llorar mientras abrazaba su cuerpecito y me negaba a dormir, porque despertar significaba que el mundo siguió sin él. Me puse a ver una serie, obligándome a ni siquiera cabecear, pero como lo dije en su momento: hay veces en que debes aceptar que no le puedes ganar a la muerte, y hoy agrego que tampoco le puedes ganar a la necesidad del descanso, no importa si la lucha es para mitigar el dolor. Hay batallas para las que nacimos ya perdiendo.
Pero está bien. Fue un gatito feliz, fui una mujer feliz con él. Con él conocí esa conexión mística que se puede tener con una mascota, y creo que pocas personas pueden presumir eso. Pero el mundo avanzó, y yo también seguí adelante, sin él. A regañadientes, sin él.
Estos días, algo que pienso mucho: todo eso que ya no le tocó vivir conmigo.
- A Pirata ya no le tocó verme jugar The Legend of Zelda: Tears of The Kingdom. WIRED US reseñó este juego así: “In 2017, Breath of the Wild was a gift from the future; in 2023, its sequel is the pinnacle of the present.” A Pirata ya no le tocó verme jugar esta obra maestra. No le tocaron mis gritos enojados, o mis muecas de “wow, qué lista soy” cada vez que hacía algo inteligente en el juego (o que al menos me salía con la mía). No le tocó verme llorar con algunas secuencias, ni buscar rupias hasta por debajo de las piedras, justo como en la vida real. Pero al menos tuvimos Breath of the wild juntos.
- A Pirata ya no le tocó avanzar en alemán conmigo. Todas las mañanas Sorata y Pirata entraban a mis clases virtuales de alemán. Sorata se sentaba en mis piernas, Pirata se quedaba en la camita que está atrás del escritorio. A veces se asomaban a la cámara, y el profesor nos pasaba lista. Ya iba en B2.1. Pocos gatitos pueden presumir eso. Sorata y yo ya vamos en el B2.5. Juju se duerme en otro cuarto, pero siento que ella es más de portugués.
- A Pirata ya no le tocó ver la segunda temporada de Jujutsu Kaisen. Como testigo primario de mi caída a esta obsesión llamada Jujutsu Kaisen, ya no le tocó ver la segunda temporada animada. Lo que sí presenció fue verme leer el manga. Vio cuando tiré el libro a un lado después de ver lo que le pasó a Nanami Kento. Le tocó verme fascinada al leer algo tan caótico, desordenado, atractivo e interesante. Nada igual a la literatura esterilizada (que también me encanta, pero ps).
- A Pirata ya no le tocó recibir a más personas a mi casa. Me gusta invitar gente a mi hogar. Recuerdo particularmente una plática con un ex, quien me insistía –necio, palurdo, gris– que para qué comprar un sofá grande, para qué un comedor grande, “si no quiero nadie aquí“. Está bien, gustos personales (desde ahí debí saber. O quizá siempre lo supe). Pero me gusta tener gente aquí. Ver tele en conjunto, que saquen y vean mis libros, que saluden a mis gatitas. A Pirata ya no le tocó saludar a nuevas amistades, nuevos turistas, gente de paso.
- A Pirata no le tocó verme en mi peor December-blues. Qué manera de extrañarlo. Que se subiera encima de mí mientras durmiera y no me dejara darme la vuelta. Que me ronroneara en los pies. Eran días en los que me hubiera gustado ver su carita redonda, naricita rosa, su orejita con un cachito cortado.
- Pirata ya no me guió una vez más a la cocina. A veces en las madrugadas voy por un vaso con agua. Cuando Pirata estaba en este mundo, se bajaba de la cama y se adelantaba para guiarme por el pasillo. Se volteaba a ver si sí iba, y se quedaba junto a la puerta de la cocina mientras me servía dicho vaso. De regreso me guiaba por el mismo pasillo y nos acostábamos para continuar el sueño.
Ahora me toca ir y regresar sola.
Mi Pirata. La vida siguió, pero no hay día en que no te extrañe. Estarías orgullosito a tu felino modo. No me derrumbé. Hoy, diría mi Cuarteto de Nos (que los escuchabas siempre conmigo), camino siguiendo a mi corazón.
Nos vemos en el Mictlán, cuando me ayudes a cruzarlo, justo como me ayudabas a cruzar el pasillo de mi casa.
