Del tarot y la dualidad que soy

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Amo leerme el tarot. Ya sé, ya sé, aquí es donde vienen todos los científicos a decirme que cómo-es-posible, que el universo no tiene nada qué decir, que la vida son hechos. Ya sé. Sin embargo… como ya dije algunos ayeres, siempre que pueda tomar un buen consejo, sea de donde sea que venga, la verdad es que lo voy a tomar. Lo voy a tomar porque a veces siento que es lo único de lo que puedo aferrarme en un mundo tan distante, tan inmediato y tan futil. Y nadie me puede sacar de ahí, lo siento. 

Empiezo con esta aclaración, porque fue con una lectura de tarot en estos días donde empecé a pensar en algo que no puedo quitarme de la cabeza, y que quizás está cambiando mi vida por completo (¿suena exagerado? En mi mente no). Un poco de contexto: el otro día fui a un evento donde podías tomar un “cocktail de vodka” (no sé si mezclar Vodka con refresco yoli y jarabe rojo entra en la categoría de cocktail, pero eso no se va a discutir aquí), comer un churro de ‘El moro’ y leerte las cartas con una tarotista. Por supuesto me apresuré a ver todo lo que se tenía que ver en en dicho evento, para luego ir directo con la tarotista, porque simplemente no se puede dejar pasar este tipo de oportunidades… ¡gratis

Me siento en la sillita y veo a esta chica con detenimiento. Tenía todos esos clichés caricaturizados con los que describimos a las tarotistas: blusa blanca bombacha, joyas por todos lados, un delineado enorme, pelo chino esponjadísimo, labial naranja, siempre volteando los ojos hacia arriba. Nada grave, pero desafortunadamente en cierto punto sentí que más que leyéndome las cartas, estaba tratando de adivinar qué decirme, a ver qué pegaba. 

He tenido momentos muy bonitos con las personas con las que me he leído el tarot. Con una lloré porque sacó un tema que yo me esforzaba y esforzaba por esconder, como quien guarda algo bajo llave, la tira al mar… y ella la encontró. Ha habido quienes me dicen exactamente lo que necesitaba, y que me sirvió para empezar bien nuevos ciclo. ¿Pero con esta chica? Vaya, no sentí nada. Ni bueno ni malo: simplemente nada. Y siempre es una decepción no sentir nada.

Me pidió cortar el mazo siete veces mientras pensaba en mis preguntas y que también pensara mi nombre. Traté de hacerlo con el respeto que siempre le tengo a estos temas; honestamente nunca me han gustado las lecturas cuando un montón de gente te rodea; si quieres un momento íntimo para hablar de lo que te inquieta, lo que menos puedes hacer es pedir algo de privacidad. Pero aquí, rodeada de gente, cocteles de dudosa categoría y olor a churro, era lo que había, así que corté el mazo y pensé mucho en mi trabajo (¿todo tiene buena pinta?), en dinero (¿hay manera en que se multiplique…) y Berlín (….para irme de viaje?). Son los temas cruciales en mi vida, así que puse mis manos sobre el mazo deseando saber todo lo que quería. Saco la primera carta, se la doy (“la que soy yo”, dice ella) y es La Suma Sacerdotisa.

Seguí pasándole cartas y empezó diciéndome que veía a un chico. “De unos 30-35 años”. Para este punto ya me había perdido –y apenas había dicho cinco palabras– y le digo que no, no hay ningún chico, y no me interesa saber eso, porque honestamente en este momento de mi vida no podría importarme menos ese tema. Me decía que si conocía a algún piscis. Le digo amablemente que no. Luego empeora: “no… veo a dos chicos. A dos”. Para este punto volteo los ojos como queriendo tocar pared con la cuenca del cráneo, le digo que no. Y es cuando empieza a merodear a ver a qué cosa le atinaba: que si mi familia, que si el trabajo, que si me llevo mal con alguien, que ve una riña, que ve alianzas. Ella en escritora del spin-off de Game Of Thrones, y yo simplemente me dediqué a decirle que no hasta que por fin terminamos. En ninguna lectura de cartas me habían dicho de peleas o vaticinado amores; todo debería ser una lectura de lo que te rodea y el camino a seguir, no hay ningún pronóstico. Desde ahí, ya lo único que quedaba era esperar a que se rindiera. Y cuando pasó, me dio un mensaje final:  me llegará una oferta de trabajo… pero puede ser en ocho días, o semanas o meses… pero años no, que de meses no pasa. Pero siempre pensando en ocho. O múltiplos de ocho.

Me despido del anfitrión y decido irme caminando a casa, ya que la tarde era preciosa. Y durante esta hermosa caminata, me fue imposible no pensar en lo raros que fueron todos esos minutos donde esta chica me inventaba hombres imaginarios. Pero no sólo eso: lo que me llamaba mucho la atención era lo verdaderamente lejano que me parece el escenario de tener pareja… tanto, que ni me interesa preguntárselo a las cartas ni acudir al pensamiento mágico en busca de respuestas. Lo veo aquí y lo veo en las apps de ligue, los chicos que me presentan y hasta en los hombres que se me acercan en fiestas. Sólo puedo pensar en la terrible pereza que implica empezar un ciclo con un hombre, pero no sólo eso, sino contemplar la posibilidad de que salga un machito detestable, un onvre insoportable, una depresión con piernas que espera reflejarse en mí, o cualquier otro premio de consolación que me traiga la ya conocida lotería del heteropatriarcado.

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De las numerosas (pero no tan apantallantes) veces que me he leído el tarot, siempre me da cierto alivio (¿gusto?) que me salga una carta que tenga que ver con la feminidad, un tema con el que siempre he tenido mis disputas, ya que siempre he tenido una inclinación por lo que conocemos como masculino; los pantalones, las botas, las camisas, incluso los gustos. Siento que de ahí provenían muchos de mis problemas con mi reflejo, mi cuerpo, la aceptación de mi todo. Amo ser mujer, pero por lo que dice el mundo, ¿soy menos mujer si no uso faldas? ¿Si no uso escotes? ¿Mis botas industriales qué decían de mí en mi adolescencia? Si me encanta maquillarme, ¿eso cuenta? Ya ahora a mis 32 años me es fácil ver que estas cosas no necesariamente reafirman mi feminidad. Incluso ya me da una risa infinita cuando dicen que un grupo, una programa, una prenda o un videojuego son “para hombres” o es “muy masculino”. Qué magna estupidez. Pero una Elsa de 12, 20 ó 25 años no lo tenía tan claro y fácil. Aunque debo admitir que a veces esas dudas y decenas de inseguridades que creí dejar en el pasado, llegan a filtrarse por los huecos de mi presente, que no he sabido resanar a la perfección.

