Quiero amar. Así, nomás. Últimamente me da por pensar lo bien que se me daría amar a alguien en estos momentos de mi vida; esperar angustiosamente una señal, los desesperados mensajes con un qué haces, el rubor natural en las mejillas, caminar en la calle con las manos entrelazadas, armar una cofradía cuyo lenguaje no entienda nadie más.
No sé bien cómo ocurrió este pasar de ser la Elsa “¿para qué ? Sólo tengo tiempo para mí”, a ser la Elsa ávida de saber si este será el día en que por fin conozca a alguien que yo ame con mi corazón de diamante. Muy por dentro, y casi con vergüenza, pienso en las infinitas posibilidades y hay en mi interior un ruego profundo y lastimado al cielo, a cualquier dios que esté rondando por ahí, que mis caminos no me lleven –nueva y dolorosamente– ni con un hombre que sea un ingrato mediocre, ni con una mujer para la cual mis emociones únicamente sean, cito, “una experiencia interesante“. Vamos: amar bien. Y ser amada bien.
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Hace unos días fui al mercado de Medellín para comprar las cosas de mi ofrenda. Ya estoy en una edad en la que tengo mucha gente que se fue, pero que nunca será olvidada. En mi bolsita de tela hay calaveritas de chocolate, panecitos de muerto, platitos, aserrín, papel picado, velas, incienso y su respectivo incensario adornado con estrellitas doradas. La cosa es –y no me da miedo admitirlo, aquí, en este espacio para mi corazón– que desde que era niña, si bien he tenido un amor muy fuerte y explosivo por los mercados, son los puestos de brujería los que siempre acaparan mi fascinación. Cuando vivía en Iztapalapa, el mercado Juan de la Barrera se distinguía por tener uno muy bonito: velas de todos colores, rosarios, collares con flores, ajos secos, ofertas para quitar amarres (¿y quizás también hacerlos?). Desde entonces, cada que visito un mercado, tengo la costumbre de darme la vuelta por estos locales y ver qué hay, qué hacen, qué está de moda en la brujería moderna.
Así, con 37 años recién cumplidos, deambulo en ese mercado de la colonia Roma entre puestos de dulces, adornos y flores, para “por coincidencia” llegar al siempre bien habido puesto de brujería de ese mercado. Descubro: el palo santo tiene una fuerte (y cara) popularidad; el copal se vende por la época. Aceites, rezos, cuarzos, hierbas. Eso sí, hago aquí una advertencia sobre mi persona antes de continuar: fuera de velas e inciensos, no compro otras cosas de esos puestos. Ni aceites, ni hechizos ni cosas que se pasen por el cuerpo. Ahí donde me ves, además de lista, soy prudente: no soy de jugar con fuerzas que luego no sé si tenga la sabiduría de tranquilizar (y espero contar con el perdón de la gente de ciencia que lea esto y me crea un poco disparatada. O no, honestamente no me importa).
En fin, que llego al puesto y decido comprar una vela que atraiga la abundancia. Le digo a la amable señora que atiende que quiero la de amor, pero (¿por qué no?) también dinero. Qué feliz me hace el dinero, verdaderamente. Y bueno, por supuesto que existe una vela ESPECÍFICAMENTE para esas dos cosas: amor y dinero, así dice el vasito de cristal. No es vela con aroma, pura parafina; préndela con una intención y ofrece el fuego al universo. Le pago a la señora y mientras espero mi cambio, llega una chica con, me atrevo a decir, un poco de temor. “¿Me puedes volver a enseñar la botellita?” le dice en un tono español amable y bonito. La señora le pasa una caja rosa, la chica la abre y la huele. “Sí, ya me decidí, mejor sí me la llevo”. Entonces me voltea a ver y me pregunta por todo lo que llevo para mi ofrenda; me cuenta que desde que vive en México también pone ofrendas, que se le hace una de las tradiciones más bonitas, cosa con la que por supuesto concuerdo. Y ya que la chica y yo cruzamos una fronterilla de confianza donde ya no había migración ni agente aduanal, combinado con mi espíritu confianzudo, me tomo la libertad de preguntarle qué se compró ahí, EN EL PUESTO DE BRUJERÍA NADA SUTIL del mercado de Medellín. Cierra la ojos, frunce la naricita y achica los labios: el gesto de vergüenza por excelencia. Me dice:
“Bueno, es un perfume para atraer el amor”.
Me rio con ella y antes de que me malentienda, le digo “ps mira, que yo me he comprado una vela para lo mismo“. Las tres (ya con la vendedora metidísima en la conversación), nos empezamos a carcajear. Aquí estamos, pues. Dos muchachas –por demás guapas, listas, encantadoras– recurriendo a lo mágico, para todo eso tan situacional en el mundo que no nos ha pasado. Le digo qué va, todo bien, un poco de ayuda no daña. Y entonces esta muchachita me dice:
“Sí, lo tengo todo. Trabajo, casa, amigas, familia. ¿Pero es un crimen pedir más?”
Joder, no lo es. Aseguro con rabia que no lo es. Nunca será un crimen querer amar, ni ser amada.
Crimen es que nadie quiera este amor.