Breves Reflexiones VIII
- Esa extraña sensación de regresar de vacaciones feliz, en un estado casi eufórico. Preguntarme una y otra vez, vuelta tras vuelta en la cabeza: ¿para qué? ¿para qué todo? ¿Para qué el secretísimo deseo de demostrarle algo a todos a través de redes sociales, el trabajo, el status social? Lo digo con mi lista de favs de Shein casi llena.
- Acabo de pasar unos cuantos días en El Paso, Texas y exactamente un día en Ciudad Juárez. Estar rodeada de contrastes tan marcados ha sido como estar en casa (siempre me ha gustado definirme como una mujer de contrastes, ya sabes: negro y rosa, dulce y salado, el diablo y Hello Kitty. Siempre conexión, nunca disyuntiva). Percibir la calma de El Paso y la bocina a todo volumen en una cocina de Ciudad Juárez; las tiendas con vidrios limpios en una y los puestos de dulces con papel picado en la otra. Los fantasmas en la calle de una, los gritos de la gente en la otra. Ambos escenarios, ambas ciudades complementándose, pero al mismo tiempo marcando violentamente sus límites en un aire de hostilidad latente. Entiendo profundamente lo que han hecho juntas y al mismo tiempo separadas por un puente que por un lado se cruza por seis pesos y por el otro te cuesta diez. Un puente con un alambrado puntiagudo. Un puente que levita sobre un río color lodo. Un puente que por un lado te preguntan a qué vienes, y por el otro te preguntan qué traes de allá.
- En otros asuntos: estos últimos meses he sentido que la vida quiere que sane heridas; las que me he hecho, las que he provocado, las que me han provocado a mí. Hay una Elsa sedienta por ver el mundo, no pelearse con él. Y aunque a veces falle, la brújula siempre me regresará al centro. Estoy bien. Todo en paz.
- También es que ya estoy grande. 36 años no acarician, me queda claro. El otro día le dije a alguien “ya me pueden decir las cosas bien, ya veré qué hago”. Ese ya veré qué hago (descubro, intuyo, deduzco) es nada más apechugar y luego dormirme. Ya no hay tiempo para sufrir. Ni ganas.
- (Obligarme a escribir como antes en mi juventud: qué hice en el día, qué comí, con quién me besé. Regresar a la comodidad de ventilar el corazón).
- Regresar a escribir.
Breves Reflexiones VII
- Hay días brillantes, hay otros grises. Últimamente es tratar de encontrarle sentido a cosas que, en otras ocasiones, se sienten inofensivas, y por ende son más llevaderas. Pero hay otros días, como estos días, en donde todo se torna un eterno para qué. Para qué tanta gente, para qué tanta emoción desbordada, para qué tanta búsqueda. Las relaciones postizas, la obligada búsqueda del amor, buscar un trabajo que resuelva todos esos traumas que nos dejaron nuestros padres, que nos digan lo grandiosos que somos. Los posts en Instagram que insisten –una y otra y otra vez, de maneras cada vez más cursis– que todo tiene sentido y que hay un faro en esta oscuridad. Darte cuenta que el dinero sí da felicidad, o al menos da tranquilidad, lo lógico en un sistema capitalista. Amar la soledad, padecer la soledad. Hay días grises, como hoy.
- Hace muchos (muchos) años, leí en uno de los diarios de E. Cioran: ¿qué se puede esperar de un mundo, al que llegas llorando? He buscado la cita en los libros que están en mi repisa, pero sigo sin encontrarla. Sé que lo escribió él. Tengo el recuerdo del libro en mis manos, recuerdo reírme. ¿Quién más escribiría algo así de cínico? No hay manera humana en que se me haya ocurrido a mí.
- Me obligo a escribir. Hace poco afirmé que regreso a la escritura en momentos de pesadumbre, de tristeza, pero hoy regreso en un momento de indiferencia. Como cuando algo ocurre pero no entiendes bien qué es. Hay una pereza en descifrarlo, pero hay un intento. Por no dejar.
- Hay silencios que dolieron este año. The leftovers: “Do you ever miss it? The quiet?”
- La calma que sólo un cigarro me sabe dar. Me sigue dando risa la insistencia de la gente en satanizarlo, en dejar clara su molestia, su odio. El humo del cigarro me molesta menos que la insistencia de la gente en ser así. ¿Así cómo? Así de molesta. Son lo que despotrican.