Busco en Internet a La Suma Sacerdotisa, mi primera carta en esa lectura: me encuentro con palabras como sabiduría, conocimiento, cambios, feminidad. Y leo una descripción que llega en el momento correcto de mi vida: 

La Suma Sacerdotisa se sienta a la entrada del templo sagrado de la dualidad. Lo masculino y lo femenino, lo negro y lo blanco, lo oscuro y lo claro. 

Y hacemos click: hay una pelea en mi interior que en estos momentos quiero equilibrar. Quizás yo también me encuentro entre esas dos torres, no sólo descifrando mi perspectiva del mundo, sino también mi identidad.

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En la caminata que mencioné, dándole vueltas a la nula emoción que me da que una tarotista me haya dicho que “hay dos hombres en mi vida”, llego a la conclusión de que a lo mejor lo que me pasa, es que me encuentro en un momento de mi vida donde estoy reconfigurando el tipo de hombre que me gusta. Segura de mi heterosexualidad, ¿será que estoy condenada a conocer puros hombres que me hagan menos, que traten de curar sus traumas con una relación o que simplemente sean unos cretinos de lo peor? Una parte de mí cree que sí, otra parte está en paz con la idea de no volver a tener una relación seria con tal de no volver a aguantar este tipo de estupideces. Pero descubro que hay otra parte que podría estar soltándose del patrón machista al que he estado aferrada por tantos años, y que más bien se está fijando en algo más… atractivo. Un lugar que nunca había explorado y que llama mi atención. ¿Cuál es? Pues como en la vida nunca hay coincidencias, esto ocurrió:

Voy caminando por la colonia Condesa casi para llegar a Insurgentes, cuando a mi lado veo a un chico (guapo) paseando a su perro. El chico, debo mencionar, traía falda… y se me hizo increíblemente –profundamente– atractivo. Masculino y femenino. Mientras él avanzaba yo seguía su paso, y notaba cómo todos se le quedaban viendo; unos se burlaban, otros nada más sonreían. Lo seguí hasta que tuve que irme por otra calle para ir a mi casa, y doblé la esquina con esta idea: quizás este es el tipo de hombre. Uno cómodo con su parte femenina. Que simplemente es.

Esto es un descubrimiento enorme para mí. Incluso si nació con un gesto tan simple, como ver a un hombre quitarle el género a una prenda.

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Dice mi terapeuta que no nos enganchamos con las cosas por nada. Y ahora que pienso en todo esto, se me hace coherente por qué estoy tan infatuada con Rammstein. Seis alemanes, originarios de la nación llamada Fatherland, quienes en sus últimos conciertos salen en falda, maquillados, con vestidos, incluso besándose entre ellos.

Veo el making of de ‘Mein Teil’, uno de sus videos más íntimos (donde compruebo que siempre fueron así, siempre estuvieron en paz con esa parte femenina que vive en ellos, pero ahora se dan el lujo de expresarla), y hay una parte que me parece mágicamente sensual: Schneider, el baterista, preparándose para personificar a una mujer (“Frau Schneider”, bautizado por los fans). Lo vemos pintándose los labios mientras se mira al espejo, poniéndose una peluca rizada, cerrando los ojos para que la maquillista le ponga mascara. En un momento, le preguntan qué cree que hará frente a la cámara, vestido de mujer. Él responde, acompañado de una risa tímida:

“I probably won’t do much. I’ll just be… more woman”.

Un hombre que simplemente será más mujer.

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“La Suma Sacerdotisa trae un mensaje de conocimiento sagrado y misterios ocultos. Se sienta en la intersección de la mente consciente e inconsciente y puede integrar los dos sin problemas. La Suma Sacerdotisa aparecerá en tu lectura cuando sea el momento de conectarte con tu espiritualidad. Ella te impulsará a atravesar el velo y adentrarte en el inframundo del inconsciente. Ver más allá de la lógica y la razón y renunciar al control. Ejerce la paciencia y la confianza, y comprende que hay mayores fuerzas en el trabajo de las que posiblemente puedas conocer.”

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También es hora de ser honesta conmigo: pienso en la posibilidad de una relación con un hombre heterosexual que haya hecho las paces con su lado femenino. Entonces yo, por consecuencia, también tengo algo por hacer:

Hacer las paces con mi lado masculino.

Demonios internos y hamburguesas

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(¡Esta hamburguesita la pinté yo!). De ahora en adelante, trataré de acompañar algunos posts con ilustraciones mías.

La comida y yo siempre hemos tenido una relación extraña, incluso más rara que la que he tenido con los hombres. Si bien amo comer nuevas cosas, en cada viaje trato de probar algo extravagante (menos insectos o algo que no me volverá a dejar dormir en paz) y tengo la firme idea de que no hay mejor manera de conocer los usos y costumbres de un lugar que por su comida, lo cierto es que no hay bocado,  ni siquiera el canapé más pequeñito, al que yo no le cosa un hilo de miedo y terror, acompañado con la punzante pregunta “¿qué le harás a mi cuerpo?”. Y ahí empieza un calvario donde toda clase de ideas pasan por mi mente, a pesar de que por años he tratado –con todas mis fuerzas, con toda mi alma– de eliminar dichas voces. “¿Engordaré mañana un kilo después de esta cerveza?” “¿Si solo como proteína, mi cuerpo estará contento?” “¿Este pan dulce derribará todo este esfuerzo que he hecho?”

Mi vida dio un giro increíble desde hace un año. No hay necesidad de entrar en detalles, pero lo que es importante saber es que por primera vez en mucho tiempo, estoy contenta conmigo misma. Emocionalmente (gracias, terapia) y físicamente (¿gracias, ciencia?). Sin embargo, como siempre, la felicidad viene con muchas dudas, porque de otra manera las cosas son demasiado buenas para ser verdad. Sí, me veo al espejo y sonrío (¿pero de verdad podrá ser duradero?). Me pruebo nueva ropa y se me ve increíble (¿pero podré usarla en el futuro?). Me siento más feliz (¿pero soy feliz?).

Y parte de mi sentir-bien se debe a que le he perdido un poco de miedo a la comida. Recuerdo mucho a las personas pasivo-agresivas (de esas que tanto abundan), haciendo comentarios sobre mis hábitos alimenticios o mi físico, creyendo que siempre tenían un buen consejo que dar (o un buen insulto que decir a mis espaldas), sin saber que lo mío era consecuencia de un padecimiento sencillo. Y tan fácil de controlar, que hoy en día me pregunto por qué el puente entre un doctor especializado y yo no se hizo antes, y en su lugar me pasee por un desfile de nutriólogos que jamás vieron que el problema iba por otro lado. Pero bueno, no vale la pena lamentarse porque –como siempre– las cosas llegan en el momento correcto en que puedes enfrentarlas, y ese puente se hizo cuando llegué a los 30.  Un puente que llegó después de críticas, experiencias tristes, momentos duros, y cosas que las personas en Facebook que aman compartir mensajes cursis conocen como “lecciones de la vida”.

