Algo de hecho muy divertido, que súper volvería a hacer I

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Acapulco. Tengo recuerdos muy bonitos de Acapulco. Mi mamá nació en Guerrero, por lo que en mi infancia la costumbre familiar por antonomasia era regresar cada año a sumergirnos en sus playas y caminar por sus calles; las calles de un Acapulco viejo, quizás no tan peligroso… aunque es difícil saberlo, porque quizá toda la violencia ocurría por debajo del agua, justamente rozando nuestros cuerpos flotando en las playas. Basta leer el artículo de los Acapulco Kids o las tasas de violencia para que se me rompa el corazón en mil pedazos, especialmente por el tremendo choque con los recuerdos bonitos que tengo de ahí. Coleccionar caracolitos que encontraba perdidos en la arena; que mi mamá me comprara tamarindos, que mi papá se creyera catador de Yolis y curiosamente recuerdo un llavero de una tortuga amarilla con conchitas atrapadas en resina, que decía “Acapulco” en cursivas con diamantina y arena. Es un llavero que me duró muchos años y que después se perdió, justo como muchas cosas en mi vida. Eran tiempos felices, quizás porque como pasaba con la violencia escondida del país, no era consciente de los problemas más individuales que pasaban a mi alrededor. Menos rabia y más ingenuidad parece ser la fórmula para pasar desapercibido por la agonía del mundo.

Eso sí, Acapulco siempre ha lucido viejo. Siempre he pensado que es una Polaroid; tiene un tono azul celeste, como si alguien le hubiera dejado la lente de una cámara lomográfica en el cielo, y desde entonces todo se ve azul; un azul nostálgico que se queda en una parte de la corteza cerebral que resulta difícil olvidar. En contraste, ahora todo en la esencia de Acapulco es diferente. Ya hay una zona diamante, ya nadie va a lo que ahora se conoce como “El Viejo Acapulco”. Ahora todos sabemos que hay zonas peligrosas que ya no son de fiar y que hasta ir al Oxxo de noche puede ser una experiencia extraña; quizás no fatal, pero sí extraña, y eso es algo que nunca sentirías en un lugar al que alguna vez llamaste hogar.

La cosa, pues, es que el viaje que acabo de hacer a Acapulco fue diferente. Todos mis viajes a este lugar siempre habían involucrado a la familia, es decir, un ambiente tranquilo, pasmado, incluso aburrido. Temer un poco al mar, para no morirte enfrente de tu madre; no beber tanto, porque ya te conoces. Regresar temprano a donde sea que te hospedes. Una rutina languideciente que cumple el cometido si tu meta es descansar, pero no si deseas derretirte entre los dulces dedos de ese concepto llamado destrucción.

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El Festival Trópico se ha llevado a cabo desde hace 10 años, y de cierta manera me alegra que se haga un evento así, porque podrían compensar todo el turismo que poco a poco se ha desvanecido de ahí. Y lo especial de esta edición es que lo promovieron como “el último Trópico de la década” y es lindo porque este fenómeno del “final de década” me emociona bastante; siento que el siguiente año será muy bueno, con tanta música, tanto viaje y tanta buena gente. Algo hermoso que me han dejado los 30 años es juntarme con gente que nutra mi espíritu; y que se agudice tanto esta linda sensación con los que me rodean –JUSTO en diciembre del 2019– sólo puede ser un buen augurio. Sólo eso y nada más.

Pero regresando al tema: Trópico es un festival al que la verdad nunca le puse atención, quizás por mi necedad de sólo ir a festivales que se lleven a cabo en una ciudad, y evitar a toda costa cualquier cosa que involucre un esfuerzo sobrehumano por salir de la CDMX (¿quizás el trauma del Festival Colmena?). Por otro lado, de haberle puesto atención, mi mente hubiera respondido un rotundo “no” si alguien me hubiera propuesto ir hace años, no por otra cosa que ese constante problema del que ya he hablado algunas veces, que es el de mi cuerpo. Acapulco nunca me conoció bonita. Deja tú bonita, nunca me conoció queriéndome a mí misma y siempre me conoció con trajes de baño horrendos. Con toda la vergüenza y con nada de autoestima. Conoció a una Elsa solitaria, frágil, muy dejada por la vida y que nunca supo cómo flotar con paz en sus aguas. Así había sido todos estos años, pero yo estaba tranquila con ese escenario, porque sólo iba con mi familia: esa gente que ya conoce lo mejor y lo peor de mí. Especialmente lo peor.