- Mi dato favorito hasta el momento: hay un hoyo negro en el universo, llamado TON 618. Está a 18,000 millones de años luz de distancia y tiene una masa de 66 mil millones de veces la masa del sol. Bueno, honestamente estos números son un absurdo: dudo que realmente nuestro cerebro, aún siendo el milagro que es, pueda en verdad asimilar lo que son estas cifras. Es algo que nuestros ojos no podrían captar, es algo tan extenso, tan infinito, que resulta impresionante, imposible, incomprensible, extraordinario. Y aquí estamos, en este mundito todo chiquitito, y en la misma línea existe esta entidad llamada TON 618, tan magnífica que debería ser nuestro Dios. Pero a pesar de ser conscientes de esta maravilla, una de las tantas que existen en este universo, en este espacio tiempo en el que estamos, insistimos en vivir con conceptos como trabajo, impuestos, guerra, status. Hay gente tóxica (otro término de Instagram). Ya no hay buen periodismo. En verdad que fallamos como sociedad.
- Pero también hay arte, hay galletas de matcha con chispas de chocolate. Hay besos con saliva, hay susurros al oído. Hay buena cerveza, hay vino caliente. Hay historias bonitas (incluso trágicas y al mismo tiempo bellísimas); hay mujeres hermosas, hay hombres guapos. Hay calles con árboles llenos de flores, hay buen café. Hay gatos.
- I hear you’re feeling down / Well I can ease your pain / Get you on your feet again / Relax I’ll need some information first / Just the basic facts / Can you show me where it hurts?
Los Angeles, I’m yours
- Bastó dar un paso en Los Ángeles para sentir cuánto habíamos cambiado las dos.
- La última vez que viajé a esta ciudad fue en el 2018, y yo dominaba muchas zonas de una manera casi perfecta; ya sabiendo qué camiones tomar, dónde cómer, qué cosas hacer (que, por cierto, incluso con toda esa maestría, una vez me quedé en Skid Row. Se me hizo fácil. Una anécdota más que puedo contar. No lo hagan). Ahora en 2023 –luego de una pandemia, el corazón roto y reparado varias veces, un nuevo trabajo, una nueva Elsa– me recibe una hostilidad inmediata. Se sintió como cuando tu pareja se comporta raro, le preguntas si todo está bien, a lo cual te responde “sí, claro“, pero luego empieza a actuar de una manera pasivo-agresiva. Atractivamente pasivo-agresiva. Y Los Ángeles fue esa novia. Me di cuenta de que ya no existen los shuttles (un servicio de transporte rápido y económico); ahora cuando llegas debes tomar un camión que te lleva a un paradero y ahí pedir tu uber; había un olor a marihuana densísimo y un tráfico pesado. Yo sólo pregunté si todo estaba bien, y Los Ángeles me dijo “sí, claro”.
- La hostilidad poco a poco se disipó para transformarse en la ciudad que tantas veces me recibió con los brazos abiertos cuando era periodista. Este viaje me emocionaba especialmente por el detalle de que ya no dependía de una distribuidora o una marca para mi itinerario; ahora fue una Elsa adulta, con la voluntad de vivir cualquier cosa que la ciudad tuviera. Fuera de 4 conciertos de Run The Jewels, tenía lo mejor que le puedes pedir a la vida: tiempo libre.
- Camino al hotel, y con mi cumpleaños tan cerca, me daba esta sensación de ser una mujer adulta. Ahora vivo sola, tengo dos gatitas. Pago servicios, impuestos, papeles en orden. Tengo trabajo, puedo pensar de una manera más centrada. Lo que me duele, lo sano. Lo que me hace feliz, lo cuido. El deseo de amar. Toda la hora de trayecto entre el aeropuerto y Hollywoood, parafraseando a Cocteau Twins, I felt perpetual. Recorrer la ciudad sola, comprar, cenar con mi amiga Nathaly, ir a The Broad, ir a The Grove. Me gusta sentirme así.