En fin. Todo esto para contar una anécdota del vacío: Hace unas semanas fui a un evento donde la invitada principal era la comida. No, en serio: todo tipo de comida desfilando en bandejas de plata, cerveza, vino, refrescos, dulces; era el paraíso de quienes no le temen a Dios, y quienes no ven en la comida un recuerdo triste. Como decía, yo creía haber hecho las paces con este tema, pero algo extraño pasó esa noche: yo ya había comido una hamburguesa y una cerveza, y me sentía satisfecha. Bien, ¿no? Todo cool, pensaba. Sin embargo, todos a mi alrededor comieron dos, incluso tres hamburguesas, muchos litros de cervezas, canastas y canastas de bocadillos y postres a granel. No puedo mentir: para este punto empecé a sentirme muy ansiosa, pero no por tener el antojo, que ya no estaba ahí… sino porque empecé a relacionar la comida con una vibra de castigo y premio. Todos a mi alrededor, felices, delgados, perfectos: ellos pueden hacerlo. ¿Yo? Yo salí de un infierno, lo controlé, y no debía. No lo merecía. Ni quería, exacto, pero no debía. Mi ansiedad se originaba (nuevamente) en que la comida se apegaba a estas reglas de premio/castigo con las que la he relacionado desde siempre, y honestamente, mi síndrome premenstrual esa noche –que con esta nueva yo ahora le da por acentuar de una manera grave y terrible cualquier indicio de tristeza– no estaba ayudando mucho. Fui al baño a echarme tantita agua en el rostro, y a dejar que pasara esta herida que yo creía cicatriz, cuando en realidad se sigue abriendo de vez en cuando.

Era un momento feliz. Mucha gente querida a mi alrededor. La comida ciertamente deliciosa. ¿Por qué amo regresar a ese fondo? ¿Por qué amo ver ese abismo que me mira con ojos penetrantes? Uno de tantos miedos, uno de tantos traumas. Y al mismo tiempo en estos días me parece una batalla ganada que las mujeres amemos nuestro cuerpo, sin importar lo que diga el machismo, ni el heteropatriarcado. ¿Y que no amarte a ti misma debe ser un acto efectivo, como sea que tu cuerpo se vea? ¿Por qué me da miedo el pasado? ¿Soy superficial si he llegado a este punto, después de este cambio tan radical en mi cuerpo? ¿Pero no se trata de esto el autocuidado? Tantas cosas. La inseguridad de que mi reflejo no me dure mucho tiempo, el miedo a no tener control, incluso el terrible miedo a dar una respuesta, cuando alguien me pregunta “¿y cuando dejes la medicina, podrás controlar la ansiedad?”

Hay muchas preguntas. Muchas de ellas aún no tienen respuesta (y quién sabe si la tendrán). Sin embargo, no todo es tan malo: es en momentos de debilidad como este, donde noto la manera tan salvaje en que infravaloro esas herramientas de las que he tratado de armarme para saber que puedo tener el control, y sé que debo cambiar eso. ¿Ir a terapia, al doctor, todo es inútil? No, no lo es. Y al mismo tiempo, también queda entender que estar en una etapa más madura de tu vida, no quita que a veces el pasado vendrá, como pequeñas olitas, a recordarte esas dificultades por las que pasaste, y que es hora de hacerles frente. Como el cumpleaños de alguien no grato en tu vida, o el recuerdo de una relación tóxica, cuando piensas en la posibilidad de una relación en el futuro. O como platos de comida en un momento donde todos son felices, y eso debería incluirme a mí. Hay veces en que esos dolores son como huecos en el corazón, piezas perdidas de un rompecabezas que sigue armándose. Pero al final lo más sensato (¿y lo más lógico?) es valorar que has hecho tu trabajo, has hecho tu lucha. Ir a terapia, aprender a sonreirte frente al espejo. Sí, podemos ser nuestros peores enemigos, pero también podemos ser los mejores arquitectos de nuestras vidas. Somos luz y somos sombra.

Y pienso: si regreso a estos abismos, es porque tal vez –ya a mis 31– estoy en el momento en el que puedo enfrentarlos. Quizás este nuevo cuerpo es el reflejo de una nueva Elsa, una que puede tener control. Y que hacer las paces con la comida, implica nunca más hacer una dieta extremista ni dañina, sino una que disfrute, que satisfaga y que sepa controlar. Que escuche mi cuerpo, que escuche mi mente, que escuche a mi alma. ¿Estoy siendo muy cursi? Oye, al menos no es un meme en Facebook.

Habrá momentos así. Y está bien. No es hacer las paces con la comida, sino con esas veces en que dudaré de mí. Pensar “vaya, Elsa, otra vez aquí, ¿qué traes?”. Y luego recordar las cosas buenas que he hecho por mí, la ayuda que he buscado, y tener el control.

¿Y sabes qué? A la siguiente, comerme mi hamburguesa, sin culpas, con deleite. No pasa nada. Nunca pasa nada.

Breves Reflexiones I

En mi primer blog me encantaba hacer posts numerados a manera de proposiciones; esto porque lo hice en la universidad, y amaba la manera en que Wittgenstein desarrollaba sus reflexiones. Ahí hablaba de cosas que no se relacionaban unas con otras, separadas por números. Se me hacía un poco tramposo, ya que no ahondas en un solo tema y cambias sin conclusión alguna… sin embargo, era fácil escribir mucho de esa manera; de verdad era una máquina de escribir al sólo desarrollar algunas ideas. Retomo ese ejercicio, del cual espero no abusar. Tanto. Espero.

1. El domingo tiende a ser un día que puede ser o muy feliz o muy triste; comúnmente son tristes cuando decido no bañarme, dormir todo el día y simplemente dejarme ir con la agonía de saber que mañana será lunes. Para el ojo avispado podría parecer el domingo perfecto… pero hay algo en salir y que te dé tantito el sol, que resulta mucho más animoso que sumirte en el vórtice de no hacer nada. Hoy, por ejemplo, fue un día feliz: regrese a las cuatro de la madrugada de una fiesta en la que bailé como si no hubiera un mañana. Desperté, me hice de desayunar (con mi respectivo litro de café) y después fui a un bazar, de esos tan populares que ahora hay en la Roma: Maxicca Verbena, y es de cosas mágicas (cuarzos, joyería, cremas mágicas). Le tengo mucho cariño a este tipo de temas (brujas, magia), porque siento que hay algo bellamente femenino en todo esto. Hay algo hermoso es oler el incienso, ver la joyería, que te hablen de vibras cósmicas, temas que me hacen pensar en las mujeres, en esta onda cósmica que luego nos quieren arrebatar. No lo sé, es sólo una idea.
De ahí, pasé a una tienda de ropa de segunda mano y me compré un vestido que ni en el mejor de mis sueños creí que me quedaría. Me veo al espejo con el vestido puesto, el cierre hasta arriba, mi silueta con forma. Lo veo y lo veo: soy una nueva Elsa. Una Elsa con el mismo cuerpo, pero no. Soy una Elsa que ama lo que ve en el espejo, pero muy en el fondo del corazón, ahí donde se filtra la sangre, también soy una Elsa que tiene miedo de volver a perder este reflejo. ¿Podré mantener este cuerpo? La eterna batalla con el espejo, con la comida, con las ansiedades, con mis angustias, con mis demonios.