La cosa es que gracias a Gil (un excelente ser humano), se abrió la oportunidad de ir al Festival acompañada de Luis (otro excelente ser humano, amigo del alma y de destrucción), una oportunidad espectacular que involucraba pagar poco, hospedarse bien y pasarla increíble. ¿Y qué más le pides a la vida, sino esas tres cosas? Lo que me sorprendió de este momento en mi vida –uno donde las cosas ya son muy diferentes– es que lo que me detenía a decir “sí” inmediatamente, era un asunto laboral que al final se resolvió en diez minutos. Luego ya aceptamos, y fue así como ocurrió ese hermoso fenómeno de “dar el Acapulcazo”: aceptar un plan y ya. En la tarde, noté que ni me percaté del problema con mi cuerpo: no habitaba en mí el miedo de convivir  con personas que me verían en traje de baño. No pensé en la gente que me vería tan ligera. Fue una sensación extraña, que luego se convirtió en estrés. Pero como bien sabemos los de 30: no hay bendición más grande que una angustia te llegue exactamente el día en que ves a tu terapeuta.

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He ido a terapia cerca de 4 años. Empecé a ir por un problema, me quedé porque salieron diez mil más. Ese día le platiqué a A. toda la historia de cómo conseguimos el viaje, y luego le dije que me preocupaba mi cuerpo. “A ver, cuéntame de eso, que casi nunca lo dices aquí”. Esta frase me sorprende mucho, especialmente porque ese ha sido un issue permanente, pero al parecer es de lo que más evado (obvio, ¿no?). Y es aquí cuando empiezo la frustrante explicación: la batalla con el espejo, la ropa, la contención, la feminidad, mi masculinidad. Mi vicio inherente. A. a veces se ríe de cómo digo las cosas, pero me gusta que eso no le quita la seriedad a sus respuestas: “Oye, ¿y si sólo te la pasas bien? Todos andarán en traje, todos andarán un poco inseguros, pero ahora te sientes mejor. Ya eres una nueva tú”.

Desde hace un año, he bajado 20 kilos. Pero si algo he aprendido en este trayecto, es que son las inseguridades las que no se diluyen tomando dos litros diario de agua ni se queman corriendo cinco kilómetros al día.

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El primer día en Acapulco es, básicamente, para llegar, instalarte y transformarte de animal citadino a animal playero. Ese día Luis y yo decidimos caminar un ratito por la playa (aprovechando, insaciables, la golden hour para tomarnos fotos como los modelos que somos), para después descansar un ratito.

Si hay algo que amo en la dinámica de visitar una playa, es dejar que el mar me salude al meter los pies en el final de una ola. Es una sensación hermosa y hogareña, que me recuerda a cuando llego a mi departamento y mis gatos se frotan en mis piernas, marcando su territorio para que me quede bien claro que yo soy suya. Así el mar: marca su territorio sobre mí, para que sepa que por los siguientes días soy suya. Suya y de nadie más.

Por igual, como el par de jóvenes imparables que somos, decidimos ir a comprar algunas viandas para sobrevivir los siguientes días, y es cuando me llega el golpe de realidad de lo mucho que ha cambiado Acapulco; mientras que de niña iba con mi familia todos lados por las noches como si fueran las tres de la tarde, ahora hay una vibra extraña que te hace andar con cuidado extra por sus calles; ver detenidamente a la gente, incluso a los uniformados como policías. Preguntamos a un taxi cuánto cuesta ir al oxxo o al Walmart Diamante, y nos dice una cantidad absurda: 80 pesos. 80 pesos un trayecto de dos minutos. Es ridículo, pero pensando que al público extranjero le costaría unos risibles 4 dólares, esto para ellos es negocio. Business, mi hermano. Pero para quienes se supone que esto es una extensión de ese hogar llamado México, es inaudito. Decidimos caminar, sin dejar de rumiar la idea de que también hubieran sido 80 pesos de regreso, pero mejor ya ni preguntamos (¿para qué?).