- Me hospedé en el Loews Hotel de Hollywood. La última vez que me quedé ahí tuve una serie de tragos amargos, molestos y sin sentido, gracias a un ex (¿por qué más?) en donde el problema principal es que yo sabía que esa relación ya se iba a terminar. Esa vez, en la noche, dejé el celular en la cama y –en aras de no leer más mensajes vacíos y de desdén– me fui a la alberca, donde me quedé flotando un buen rato mientras veía minuciosamente las luces de un muro que tenía detalles egipcios (?). Años después el Loews es más minimalista; ha dejado los detalles kitsch y ahora ese mismo muro es totalmente blanco con algunos relieves que le dan textura. Por mi parte, intento ya no tener en mi vida a personas como ese ex, y me puse unas barreras en el corazón que me dan textura. A primera hora del día, y con el celular conmigo (incluso esperando –emocionada– un mensaje), me meto a la alberca y floto. El calor en mi cuerpo, nadar de un extremo a otro, ver el sol pasar de un punto a otro de la rosa de los vientos. Volví a flotar en esa alberca ya como alguien nuevo: un bautizo los angelino.
- Podría jurar que me hospedaron en el mismo cuarto/piso que aquella amarga vez. O al menos tenía la misma vista al letrero de Hollywood. No creo en las coincidencias. Hay algo aquí.
- El punto del viaje, además de descansar, fue asistir a 4 conciertos de Run The Jewels, un concierto por disco. Poco a poco RTJ se convirtió en una de mis bandas favoritas, porque combinan mis cosas favoritas: hip hop, distopías, ciencia ficción, letras poderosas de temas serios, pero también darse el lujo de letras más ligeras a manera de descansitos. Cada disco tiene una gran narrativa, con sus aires y sus golpes. Historia curiosa: los descubrí por andar pensando en un título para un artículo en la revista donde trabajaba, sobre The Crown. Busqué frases, letras de canciones. Y al poner en Google “jewels lyrics” apareció entre las búsquedas no-tan-populares “Legend has it by Run The Jewels”. Leí la letra y, aunque no hubiera algo que tuviera que ver con la Reina Isabel, cuando escuché la canción en Spotify quedé fascinada. Bedazzled (una de mis palabras favoritas en inglés). Desde entonces los escucho con devoción. Algún día, un tatuaje que me soñé en el brazo: Step into the spotlight.
(Por cierto, el artículo sí se llamo “Run The Jewels!!”). - Cada noche a las 7:15PM me iba del Loews al Hollywood Palladium caminando, y me regresaba de la misma manera. Era sorprendente cómo cada día eran escenarios distintos, pero todos muy ad hoc a Los Ángeles: miércoles de un Hollywood Boulevard vacío, cierto aire denso que se podía cortar con un cuchillo (o te podían cortar a ti). Un momento de risa (pero no tanto): toparme con un hombre disfrazado de Michael Myers –cerca de Viernes 13– y pasar a su lado porque ya era tarde para cruzarse la calle (no pasó nada, ¿qué habrá ocurrido en otro universo?). Un jueves con más gente, más letreros neón, un fuerte olor a marihuana y gente gritando. Viernes con más borrachos, los clubs abiertos, conversaciones en voz alta; este día ya era una secuencia de Grand Theft Auto. Para el sábado, las calles ya eran un desfile extravaganza: vestidos ligeros, gente ebria, clubs a reventar. Los Ángeles siempre me ha parecido una ciudad mágica, pero algo así como una magia negra con la que te puedes llevar bien.
- Algunos apodos que me gané:
– Elsa Ponc (en el hotel tenían perdido un paquete mío. Por alguna razón me buscaron por Ponc –ni siquiera por mi otro apellido– pero se me hizo chistoso. Ponc es todavía más punk).
– Onitsuka Girl (mis tenis Onitsuka Tiger han sido objeto de admiración; ha pasado varia vez en la calle que me detienen para darme el dato de que son los que usaba Freddie Mercury. Un chico que limpia zapatos afuera del hotel me dijo “Onitsuka girl! ¡Te los limpio gratis!” pero yo, más listilla ante estos truquillos, le apliqué la mexa de “a la vuelta”. “See you, then!” me dijo. But we never saw each other again.
– Miss LP (por mis apellidos, al dar mi correo. También pensé que suena cool). - Otro detalle: muchísima gente fue amable conmigo. Estos actos de amabilidad se materializaron en forma de cafés gratis, un upgrade de cortesía en el hotel, una cerveza gratis (gracias amiguito en el Hollywood Palladium), ofertas en CVS e incluso varios piropos a mi bolso y los pines de mi chamarra. Todo esto, para decir que quizás Los Angeles me recibió de una manera hostil, pero luego recordó que me quiere mucho, y me volvió a tratar bien. Y estamos en paz. Somos diferentes que cuando nos conocimos, pero mejores.