(Dice el Cuarteto de Nos: Pero es poco lo que puedo hacer acá colgado / No puedo corregirte si estás equivocado ni decirte que no barras tus pecados bajo la alfombra / Soy tu reflejo, pero también el de tu sombra).

Pero hoy es domingo –uno feliz– y nada de eso me va a arruinar el momento. Compro el vestido y salgo feliz. Puedo con esto. Lo creo.
(Lo quiero creer).

(Mírame estoy acá, soy real, cambia lo que ves / Pero soy el mismo, espejo y no espejismo)

2. Hace unos días platicaba con una chica sobre los relojes de mano. Ahora que he estado en tratamiento médico, el doctor me recomendó medir mis pasos, evitar ese demonio  adulto llamado “Vida sedentaria”. Así, tengo un Apple Watch que me gusta… pero no es un reloj análogo. Ya sé, qué vieja escuela me escucho, pero hay algo en los relojes análogos que se me hace extraordinario. Es decir, llevas el tiempo en tu muñeca, ¿qué más hermoso que eso? Sí, con los relojes inteligente llevas el tiempo, tus mails, tus chats, tus medidas y la vida… pero hay algo místico y hermoso en la sencillez de simplemente traer un aparatito que te da la hora, y eso es lo que me enamora.
Desde niña mi mamá me enseñó la buena costumbre de usar reloj. Me compró uno blanco, azul y rojo. Parecía un Tommy Hilfiger, aunque dudo que haya sido esa marca, ya que no sabíamos qué tanto iba a cuidar un reloj, honestamente… aunque sorpresa: resulta que los cuidaba como a ninguna otra cosa. Desde ese momento mi vida se llenó de relojes: tenía uno de Pocahontas, donde las manecillas eran hojitas otoñales; tenía uno enorme con la carátula neón, uno de Hello Kitty (obviamente). Después mis papás me graduaron y llegaron los Swatch, básicamente por su tecnología increíble y por sus diseños divertidos. Tenía uno de ovejitas, uno azul con diamantina. Mi hermano me regaló uno plateado que desafortunadamente tiene el broche flojo y me da miedo que se me caiga cuando haga algún ademán. Posteriormente llegó mi primer trabajo y con él, mi primer reloj serio: un swatch con correas negras, carátula metálica negra y manecillas sin números. Es un reloj al que le tengo un cariño especial, aunque ya no lo uso. Amaba que cuando me lo quitaba olía a mi perfume, y todo el mundo me decía “¿cómo le haces para leer la hora? Sin números y con esa carátula se ve complicado” pero a mí se me hacía muy fácil, era como si con el paso de los años entendiera ese reloj, con un vistazo ya sabía la hora, y que teníamos una conexión que nadie entendía, ante las insistentes preguntas de “¿cómo lo lees?”
Años después, un exnovio me regaló el reloj más hermoso y elegante que he tenido. Oro rosado, enorme, precioso. Cuando cortamos, forcé la relación con el reloj, porque no iba a dejar que un noviazgo fallido me arruinara esta relación con un reloj tan hermoso. Pero quizás eso no estaba en mí: en un viaje a Los Ángeles, con el corazón aún fresco de heridas, fui a dirigir un shooting y en un ademán el reloj golpeó algo. Mientras caminaba por The Grove, al ver la hora, me di cuenta de que el cristal tenía una herida también. Ahí decidí guardarlo, pensando que un día lo podría componer, pero que antes necesito exorcizarlo de toda esa toxicidad que la relación dejó, y que ya sólo era una mala mueca del pasado.  Mi terapeuta dice que no es una señal cósmica, pero en mi corazón siento que sí. Sólo lo siento.

3. Hablando de señales: si todo sale bien, Berlín me espera en un año. Digo lo de las señales porque de unos meses para acá, ha habido algunas coincidencias simpáticas que me han llevado a la decisión de ir (¿mi terapeuta insistirá que no es algo del cosmos? No lo sé). Una amiga acaba de ir, y me dijo “no dejaba de pensar en ti. Eres bien Berlín“. Otro amigo que me contó de su viaje por Europa, me dijo a ti te encantaría Berlín, es muy tú. Algo ruda, es hermosa, es una ciudad“. Luego Rammstein saca un nuevo disco después de diez años (que ya he dejado más que claro que me gusta), y justamente acaban de anunciar un segundo tour por Europa. Así, levantándome a las cuatro de la madrugada el 5 de julio, dando clicks a ciegas en palabras en alemán (que Google traductor fue mi mejor amigo en ese momento), dije “si consigo un boleto, eso significa que debo ir”. A las cinco de la madrugada, me llega un mail: Felicidades, verás a Rammstein en el Olympiastadion de Berlín.
Las cartas están echadas.
Y me da la emoción de
ir a Berlinear. Ver a una banda que nació ahí, turistear, conocer la vida nocturna. Con el corazón en mano, que todo salga como deba salir, y en un año nos veremos, Berlín.

4. Mañana es lunes. Y todo bien.

Un día en que la vida trató de decirme algo

Una mañana me levanté con esa pesadumbre clásica con la que todos amanecemos, pero al mismo tiempo era un día en que también me sentía rara. No sé describirlo con exactitud, pero era una combinación donde sentía esos fulgores en los que estoy segura sobre lo que estoy haciendo en mi vida, que luego transmutan en el vacío de no saber lo que debo hacer, buscando un consuelo al pensar si tan siquiera puedo tener algo de control en mis manos. Era un estar y no estar, por así decirlo. Últimamente digo mucho la frase “pues ya se va a acabar el mundo, ps total“, ¿quizás ya me lo estoy creyendo?

Ese día me escribió una publirrelacionista con la que trabajo mucho. Me mandó un pantallazo de un newsletter del canal donde trabaja y acompañado de la imagen, un texto que rezaba “mira!”. Al abrir el archivo, vi que una de mis entrevistas había sido circulada en los highlights internacionales de ese canal, con un quote de la celebridad a la que entrevisté. Me dijo que a su equipo y a ella les había gustado cómo había quedado el texto, y que lo mandaron a Miami, que a su vez lo mandaron a Londres para que lo enviaran como los highlights del mes a todo el mundo. Recibo esta noticia (¿es pequeña? Mi corazón dice que no) como un bálsamo para el alma, porque de cierta manera me valoraron como periodista, como alguien que escribe: a algunas personas les gustó lo que hice y lo mostraron en su mundo. Considero esta una batalla ganada, una estrellita del tamaño de un frijol, colgando de mi cuello con una cadenita de oro. Y me hace feliz. No es que necesitemos de la aprobación externa, pero pensar “hola, tengo algo que decir” y que te escuchen/lean y valoren, se siente bien, ¿no? ¿O es esta la definición de cuando ahora en Internet decimos ‘¡La audacia!’?

