- Tengo la costumbre de subrayar los libros que leo, siempre y cuando sean míos. No es algo que juzgaré de bueno ni malo, porque son mis libros y puedo hacer con ellos lo que quiera (aunque, si soy honesta, fuera de esas líneas y uno que otro garabato, suelo cuidarlos muy bien). En fin, que hace muchos (muchos) años, una persona y yo intercambiábamos libros y luego comentábamos nuestras impresiones. Era un ir-y-venir de ideas que, confieso, extraño un poco (pero definitivamente no extraño a esa persona; pasan los años y es una idea que entiendo bien). Pues nada, que un día –entre cigarros y cervezas– me dice: “me he dado cuenta de que todo lo que subrayas en los libros está lleno de angustia“. Me dice que cada párrafo se distingue por ser muy intenso. Y otro día, más adelante, me dijo entre risas “déjate tantito en paz“.
- Hace poco terminé Trainspotting. Como comenté en mi post anterior, por la película y el suceso de mi gato Pirata, no sé por qué no dejaba de pensar en que el libro tendría algunas respuestas a preguntas que ni siquiera sabía que tenía, y la verdad no estaba tan errada. Pero además de una tristeza bastante particular, revisé todo lo que subrayé, y qué coraje, es cierto: cuánta angustia en todo lo que me gusta.
- Pero está bien, la vida no es para los tibios.
- Y de ahí me da por pensar que, efectivamente, somos todo lo que hacemos, lo que pensamos y tocamos. Lo que interpretamos, lo que vemos que los demás no. Mis libros, con líneas que remarcan párrafos angustiosos, eso también soy. Soy las fotos que tomo, los screenshots con líneas de películas y series que me gustan. Pantallazos de videojuegos, líneas de canciones. Soy las personas que he amado, soy lo que me quedo cuando ya no nos volvemos a ver.
- También soy los adioses que he dicho, pero también los holas que diré.