Nuestras compras se lucen porque parecían de fraternidad universitaria. Cervezas, aguas tónicas (que juré no me acabaría, pero hasta me hicieron falta), palomitas, churritos, fruta, agua. Todo lo que cualquier par de chicos cool necesitan para una fiesta. Al regresar al hotel yo ya estaba más que lista para dormir, sin saber que pasaría una noche de sueño ligero y hasta cansado, digno de alguien que acaba de salir de un lugar tan monstruoso como lo puede ser la Ciudad de México. Y aquí un dato chistoso: las siguientes noches, yendo a dormir con mucho alcohol en mi cuerpo, fueron las mejores, con un sueño profundo, eterno, casi como si mi alma no quisiera regresar al mundo real. Así –supongo– punto a favor para el alcohol.

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DÍA UNO DE TRÓPICO

Cuando pensaba que el café en la oficina (con un chorrito de leche light caliente y un sobre de Stevia, que es como lo tomo religiosamente) era mi manera perfecta de comenzar el día, vino una cerveza Pacífico michelada bajo el sol cabreado para demostrarme lo equivocada que puedo llegar a estar en la vida. Eran los mejores días para relajarse, platicar con las nuevas-amistades-hechas en este camino. Sí, retozar en las playas de Acapulco es recibir cada día las mismas preguntas por parte de los vendedores ambulantes: “¿Quieres unas trenzas? ¿Quieres unos tamarindos?” Pero si debo ser honesta, es mil veces mejor esta dinámica que recibir mil veces las preguntas “¿Ya te llegó este mail?” “¿Ya acabaste esta nota?” en el trabajo. Hay maneras, para todo en esta vida hay maneras.

El primer día del Festival llegamos temprano (pero era lo que debíamos hacer, por razones que no mencionaré en este texto, pero igual no son tan entretenidas). Como en Acapulco mi mamá tiene un departamento, todo el asunto de la hotelería me resulta un poco ajeno, pero me encanta ver que hay Hoteles preciosos con unas vistas espectaculares y que no le piden nada a los hoteles en el extranjero. El nuestro (el Princess Imperial) era comodísimo; hay un shuttle 24 horas que te lleva al Pierre (donde es el Festival) y así no tienes que dormir con los beats de la música dándote en los tímpanos. Es un hotel tranquilo, que cuenta con un personal amable, camas cómodas, vistas lindas y sus respectivos animalitos (vimos un Pavo Real, un flamingo diabólico y dos cisnes, uno blanco y uno negro, ambos hermosos, como recordándonos que siempre hay un cielo y un infierno y que ambos pueden ser igual de sublimes). Por otro lado, el Hotel Pierre (el del Festival) se caracteriza por varias albercas puestas de manera entusiasta por todos lados, cosa que podría ser un poco peligrosa para el ojo ya bien servido por el Vodka, pero mira, todos estamos vivos para cuando escribo esto, así que a quién le importa. Los escenarios para el Festival Trópico están estratégicamente colocados para que ninguno le estorbe al otro, y que cada uno cumpla su cometido: el principal para los actos grandes, el escenario de la playa para quien desee desatarse, el escenario central para lo electrónico y DJ’s regados por todos lados. Básicamente, el tipo de fiesta al que quieres ir.