Pasan las horas y ese día me doy cuenta de que veré a una chica con la cual siempre termino hablando de cosas muy espirituales –alma, universo, espíritu, ayahuasca– y por supuesto que ese día no fue la excepción. Honestamente, dentro de las cosas en las que creo fuertemente, es no jugar con las fuerzas que no están en mis manos, y la naturaleza entra en esa lista, especialmente el tema de la ayahuasca y la Pachamama. No es tanto el malviaje; sólo me atrae saber lo que la gente ve… pero no lo que yo vería. Tengo amigos que han visto a sus familiares que han fallecido, ex novios, a Dios, o que han experimentado algo parecido al infierno, “pero no lo es, porque no es así ahí“, me dicen. Hace tiempo, en una fiesta una amiga me contó que una vez tomó varias dosis de ayahuasca, pero que simplemente “no se iba”. Entonces se acercó con el Maestro (¿se les llama así? Tantas preguntas) y él le dijo que estaba “taponeada”. Entonces él le puso la mano en el corazón, le dijo “buen viaje” y que dio un ligero golpecito con su otra mano, y mi amiga me juró (casi ante notario) que sintió cómo se desconectó de su cuerpo, y que su espíritu se dejó ir en caída libre, donde vio cosas que, incluso esa noche entre cervezas y papitas, todavía le llenaban de desconcierto. Hay veces en que me pongo a pensar en esa plática, en ese “tapón” del corazón y cómo no dejas entrar y no dejas salir. Una vez que me fui a leer el tarot, y le dije a la hermosa chica que me hizo la lectura “siento un tapón en el corazón”, porque de verdad, me sentí identificada con esa imagen (¿pero quisiera vivirla?). Anywho, regresando a la comida, los temas que siempre hablo con esta chica volvieron a la mesa, entre cocteles y pan recién hecho: ser uno con el universo, las conexiones que hacemos; sobre fractales y el destino. Todo eso resuena en mí, especialmente cuando vas por la vida sin religión, el desconsuelo de un mundo que de verdad te orilla a no tener fe. Y hablamos sobre ayahuasca, claro. Para ella, mis preguntas eran más bien una serie de grietas donde se asomaba la curiosidad, así que me dice que me dará información, y ya me dirá ella si lo deseo. “Y no te va a pasar nada, créeme. Lo veo“. Es extraño que yo esté tan segura de no querer hacerlo, pero al mismo tiempo me da sed saber qué se ve en esa “dimensión”. ¿Será que lo que quiero, es creer que la gente puede ver eso tan esencial que es invisible a los ojos, aunque sea con la ayahuasca? Ya sé, ya sé.
Antes de despedirnos, me abraza muy fuerte y me sonríe de tal manera, que me hizo pensar que quizás soy una buena persona. No he hecho muchas cosas para pensar lo contrario, pero a veces cargamos tantos demonios, que nublan la vista. Y quién sabe, ¿qué tal que aparecen en mi viaje astral? Y yo los veo de otra manera: en terapia.

La terapia que tuve justo ese día fue una hora llena de esos fulgores donde estoy muy segura de quién soy, y más importante, de lo que no soy: Elsa no es la exnovia de “x”, no soy la editora, No soy la hija de alguien. Soy Elsa, la que está cruzando un camino, y la que confía en él. La que siempre fluyendo, nunca influyendo. “Trust the path unseen” dice mi mejor amiga, y eso es: soy la que confía en lo que ha hecho, lo que ha cosechado. “Mira el nivel de integridad con el que vienes hoy“, me dice mi terapeuta (¿feliz? Siempre es bueno ver a tu terapeuta feliz). Salgo de ahí, preguntándome si es un momento lúcido, o si sólo estaba hablando muy bien de mí, después de que me dijeron que les gusta cómo escribo, del universo, del espíritu, de que quizás la Pachamama sería benevolente conmigo.

Salgo de terapia para ver justamente a mi mejor amiga, quien va a dar una plática en el SOMA sobre identidad y ficción. ¿Es coincidencia esto también? Justo el día en que me validan otros, en que una conversación sobre cosas metafísicas tiene toda mi atención, cuando en terapia creo estar tan segura de quién soy, ¿es coincidencia ver a mi mejor amiga y a otros de sus colegas hablando sobre personalidad y cómo nos formamos y desenvolvemos en el mundo (siendo mi amiga, la mejor de su grupo, la verdad)? ¿Es por lo que nos dicen los demás como vamos esculpiendo nuestro ser? ¿Se nos puede derrumbar eso también? Somos lo que heredamos, es otra frase que me repito muy seguido estos días.

Regreso a casa, e incluso hoy pienso mucho en ese día. En el momento tan lleno de confianza al decir quién es Elsa. Al sentirme validada por algo que yo hice. Al pensar de dónde estoy tomando todas las cosas que me forman. ¿Qué significan momentos como estos en la vida? De verdad me siento un poco ingenua, porque debe ser una de esas experiencias donde le pides a La Vida que te hable claro, y La Vida te manda un mail en fuente Helvetica tamaño 15, diciéndote las cosas de la manera más clara, y uno sigue sin ver.

Pero tanto, en un día. No puede ser coincidencia. Y no tengo una conclusión clara. Pero ya se está acabando el mundo, así que ps total.

A propósito del nuevo disco de Rammstein: algunos pensamientos

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Desde el 2009 Rammstein no había lanzado un disco oficial, lo cual me sorprende un poco, porque juraría que sólo habían pasado un par de años desde que mi papá me regaló el ‘Liebe ist für alle da“. Pero no: ya habían pasado diez largos años (el paso del tiempo, qué sutil). Dice mi Last.fm (sí, lo sigo usando) que los he escuchado más de 900 veces en estas últimas tres semanas –seguro ya rondando las mil cuando acabe de escribir esto– y estas son algunas reflexiones que no he podido sacar de mi cabeza:

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Soy de esas personas que, honestamente, no disfrutó del todo el ‘Liebe ist für alle da. No es un mal disco, pero había algo que simplemente no encajaba con lo que verdaderamente me gustaba de Rammstein: algo más industrial, eléctrico, oscuro. Le faltaba sintetizador y un poco más de violencia.  Era y no era Rammstein, pensaba, porque si bien tienes letras como “Wenn ich ihre Haut verließ, der Frühling blutet in Paris” (“Cuando dejé su piel, la primavera se desangró en París”), también está ‘Pussy‘, que aunque es divertida y que fue la comidilla de todo el mundo, no me sentí movida (pero el video es otro asunto, básicamente porque siempre será bienvenido en mi agenda ver a un montón de alemanes divirtiéndose de la manera más perversa).
Pero este nuevo disco –sin nombre, al cual sólo nos referimos como “El nuevo de Rammstein“– es un regreso a sus orígenes increíble: basta escuchar los primeros segundos de sintetizador en ‘Deutschland‘, que recuerdan un poco a ‘Du riechst so gut’, una de mis canciones favoritas, de hecho. El disco empieza con una violencia que me deja perpleja, llega a un clímax alucinante con ‘Sex’ y que se va diluyendo para terminar con ‘Hallomann‘, que es un poco más tranquila, pero mantiene esa masculinidad que siempre me ha gustado en ellos.

