- Bastó dar un paso en Los Ángeles para sentir cuánto habíamos cambiado las dos.
- La última vez que viajé a esta ciudad fue en el 2018, y yo dominaba muchas zonas de una manera casi perfecta; ya sabiendo qué camiones tomar, dónde cómer, qué cosas hacer (que, por cierto, incluso con toda esa maestría, una vez me quedé en Skid Row. Se me hizo fácil. Una anécdota más que puedo contar. No lo hagan). Ahora en 2023 –luego de una pandemia, el corazón roto y reparado varias veces, un nuevo trabajo, una nueva Elsa– me recibe una hostilidad inmediata. Se sintió como cuando tu pareja se comporta raro, le preguntas si todo está bien, a lo cual te responde “sí, claro“, pero luego empieza a actuar de una manera pasivo-agresiva. Atractivamente pasivo-agresiva. Y Los Ángeles fue esa novia. Me di cuenta de que ya no existen los shuttles (un servicio de transporte rápido y económico); ahora cuando llegas debes tomar un camión que te lleva a un paradero y ahí pedir tu uber; había un olor a marihuana densísimo y un tráfico pesado. Yo sólo pregunté si todo estaba bien, y Los Ángeles me dijo “sí, claro”.
- La hostilidad poco a poco se disipó para transformarse en la ciudad que tantas veces me recibió con los brazos abiertos cuando era periodista. Este viaje me emocionaba especialmente por el detalle de que ya no dependía de una distribuidora o una marca para mi itinerario; ahora fue una Elsa adulta, con la voluntad de vivir cualquier cosa que la ciudad tuviera. Fuera de 4 conciertos de Run The Jewels, tenía lo mejor que le puedes pedir a la vida: tiempo libre.
- Camino al hotel, y con mi cumpleaños tan cerca, me daba esta sensación de ser una mujer adulta. Ahora vivo sola, tengo dos gatitas. Pago servicios, impuestos, papeles en orden. Tengo trabajo, puedo pensar de una manera más centrada. Lo que me duele, lo sano. Lo que me hace feliz, lo cuido. El deseo de amar. Toda la hora de trayecto entre el aeropuerto y Hollywoood, parafraseando a Cocteau Twins, I felt perpetual. Recorrer la ciudad sola, comprar, cenar con mi amiga Nathaly, ir a The Broad, ir a The Grove. Me gusta sentirme así.
- Me hospedé en el Loews Hotel de Hollywood. La última vez que me quedé ahí tuve una serie de tragos amargos, molestos y sin sentido, gracias a un ex (¿por qué más?) en donde el problema principal es que yo sabía que esa relación ya se iba a terminar. Esa vez, en la noche, dejé el celular en la cama y –en aras de no leer más mensajes vacíos y de desdén– me fui a la alberca, donde me quedé flotando un buen rato mientras veía minuciosamente las luces de un muro que tenía detalles egipcios (?). Años después el Loews es más minimalista; ha dejado los detalles kitsch y ahora ese mismo muro es totalmente blanco con algunos relieves que le dan textura. Por mi parte, intento ya no tener en mi vida a personas como ese ex, y me puse unas barreras en el corazón que me dan textura. A primera hora del día, y con el celular conmigo (incluso esperando –emocionada– un mensaje), me meto a la alberca y floto. El calor en mi cuerpo, nadar de un extremo a otro, ver el sol pasar de un punto a otro de la rosa de los vientos. Volví a flotar en esa alberca ya como alguien nuevo: un bautizo los angelino.
- Podría jurar que me hospedaron en el mismo cuarto/piso que aquella amarga vez. O al menos tenía la misma vista al letrero de Hollywood. No creo en las coincidencias. Hay algo aquí.
- El punto del viaje, además de descansar, fue asistir a 4 conciertos de Run The Jewels, un concierto por disco. Poco a poco RTJ se convirtió en una de mis bandas favoritas, porque combinan mis cosas favoritas: hip hop, distopías, ciencia ficción, letras poderosas de temas serios, pero también darse el lujo de letras más ligeras a manera de descansitos. Cada disco tiene una gran narrativa, con sus aires y sus golpes. Historia curiosa: los descubrí por andar pensando en un título para un artículo en la revista donde trabajaba, sobre The Crown. Busqué frases, letras de canciones. Y al poner en Google “jewels lyrics” apareció entre las búsquedas no-tan-populares “Legend has it by Run The Jewels”. Leí la letra y, aunque no hubiera algo que tuviera que ver con la Reina Isabel, cuando escuché la canción en Spotify quedé fascinada. Bedazzled (una de mis palabras favoritas en inglés). Desde entonces los escucho con devoción. Algún día, un tatuaje que me soñé en el brazo: Step into the spotlight.