De las primeras cosas que noté en el Festival Trópico, que súper no ocurre con ninguno de los que he asistido en la Ciudad de México, es que viene acompañado de una muy buena vibra. No me malentiendan, pero qué horrible suele ser la gente en los Festivales de la CDMX. O sí, malentiéndame, pero tampoco es como que esté contando una mentira: el año pasado durante el Corona Capital, la gente no dejaba de platicar mientras las bandas tocaban, hubo desastres infinitos con el tema de las pulseras para pagar y también hubo muchos conatos de pelea, incluyendo uno donde una chica estaba a dos de golpearme, pero la verdad es que a los 30 ya crees mejor solución recibir los golpes que darlos, porque todo para qué. Bendita la vida la chica simplemente se alejó con sus amigas, pero el mal sabor me quedaría todavía un año después, donde juré que nunca volvería ir a dicho festival, rompiendo mi promesa un día antes cuando se me dijo que me regalaban un abono, y fui (pero ahora con mejor compañía, y donde me la pasé excelente, ¿será ese el secreto?).
La cosa es que en Trópico hay una vibra distinta. Como que todo el mundo sabe que va a pasarla bien, y nadie busca lucirse. La diamantina se usa para brillar más, pero no más que el otro. ¿Será la playa? ¿Que la cerveza pega de otro modo en un ambiente playero? Quizás todo sea tan fácil como el silogismo de Bad Bunny: Si hay sol, hay playa / Si hay playa, hay alcohol / Si hay alcohol, hay sexo / Si es contigo, mejol.

Al haber llegado más temprano, decidimos ir a comer y beber a la playa con las-nuevas-amistades-hechas y ya alcanzado cierto nivel de felicidad etílica, regresar al hotel para tomar the big guns. Hicimos el hermoso viaje al hotel, donde fue que saqué mi poderosa botella de Stolichnaya, y un par de Vodka Tonics monstruosos después, regresamos a Trópico más prendidos para la fiesta que nunca y para ver a Kindness, el proyecto de un músico llamado Adam Bainbridge, que es música relajada, beats tranquilos, todo perfecto para iniciar un festival de este estilo. Lo cierto es que afuera de esta burbuja musical, todo en el Hotel Pierre era un escenario más o menos digno del Jardín de las Delicias de Bosco: todo tipo de locuras ocurriendo por todos lados, todas equitativamente atractivas y surreales. Hombres en bermudas en las albercas, chanclas perdidas, miradas perdidas pero con dejos de vida.

En cierto momento de la noche Luis me llevó a Bon bon, una suite hecha antro (porque ¿por qué no?). Quienes me conocen, saben cuánto amo bailar. De ahí que sorprendan algunos datos de mi persona, como haber andado con un hombre por cuatro años que no fuma ni bebe ni baila, aunque al final del día eso era lo menos sorprendente de la relación, comparado a cuánto le aguanté (¿cuánto nos aguantamos?). En fin: el punto de esto es que a pesar de mi abierto amor por bailar, me resulta increíble cuánto me moví en Bon bon. Era como si simplemente fluyera con la vibra, fluyera con Acapulco, fluyera con Trópico. Y canción que salía, era como si fuera mi canción.

Ridículo, una locura.

Ya entrada la madrugada, hubo un momento en que el calor empezó a volverse insoportable. Lo cual significaba –quizás, tal vez, a lo mejor– quitarme mi blusa. Titubeé varias veces, especialmente por la idea de “DIOS SANTO, NO TE VAYAN A VER LOS BRAZOS”. Y traía mi traje de baño abajo, o sea que no hubiera sido nada extraño. Pero los brazos, la piel, eso que es tan fácil esconder en la gélida ciudad. Después de algunos minutos de reflexión, del sauna y de darme cuenta de que todos estaban del otro lado de la barda etílica, lo hago.

Y no pasó nada.

ES DECIR era de esperarse, ¿no? Pero fue un momento también en el que me di cuenta que si Sartre dijo que el infierno son los otros, pues también lo eres tú. Que el malviaje es de que quien lo trabaja y ya en estos tiempos tan turbulentos, lo mejor que puedes hacer es simplemente ser, y dejarte llevar. A lo tuyo y trabajar tu felicidad. Luis me tomó una fotos (de las que no me acuerdo; no puedo ser más aguda en el énfasis de mi nivel etílico) y me veo tan feliz. Y tan bien. Pero más que nada, muy feliz.

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Regresamos a las cuatro de la madrugada. Me dolían los pies de tanto bailar.

Y todo sereno.

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