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Leo una reseña en el sitio de Rolling Stone (US), y me pone un poco melancólica saber de qué manera hemos perdido el arte de las buenas reseñas, donde gente se pone a escuchar sesudamente el disco para irlo deshilando, y uno lo lee religiosamente para ver en qué cosas se está de acuerdo o no, aunque siempre concediendo algunos argumentos. La crítica debería ser un análisis exhaustivo, no una imposición ni una serie de ideas falaces. Y en este caso, me decepciona lo que leo. Como editora de entretenimiento, hay cosas que de verdad no me parecen en la crítica del sitio (que acudí a él no por otra razón que el hecho de que la banda acaba de salir en la portada de la RS Alemania, por lo que esperaba algo mejor de la versión estadounidense): El autor de la reseña escribe en el subtítulo que ‘Aüslander‘ es una canción ridícula. Me da un poco de fiaca, ya que no sólo es mi canción favorita de El Nuevo de Rammstein, sino que en sí la historia que cuenta es realmente valorable: el fenómeno de viajar, ser extranjero, conocer gente, y transitar… de verdad me parece fascinante. Y si bien todo el mundo mira con ojos extraños el video –donde los integrantes de la banda van al puro estilo colonizador a “explorar” nuevas tierras, hacer lo que quieran y luego irse– no puedo evitar pensar que esto resume la historia del mundo: conquistar está en todos lados. Colonizar, bien mirado, es cualquier spring break (sin animos de banalizar). Todo es una conquista: en la política, en el amor, en el sexo, en la guerra. Todo es una conquista, todo el tiempo es alguien, diciéndole a alguien, un país diciéndole a otro país, ciao ragazza, take a chance on me.
Así, se me hace ridículo que esta persona diga que es una canción ridícula.

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Avanzo en la lectura, y me encuentro con esta atrocidad:Then again, nobody listens to Rammstein for the lyrics.

¿Cómo?
([Wie?])

Este enunciado de verdad me cabrea porque con el regreso de la banda, con un disco de verdad impecable, me llegó esta curiosidad por el alemán. He pensado en clases, he retomado algunos poemas e incluso reflexioné que sería una idea fascinante leer uno de los libros de poesía de Till Lindemann. Así que hice lo más inmediato, y compré “On Still Nights“, desafortunadamente en inglés, porque soy firme creyente de que la poesía es mejor si se lee en el idioma original, aunque aquí el impedimento son los años y años y años que le dediqué al francés y no al alemán, y entonces es lo que hay. Pero ahí me tienes, leyendo poesía de un hombre que mide casi dos metros, y que justo acaba de salir en las noticias que le rompió la mandíbula a un chico por insultar a su acompañante, pero que escribe poesía. Es el tipo de masculinidad que me gusta. En fin, que leo todos los poemas y me encuentro con una joya que, de cierta manera, me suena tremendamente conocida: “What I Love”:

I do not love that I love Something
Do not like it when I Like Something
I am not pleased
when I am pleased
Yet I Know
I will regret it

A happy me is not to be
The one who loves me must agree”

Recuerdo haber leído algo similar, y efectivamente: en una traducción rápida de las letras, veo que dicho poema ahora es una canción: ‘WAS ICH LIEBE’, una de las más hermosas en el disco. ¿Por qué escribir que uno no escucha a Rammstein por sus letras, cuando el vocalista es poeta, y los demás son unos genios musicales? ¿Qué te motiva a decir semejante cosa? Especialmente cuando son alemanes, y ahí prácticamente nacen ya poetas y filósofos. Otro ejemplo, DIAMANT: “Du bist schön, wie ein Diamant / Schön anzuseh’n wie ein Diamant / Doch bitte lass mich geh’n / Welche Kraft, was für ein Schein / Wunderschön wie ein Diamant / Doch nur ein Stein” (“Eres hermosa, como un diamante / Bonita a la vista, como un diamante / Pero por favor déjame ir / Qué poder, qué brillo / Hermosa como un diamante / Pero sólo una piedra“).
Qué ridículo, pienso.

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Ahora bien, pasemos con una buena reseña:

Rammstein punches through the bullshit, and gives us an avenue into archetypal longings and desires. And though Americans are not as fully aware of Rammstein as they should be, in much of the country the band is still respected by many a metalhead, despite the obscurity of its lyrics and messages, which are lost on so many who do not know the language, but appreciate the band’s original and unforgettable sound. Which is another way of saying: one of the most impressive achievements of Rammstein is that their music has caught on among Americans, despite the language barrier.  […] But once americans are lucky enough to discover Rammstein, they are floored.

Esto lo escribió Michael A. Arnzen, el autor del prefacio del libro de poemas de Till Lindemann, autor de la novela ‘Grave Markings‘. Y cuánta razón tiene: es posible pasar la barrera del lenguaje y entender la banda a otro nivel. La música si bien es un idioma universal, también uno como fan (¿es esta la palabra que busco?) puede poner de su parte y descubrir ese mundo, especialmente ahora que basta un copiar y pegar en el Google Translator. Quizás no tengas la mejor lírica, pero ahí está: el núcleo de la idea. Repito: ¿de verdad un periodista de una revista especializada en música, se atreve a decir que uno no escucha una banda por sus letras? De verdad me ofende. Y creo que Michael está de acuerdo conmigo, al escribir esto:

“Rammstein sneaks a littleEnglish into the mix, maybe to throw Americans a bone –As in Amerika or Pussy– songs that are hilarious in the mockery of nationalistic arrogance mixed with a brash sexuality, that suggests one country, might be screwing with another. 

¿Será que ‘Pussy’ o ‘Te quiero, Puta’ tienen otro contexto, que no es necesariamente el sexo por sexo, sino incluso una insinuación política? Podría ser. Regreso a lo mismo: si hablamos de poesía, hay imágenes que no son literales; quizás sólo me cuesta considerar estas canciones de esa manera. Es algo que me dejo de tarea.

