- Me gusta la sensación del agua cayendo sobre mi rostro en la regadera. Un nuevo día, un nuevo bautizo bajo el chorro de agua hirviendo mientras siento cómo todo se me va del cuerpo. Cómo se me va todo lo que fui.
- Me gusta cuando las mujeres usan reloj de pulso con la carátula del lado de la palma de la mano. El sencillo ademán de ver el reloj al girar la mano. Es algo perdido –incluso por mí, ahora con los relojes inteligentes– pero es un gesto que aprecio bastante las pocas veces que ya llego a verlo.
- Me gustan las descripciones que sin querer terminan siendo casi poéticas. Leí en una receta: “mezcle agua, sal y bicarbonato. En cuestión de medidas, hágalo de tal manera que el líquido al final tenga el sabor de una lágrima“.
- Me gusta compartir el primer café del día con una galleta. Sólo una, no más.
- Me gustan las caminatas largas. Recorrer en su plenitud las calles de Amores, Nicolás San Juan, Tonalá, todo Insurgentes. Mi cita perfecta es caminar.
- Me gusta ser presa, nunca cazadora. Varia vez me han hablado del giro que daría mi vida si esto cambiara, pero soy necia. Ja, nein. Jein.
- Me gusta soñar varias veces con un mismo lugar. Hace unos años tuve una racha de soñar con un centro comercial que tenía un tanque lleno de peces y una tienda de antigüedades. Ahora me da por soñar con una estación de trenes y calles oscuras llenas de humo.
- Me gustan expresiones como “a cuentagotas”.
- Me gusta la rotación que hacen mis gatas cuando me voy a dormir. Al acostarme, Sorata se queda en la cama, Coquito en el suelo y Juju detrás de la tele. Cuando despierto Coquito está en la cama, Sorata en la otra camita a un lado del tocador y Juju se va a un cajón de ropa limpia. Todo esto pasa mientras duermo abrazada a mi almohada.
- Me gusta vivir. Me gustan los detalles rutinarios que refuerzan esta idea.