Vista de los cielos

En un mundo tan difícil y a veces cruel… ¿se nos puede culpar de querer escuchar todos los consejos posibles… incluido el de los astros?

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Ilustración: Alejandro Herrerías

Tengo varios amigos que no sólo no creen en los astros (palabra que engloba, véase: zodiaco, horóscopo chino, las cartas, el café), sino que además están en una gran cruzada por despotricar contra quienes los siguen o al menos disfrutan sus domingos al leerlos.

Personalmente, una parte de mí se considera una mujer que cree en hechos, en la lógica y en el sentido común. Sin embargo, no puedo ocultar que a veces mi incertidumbre me mueve a creer en cosas que no puedo ver o tocar (y bueno, esa es la definición de fe, después de todo). Leo mi horóscopo con café en mano, al hablar del tema digo orgullosamente que soy Libra, ascendente escorpión (!); cuando fui a Japón medité en cada santuario que encontré a mi paso y, en momentos difíciles, encomiendo al Infinito me ayude a encontrar una respuesta. Y es que independientemente de nuestras creencias, cuando vemos las noticias, los hechos, las pocas salidas, ¿realmente se nos puede culpar de creer –o poner nuestra esperanza– en algo que está más allá de nosotros?

Extrañamente, algunas de las cosas más importantes que me han pasado recientemente, se desencadenaron después de haber ido a leerme el Tarot. No estoy diciendo que pasaron por eso –tengo bien claro que ha sido una coincidencia– pero lo curioso de este asunto es que, después de hablar de cada situación con colegas, amigos, mi familia y obviamente mi terapeuta (ya uno no puede llegar a los 30 sin al menos un psicólogo en la lista de contactos), ver a una mujer sin temor a decirte las cosas, mientras barajea unas cartas e “iluminada” (casi sin metáfora), es lo que más recuerdo como un consuelo previo a las crisis después vividas.

La primera vez que me leí el Tarot, me habló de un cambio de trabajo. El consejo: muévete. Cuando menos lo esperé, ya estaba renunciando a mi primer empleo, y al día siguiente ya estaba firmando un contrato para otro que, siete años después, me sigue dando satisfacciones. La segunda vez, no sé si la chica leyó algo en mí, pero hablamos de un problema que jamás le había contado a alguien. Impactada por esto, el consejo fue ser valiente y que los problemas de los demás, ahora que soy adulta, no son los míos. Y la tercera vez, se dejó entrever, como cuando abres una cortina y entra un poquito de sol, el rompimiento de una relación de cuatro años. Incrédula, salí del lugar, dueña de mi destino, pensando que no, para nada, las cosas estaban muy bien.

Y mientras caminaba, ya más bien pensaba que podían mejorar.

Media hora más tarde, ¿Podían mejorar?”.

Y un mes después, sumergida todavía en la negación, ocurrió todo.

Es raro. Cuando le digo a la gente lo genial que es leerse las cartas, lo primero que me preguntan es “¿y si me dice que me voy a morir?” Mira, no creo que nadie tenga la autoridad moral de decirte algo que de todos modos va a pasar (stop me if I’m wrong), pero la cosa es que, al buscar un consejo, no necesitas que sólo te digan el peor escenario. Para eso ya tenemos el sobreanálisis, que tan bien se nos da. Y tampoco significa que te convenzan que serás rica, con una casa hecha de mármol y tus ahorros, de la noche a la mañana, tendrán siete cifras. Buscar un consejo es el recordatorio de que hay giros en la vida, que es bueno abrir los horizontes y escuchar que hay muchos caminos y salidas. Sí, incluso si todo sale mal. Para eso hablamos con la gente que queremos, y por eso nos cansamos del silencio. Y lo que la del Tarot me dijo no era una premonición; sino algo que ya después de analizar mucho tiempo, yo llevaba negando por mera necedad. Y ella (¿en alguna carta? ¿en mi mirada? ¿en mi espalda encorvada?) vio, y me dijo –de la manera más sutil– que todo iba a estar bien. Y el consejo de esa vez: crece.
Dicho rompimiento lo viví de la manera más soportable que pude. Pero aprendí algo valioso, muy obvio ante los ojos de quien no lo está padeciendo: que todo pasa. En el trayecto, tras largas reflexiones y mañanas de abrir los ojos casi por obligación, el consuelo al que siempre regresaba, era esa frase: que todo iba a estar bien. Que confiara. Ese momento, quizás, fue el amortiguador para una etapa que, aunque crítica y cansada (y de flojera, ¿para qué les miento?) me ha movido a nuevos lugares.
Así, podemos ser mujeres de ciencia, hechos y axiomas, pero cada quien avanza y supera las cosas como lo desee, encomendándose a donde le dé paz. Y si además de todo lo que escuchas en la voz de tus seres queridos (y hasta en la tele y los libros), los astros y cosas intangibles también te quieren decir algo… ¿quiénes somos como para no escucharlos, y quizás obtener un buen consejo? Tan difícil que es encontrar uno hoy en día.

*Esta columna se publicó originalmente en la versión impresa de la revista Glamour México y Latinoamérica, en enero de 2018.

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