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Por otro lado, tenemos el asunto de Till Lindemann. A veces cuando me pregunto cuál es la clase de infatuación que nos causa la cultura pop, cuando nos explotan los ovarios al ver a personalidades como Keanu Reeves o Jon Hamm (en mi caso), pienso en la siguiente teoría: tan en la realidad no encontramos lo que queremos, que lo idealizamos en su máxima potencia con las personas que son inalcanzables, y que no tienen la oportunidad de defraudarnos. Keanu Reeves debe tener sus flaws, pero déjenme pensar que no, porque lo necesito. ¿Así funciona?
En mi caso, de joven me gustaba Till Lindemann, pero era una muchacha que todavía no sabía bien lo que quería, y por eso tuve relaciones porque era lo que había, pero quizás no exactamente lo que quería y necesitaba. Relaciones donde mis cosas no eran prioridad, y donde aceptaba la sobra de manojos de nervios maleados por los malos tiempos, y que no era mi problema resolverlos. Ahora mismo, con el disco en mis manos, y después de ver fotos de Till Lindemann sin cansarme en Tumblr, noto lo importante que es para mí un hombre seguro de su masculinidad, y con un porte inquebrantable. Es el vocalista de una de las bandas de industrial más importantes en Alemania, que usa abrigos de peluche, collares de pluma y vestiditos de colegiala, y jamás nadie se lo cuestiona, pero lo más importante es que no se lo cuestiona ni él mismo. Un hombre con una obsesión sucia por el sexo, y que escribe poesía. Un hombre que se muestra duro y que lleva a una firma de libros a una esclava sadomasoquista con una correa, pero que tiene sutiles dejos de cariño con los integrantes de la banda. ¿Él será toda esta idealización que tengo en mi cabeza? No podría apostarlo, no podría asegurarlo, por supuesto que debe tener sus demonios (como todos nosotros), pero por el momento, ante la falta de un hombre así en mi panorama, déjenme pensar que es así, y ya. Y todavía más importante: déjenme pensar que simplemente existe. No es como que mañana lo vaya a conocer y que se me derrumbe la idea, pero al menos no hay algo tangible cerca de mí que me indique lo contrario, a excepción de la larga lista de hombres catalogados como Decepción. Aquí está: la fantasía de hombres que no te van a hacer menos.
Y luego veo fotos de las cicatrices en el brazo de Till Lindemann, y las ideas que llegan a mi cabeza son casi de corte existencial etéreo. Cada marca, es una historia en la piel. Eros puro. Y luego recuerdo otra cosa que escribió Michael A. Arnzen sobre Rammstein y la voz de Till:

“The sound they make is as universal as any scream or howl, and Till’s vocalization of these words with all their Germanic trills and spittle, express the feelings we all share—from rage to fear to lust—at the very level of their utterance.”

 

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A través del Instagram de la banda, conozco a su fotógrafo oficial, Jens Koch. Algo que amo de ser editora de entretenimiento, es observar la manera en que una banda o un artista retrata su vida, y que tiene a alguien que de hecho sabe retratar esos momentos que de otro modo se perderían en el tiempo. Y ahí tienes: el behind the scenes del video de ‘AÜSLANDER’, con Till Lindemann cargando un cuerno de elefante (falso, ¡incluso te lo dicen para que no te preocupes!), Richard oliendo una flor (con un manicure en rojo espectacular), e incluso una foto donde Till le ayuda a uno de los integrantes a regresar al escenario, y Jens toma la foto de las manos. Las manos tremendamente masculinas, ayudándose mutuamente. ¿Qué es lo que no se puede amar, en una fantasía así?

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Photo: @jenskochphoto

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Hombres con manicure, botas industriales y el vocalista gritando “Sex! Komm zu mir / Meins ist deins und das in dir /  Sex! Komm mit mir / Denn besser widerlich als wieder nicht / Wir leben nur einmal / Wir lieben das Leben”. Jens tiene una mirada espectacular, y es cuando veo: una banda talentosa, que tiene gente talentosa trabajando con ellos. Así funciona todo.

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Ya habían pasado diez años desde el último disco. Yo tenía 21 cuando mi papá me regaló el ‘Liebe ist für alle da’. Y hay una parte de mí que se alegra de escuchar un disco tan bello ahora mismo, a los 31 años. Un álbum perfectamente trabajado, y que se topa con una Elsa definitivamente diferente a la de hace diez años. Y algo que también pienso, es cuánto aplicaron en este disco el back to basics: el sintetizador, las guitarras, las letras. Es un reminder de que no está mal volver y retomar todo eso con lo que te presentaste al mundo.
Me gusta pensar que este encuentro entre El Nuevo de Rammstein y yo –afirmo esto sin nada de ego, sino con un amor profundo por la banda– es una sincronía de evoluciones, que se han vuelto a cruzar en los momentos correctos de su existencia.

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Was Ich Liebe / Das muss auch sterben, muss sterben / Was ich liebe.

There, There

A1y8IvOibwL._SL1500_.jpgHace 16 años salió a la venta uno de mis discos favoritos, de una de mis bandas favoritas: el ‘Hail To The Thief’ de Radiohead. Y recuerdo de una manera tan clara ese día, tan clara como el cristal: estaba todavía en la prepa, usaba faldas tableadas, calcetas blancas, era una escuela de monjas. Además de amar a Radiohead locamente, estaba en mi etapa dark, por lo que las faldas aterciopeladas y labiales negros eran mi vibra, y tenía un mundo nuevo por descubrir. Y claro, ya era la etapa final de clases ese año, por lo que sólo teníamos que ir una hora al día, específicamente a hacer los exámenes de algunas materias, y el día del lanzamiento tocaba hacer el de Psicología. Me recuerdo como una joven muy inteligente, pero muy dispersa; sacaba calificaciones buenas, pero no excelentes. Y no porque no pudiera, pero había cosas más interesantes en el mundo que sentarme a hacer la tarea o estudiar. Había videojuegos, había televisión, y mi banda favorita anunció el lanzamiento de un nuevo disco. ¿Quién querría estudiar lo que dijeron Freud o Lacan?

Y llegué al examen. Fue algo extraño, porque en mis recuerdos la maestra que teníamos era malísima. Todos la odiaban y ella nos odiaba, la relación más extraña de ese semestre. Unas clases antes, ella nos había dado el examen para que viéramos qué es lo que iba a venir, pero todos pensamos que era una trampa. ¿Qué tal que nos aprendíamos el papel de memoria, y al final ella cambiaba todas las preguntas? Era una maestra terrible, era imposible confiar en ella ¿Qué clase de trampa es esa? No era buena maestra, y no necesariamente por ser alguien que usaba como ejemplos de comportamiento lo que había pasado la noche anterior en la novela de ‘Rubí’ (¿quién soy yo para criticar su didáctica?) sino que en serio se mostraba como alguien nefasto. Pero no: resulta que ese fue el examen, lo hicimos, y no sé si saqué diez, tal vez un ocho, lo que importa es que ese suplicio había terminado. Luego pienso que quizás sólo quería librarse de nosotros y no ver nuestras caras en un extraordinario. Que ahora en la vida adulta la entiendo 100% si lo hizo por esa razón.