(Por cierto, el artículo sí se llamo “Run The Jewels!!”). - Cada noche a las 7:15PM me iba del Loews al Hollywood Palladium caminando, y me regresaba de la misma manera. Era sorprendente cómo cada día eran escenarios distintos, pero todos muy ad hoc a Los Ángeles: miércoles de un Hollywood Boulevard vacío, cierto aire denso que se podía cortar con un cuchillo (o te podían cortar a ti). Un momento de risa (pero no tanto): toparme con un hombre disfrazado de Michael Myers –cerca de Viernes 13– y pasar a su lado porque ya era tarde para cruzarse la calle (no pasó nada, ¿qué habrá ocurrido en otro universo?). Un jueves con más gente, más letreros neón, un fuerte olor a marihuana y gente gritando. Viernes con más borrachos, los clubs abiertos, conversaciones en voz alta; este día ya era una secuencia de Grand Theft Auto. Para el sábado, las calles ya eran un desfile extravaganza: vestidos ligeros, gente ebria, clubs a reventar. Los Ángeles siempre me ha parecido una ciudad mágica, pero algo así como una magia negra con la que te puedes llevar bien.
- Algunos apodos que me gané:
– Elsa Ponc (en el hotel tenían perdido un paquete mío. Por alguna razón me buscaron por Ponc –ni siquiera por mi otro apellido– pero se me hizo chistoso. Ponc es todavía más punk).
– Onitsuka Girl (mis tenis Onitsuka Tiger han sido objeto de admiración; ha pasado varia vez en la calle que me detienen para darme el dato de que son los que usaba Freddie Mercury. Un chico que limpia zapatos afuera del hotel me dijo “Onitsuka girl! ¡Te los limpio gratis!” pero yo, más listilla ante estos truquillos, le apliqué la mexa de “a la vuelta”. “See you, then!” me dijo. But we never saw each other again.
– Miss LP (por mis apellidos, al dar mi correo. También pensé que suena cool). - Otro detalle: muchísima gente fue amable conmigo. Estos actos de amabilidad se materializaron en forma de cafés gratis, un upgrade de cortesía en el hotel, una cerveza gratis (gracias amiguito en el Hollywood Palladium), ofertas en CVS e incluso varios piropos a mi bolso y los pines de mi chamarra. Todo esto, para decir que quizás Los Angeles me recibió de una manera hostil, pero luego recordó que me quiere mucho, y me volvió a tratar bien. Y estamos en paz. Somos diferentes que cuando nos conocimos, pero mejores.
- El sábado fue el día de descanso perfecto. Café, panqué de plátano, voice notes eternos. Sobreanalizar, ver libros en Barnes & Noble. Un eclipse en la mañana, un anillo de fuego. Flashbacks recientes, también de hace una década. Una cena deliciosa, el último concierto; saber que sería el último trayecto del Hollywood Palladium al hotel.
- Resignificar.
- El domingo, luego de nadar un poco a primera hora del día, llegó el momento de la despedida. Con una maleta llena de compras, pido un uber y una chica llamada María pasa por mí. Vamos conversando todo el trayecto: sobre su hija que es novia de un rapero medio famoso; de cómo vivió la pandemia. Tiene 50 años y le apasiona patinar. Su religión, la ausencia de la mía. Llegamos a LAX, baja mi maleta y me dice “¡ojalá te veamos de nuevo por acá!”. Ojalá, María. Ojalá. Ya no quiero que Los Ángeles se enoje conmigo.
- Me voy feliz. Me voy en paz.
- Bastó dar un paso en la Ciudad de México para sentirme inmediatamente en casa. Tráfico en domingo por la noche; alarmas, gritos, gente peleando, mi uber recogiéndome hasta el tercer carril. Meto mi maleta en la cajuela a la velocidad de la luz. El coche avanza y todo me da risa. Me gusta el caos. Me hace sentir viva.