- El sábado fue el día de descanso perfecto. Café, panqué de plátano, voice notes eternos. Sobreanalizar, ver libros en Barnes & Noble. Un eclipse en la mañana, un anillo de fuego. Flashbacks recientes, también de hace una década. Una cena deliciosa, el último concierto; saber que sería el último trayecto del Hollywood Palladium al hotel.
- Resignificar.
- El domingo, luego de nadar un poco a primera hora del día, llegó el momento de la despedida. Con una maleta llena de compras, pido un uber y una chica llamada María pasa por mí. Vamos conversando todo el trayecto: sobre su hija que es novia de un rapero medio famoso; de cómo vivió la pandemia. Tiene 50 años y le apasiona patinar. Su religión, la ausencia de la mía. Llegamos a LAX, baja mi maleta y me dice “¡ojalá te veamos de nuevo por acá!”. Ojalá, María. Ojalá. Ya no quiero que Los Ángeles se enoje conmigo.
- Me voy feliz. Me voy en paz.
- Bastó dar un paso en la Ciudad de México para sentirme inmediatamente en casa. Tráfico en domingo por la noche; alarmas, gritos, gente peleando, mi uber recogiéndome hasta el tercer carril. Meto mi maleta en la cajuela a la velocidad de la luz. El coche avanza y todo me da risa. Me gusta el caos. Me hace sentir viva.
Juju
- Tengo una nueva gatita. La manera en que llegó, fue como todos los gatos llegan: cuando es debido. Bastó un mail donde contaban su breve historia… muy emocionante, por cierto: gatita panteonera, cuidadora de tumbas. Un hombre se metió a atacar gatos al panteón y a ella le tocó un golpe que le dejó la patita muy lastimada. La rescataron, la cuidaron y su carrera como shinigami terminó, para ahora ser una gatita de casa: croqueta fancy, platitos de porcelana, todo en compañía de una gatita calicó y una humana que vive confundida todo el tiempo.
- Después de Pirata, me atormentaba un sentimiento de culpa intenso, especialmente producido por lo que pensaría el mundo de mí, al volver a tener una nueva mascota. ¿Me estaba moviendo muy rápido? ¿Y mi duelo? ¿Estoy pasando la página? Ya sabes, todas esas preguntas que nacen cuando piensas que hay miles de ojos viéndote. El eterno Leviatán.
- (Lo cierto es que quizás a nadie le importa, porque todos tienen sus propios problemas y sus propios ojos viéndoles).
- Por supuesto que fue tema de terapia. Hay todavía una parte de mí (que se origina en el miedo, quizás) que a veces se pregunta si este tema, el de adoptar una gatita, son dignos de hablar en una sesión; y este es el mismo tren de pensamiento cuando decimos “hay problemas más importantes en el mundo, como para pensar en x o y“. Pero los caminos del duelo son tan extensos como cualquier carretera en el mundo.
- Desde que tuve mi primera sesión, la palabra duelo ha sido una constante que ha tenido un abanico de posibilidades infinito: el duelo de dejar la casa de mis padres, de mudarme, de cambiar de trabajo, de cortar con una pareja, de decir adiós (incluso si era necesario). El duelo por perder una amistad, el duelo de la muerte de alguien, de alguna mascota. Lo entiendo, lo entiendo todo; pero es como si durante toda mi vida me hubieran dicho “es una pena, pero hay cosas más importantes“. Las hay, sí. Pero yo también importo en esta vida. Y mis cosas pesan. ¿Y qué es el pasar de los días, sino un constante pesar? Constantes duelos que se deben sobrellevar.
