Recuerdos (edición: música)

  1. Cuando estaba en la primaria, un día los directores fueron a mi salón para un breve anuncio. Me encantaría recordar mi edad, el grado, pero esos detalles ya no están en mí, pero lo que sí está en mí es el recuerdo del anuncio de que llevarían a toda la escuela al Palacio de Bellas Artes para un concierto de música clásica para niños. Ya sabes: canciones bonitas, amables y divertidas para disfrutar cuando apenas estás descubriendo el mundo. Pedro y el Lobo, las Cuatro Estaciones de Vivaldi, partes de la Flauta Mágica. No es que las excursiones fueran algo raro en mi primaria, pero un concierto era algo especial porque se salía del perímetro de los museos o de los parques deportivos (y ante todo, del perímetro de Iztapalapa, lo cual siempre era emocionante).
    Al día de hoy recuerdo lo impresionante que me pareció el Palacio de Bellas Artes (aunque, para ser justa, en realidad soy una persona a la que le impresiona todo. Hoy en día me sigue maravillando el esplendor arquitectónico de un lugar tan ciencia ficción como lo es la estación del Metro Chabacano, por ejemplop). Afortunadamente a mi grupo le tocó sentarse hasta delante y pude ver, ante mis ojos –como quien ve el amor en primera fila– ese hermoso escenario. Los instrumentos de cuerda, viento, percusiones. Todo era una maravilla iluminada (metafórica y literalmente). Sin embargo, la felicidad de este recuerdo no se quedó ahí: el director de la orquesta tomó el micrófono y nos dice a todos los niños inquietos: “busquen abajo de sus asientos. Si ven un papelito, significa que pueden venir al escenario a tocar una pieza con nosotros”.
    ¿Y quién crees, pues, que tenía un papelito abajo del asiento? Fucking me, you bet.
    Me sentí como si hubiera ganado la lotería. Esto me está pasando a mí, pensé. Corrí al escenario con otros amiguillos, y cuando llegué al escenario, me dijo el director “hoy vas con las percusiones”. Una persona me dirigió a la sección y me dieron un triángulo. El poderosísimo triángulo.
    Si mal no recuerdo, la orquesta empezó a tocar algunas partes de El Carnaval de los Animales de Camille Saint Säens; sólo Dios sabrá qué pieza nos pidieron a las percusiones tocar, pero sí recuerdo que toqué ese triángulo como si mi vida dependiera de ello. Ver el Palacio de Bellas Artes desde el otro lado; ver a mis amigos riendo, los maestros aplaudiendo. Yo, no frente, sino EN la música. Este es un recuerdo que he grabado, tatuado, cauterizado en mi corazón.
  2. Otra cosa que involucra a Saint Säens: Cuando estudiaba violoncello (una de las etapas más felices de mi vida, ya lo he dicho) era total y absolutamente común que diéramos conciertos; yo creo que de ahí se me fue el pánico escénico y vino la adicción por la atención. Ve tú a saber.
    Había veces en que me iba muy bien, otras en que me daban ganas de llorar, a veces por la frustración, a veces por desafinar, pero otras por la inaguantable adolescencia. Al día de hoy agradezco todos esos ejercicios, porque bien dice el adagio, un mar en calma nunca hizo a un marinero experto. En fin, que una ocasión me tocó interpretar El Cisne de Saint Säens, y yo creo que ese día en verdad mi alma estaba iluminada por Dios, porque es quizás lo mejor que he hecho frente a un público. Todas las notas perfectamente afinadas, vibratos elegantes, pausas, una sincronía tan mística con la pianista que parecíamos hermanas. Y, dicho sea de paso, esa vez tuve el tino de invitar a mi familia; mi mamá me llevó rosas, mi papá me abrazó y mi tía lloraba. A todos nos fue muy bien ese día, entonces el aire era muy optimista en el salón. Pero la felicidad de este recuerdo vive en que cuando salí de la escuela para emprender el regreso a casa con mi familia, mi tía me detuvo antes de llegar al coche y me dijo “jamás me había sentido tan conmovida en la vida, hasta que te vi el día de hoy”. Ahora que tengo 37 y que en mi vida me he topado con muchas personas que aman la desgracia ajena, regreso mucho a este recuerdo, para saber que no todo es maldad en esta tierra.
    Es quizás lo mejor que alguien me ha dicho de mi mucha vida y poca obra.
  3. El violoncello: otro amor que no he vuelto a ver.
  4. La música me da felicidad, sí. Pero de cierta manera también es una herida. Una de la que me es muy cómodo no hablar.

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