- En fin, que en conversaciones con mi terapeuta, no dejaba de darle vueltas a esta idea: ¿estoy sustituyendo a mi otro gato? ¿Estoy pasando a lo siguiente muy rápido? Únicamente me bastó ver una foto de la nueva gatita para saber que era para mí. Así también fue con Pirata, así fue con Sorata. Pero ahora era diferente. ¿Por qué esta angustia? Mi terapeuta me hizo la anotación de que mi manera de pensar era algo totalmente natural en el proceso de duelo. Me dijo “de hecho, te sorprendería que esto que me dices, lo piensan muchas madres cuando van a tener un bebé, después de haber perdido uno“. No me atrevo a cuestionarla ya que ella es la experta, pero le dije “bueno, no es para tanto en verdad”. Y ella regresa: “así es el duelo. Es el dolor y cómo lo manejas. No es poner lo que adoleces en una balanza, y pasar por estos procesos no es un concurso para ver quién la tiene más difícil. Cada dolor importa igual para quien lo siente“.
- Sustituir el amor. En este duelo aprendí lo horrible que es pensar esto. ¿Se sustituye la hermosa experiencia de haber amado a un gato, por adoptar otro? ¿Se hace menos el perder a una persona, por volver a hacer cosas que te hacen feliz? ¿Te eliminan de una memoria, cuando tu pareja tiene a alguien nuevo en su vida? A estas alturas, pensar que sustituimos a cosas o personas es algo tan utilitario, tan materialista, que no puedo evitar pensar que es parte de un pensamiento capitalista, sumamente salvaje. Pensar que somos desechables, sustituibles, valuados de maneras crueles.
- La nueva gatita se llama Juju. Y en este intento por descifrar tantas emociones, puedo decir que este amor por ella es diferente. Pero voy a aumentar la complejidad de todo este asunto, al decir que es un amor diferente al que sentía por Pirata y también es diferente al que siento por Sorata. Y me voy a ir más alto: he amado a todas mis parejas, de maneras diferentes. Amo a mi familia, cada uno de una manera distinta (amar a una madre, un padre, un hermano, una tía). Amo a cada amistad de maneras distintas. El amor no es lineal, no es igual. La idea de que tenemos millones de maneras de amar, de demostrarlo, me hace pensar lo poderoso que puede ser el corazón humano. Es de esas cosas para las que quizá no tengo las palabras perfectas para explicarlo (también es una idea a la que acabo de llegar), pero que extrañamente me da consuelo.
- Esta es una de esas luchas que quiero ganarle al capitalismo: el amor no se sustituye, no se desecha, no tiene cifra.
- A Pirata le hubiera caído bien la nueva gatita.
- No te cambio, no te sustituyo. Solo es una nueva forma de amar.
- Juju, Sorata, Elsa. Las tres muchacha de la casa.

Los lugares que somos
- Tengo la costumbre de subrayar los libros que leo, siempre y cuando sean míos. No es algo que juzgaré de bueno ni malo, porque son mis libros y puedo hacer con ellos lo que quiera (aunque, si soy honesta, fuera de esas líneas y uno que otro garabato, suelo cuidarlos muy bien). En fin, que hace muchos (muchos) años, una persona y yo intercambiábamos libros y luego comentábamos nuestras impresiones. Era un ir-y-venir de ideas que, confieso, extraño un poco (pero definitivamente no extraño a esa persona; pasan los años y es una idea que entiendo bien). Pues nada, que un día –entre cigarros y cervezas– me dice: “me he dado cuenta de que todo lo que subrayas en los libros está lleno de angustia“. Me dice que cada párrafo se distingue por ser muy intenso. Y otro día, más adelante, me dijo entre risas “déjate tantito en paz“.
- Hace poco terminé Trainspotting. Como comenté en mi post anterior, por la película y el suceso de mi gato Pirata, no sé por qué no dejaba de pensar en que el libro tendría algunas respuestas a preguntas que ni siquiera sabía que tenía, y la verdad no estaba tan errada. Pero además de una tristeza bastante particular, revisé todo lo que subrayé, y qué coraje, es cierto: cuánta angustia en todo lo que me gusta.
- Pero está bien, la vida no es para los tibios.
- Y de ahí me da por pensar que, efectivamente, somos todo lo que hacemos, lo que pensamos y tocamos. Lo que interpretamos, lo que vemos que los demás no. Mis libros, con líneas que remarcan párrafos angustiosos, eso también soy. Soy las fotos que tomo, los screenshots con líneas de películas y series que me gustan. Pantallazos de videojuegos, líneas de canciones. Soy las personas que he amado, soy lo que me quedo cuando ya no nos volvemos a ver.
- También soy los adioses que he dicho, pero también los holas que diré.