En fin, que al final corrí con la madre directora a decirle que ya había terminado, que nadie iba a pasar por mí y que si me daban permiso de irme inmediatamente, a lo cual ella dio el acceso, sin problema alguno. Era la primera vez que me sentía un poco adulta, sin saber que a los 31, rentando un departamento y tratando de exigir lo que merezco, eso, para que veas, sí es propio de la perra vida adulta.
Y corrí, con mis calcetas blancas hasta la rodilla, flats negros, falda tableada, chaleco azul y ojos delineados, a comprar el nuevo disco de Radiohead a Galerías Insurgentes, el refugio de los chicos de prepa de paga. Ahí también fue una de las primeras veces que sentía cómo la personalidad tipo A me afloraba por completo: nadie, nadie, nadie me iba a ganar ese disco. Nadie. Pensaba que habría una fila eterna, que todos nos mataríamos por conseguir las ediciones especiales, y que al final todo sería como un club de la pelea de chicos que siempre iban a la sección de “Alternativa” del Mixup, lugar donde ponían a Radiohead, y todas esas bandas que al final les daba mucha pereza calificar. 
Pero qué sorpresa: no había nadie, sólo dos chicos, ambos con una mohicana y chamarras de mezclilla y yo. Era como si a nadie más le importara el lanzamiento, o si realmente ese Mixup no fuera famoso para ir por los discos de edición especial. Llegué exactamente unos diez minutos antes de las 11. Ambos veíamos cosas alrededor en las tiendas que parecían atrapadas en el tiempo, y que incluso hoy en día siguen ahí. Abrieron el Mixup…

Y sí, ahí estaba, el ‘Hail to The thief‘.

Era un disco comprado con dinero de mis domingos. Eran estas cosas las que tanto me emocionaban. Las que de verdad me daban un sentido, en esa edad tan joven y sin-sentido. Tres personas en una tienda, comprando un disco, de una banda que cambió la vida de tantas personas, incluida la mía. Era parte del rito, era parte de esa generación. Corrí a mi casa, y fui directamente a mi cuarto en el piso de arriba, a escucharlo. Era imposible escucharlo objetivamente; sea lo que sea que hicieran, todo me gustaba. Me gustaba el arte, me gustaba el sonido, me gustaban las letras. There’s always a siren / Singing you to shipwreck (Don’t reach out, don’t reach out) /  Steer away from these rocks / We’d be a walking disaster (Don’t reach out, don’t reach out). Todo en el mundo era tan difícil de descifrar, pero estas letras me hablaban, directo al corazón. Era cuando más entendía que uno es adolescente, porque adolece. Pero ahora mismo que escribo este post, cuando veo que canto las palabras de memoria mientras suena el disco en mi tele (ahora por Spotify, con el disco guardado en mi librero)… es cuando siento que todavía me habla. Todavía hay un hilo que nos une, de esa Elsa en su cama escuchándolo, y esta Elsa de 31 –casi 32– que se le mueve el corazón con una obra así. Hypocrite opportunist / Don’t infect me with your poison.

Hay recuerdos felices de esa época. Otros al parecer muy tristes, que he guardado como quien tiene pereza de recoger el polvo de su hogar y lo mete abajo de un tapete. Y cosa curiosa: justamente hoy en la mañana que desayunaba, veía un episodio de Orange Is The New Black. Pennsatucky le dice a Suzanne: “hay veces en que la mente cambia los recuerdos tristes por los felices, nada más para que no te termines suicidando” (no puedo citarla textual, ya que es un episodio que no se ha estrenado y es confidencial, pero va más o menos así). Y estos recuerdos, con estas canciones, con esas vivencias. La Elsa con el uniforme, la que soñaba en grande, la que ansiaba conocer el mundo, la que muchas veces la tuvo difícil, la que le pedían no hablar de nada. La que escuchaba este disco, la que se preguntaba por todo. ¿Fue una época buena o una mala? ¿Qué tan objetiva soy con mi pasado? Quizás lo sabría si hubiera tenido una buena maestra de psicología, no sé.

(Felices 16 años, ‘Hail To The thief’. Hasta donde recuerdo, es una gran edad. Imposible si mi mente me lo pone así para que no me mate, pero no atosigo. Disfrutémoslo así).

Treat yourself!

Otro año se va, y es buen momento para (re)organizar prioridades. Si como yo, eres de las que hace propósitos… ¿qué tal hacer unos realistas y positivos?

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Ilustración: Alejandro Herrerías

La celebración de año nuevo es una de mis favoritas. Obvio por la deliciosa comida, la convivencia familiar y por los ríos de alcohol que no está tan mal visto consumir, pero también porque estoy enamorada de ese pensamiento (mágico, por supuesto) de que la transición del 31 de diciembre al 1 de enero es el cierre de un ciclo y el inicio de un nuevo punto de partida. Bien lo escribió Douglas Coupland en Microsiervos: “La creencia de que ‘mañana’ es un lugar diferente que ‘hoy’, sin duda es un sello que distingue a la especie humana”.
Sin embargo, esta percepción emocionada y feliz es algo reciente en mí. Cuando era niña –y  quizás a muchas personas les ha pasado– confundí abismalmente la palabra “propósito” con “deseo”. Y entonces, mientras comía las tradicionales uvas en la cena familiar, pensaba en cosas como “ser rica”, “tener dinero”, “ser delgada”, “sacar buenas calificaciones”, “ser feliz”. Y si bien mi mente concebía esas cosas como algo positivo, ahora tengo claro que cada una de esas sentencias poseía cierto dejo de tristeza implícita; acentuaba todo eso que anhelaba ser, y por lo que no era “perfecta” (lo que sea que eso signifique). Especialmente lo de ser delgada, ya que, como he mencionado en columnas pasadas, durante muchos años tuve una guerra con mi cuerpo, que ahora, si bien no hay una paz al 100%, al menos sí hay amor.

Afortunadamente, ya más grande –y después de leer el diccionario y aprender que hay una gran diferencia entre pedir un deseo y la palabra propósito (Del latín Proposĭtum: Objetivo que se pretende conseguir, GO FIGURE!)– formulé otras cosas, un poquito más pensadas: hacer ejercicio, acabar la carrera, comer mejor, ser feliz (lo repito adrede: es la eterna constante). Sí, puede que las cosas hayan “mejorado”… pero cuando pienso en esa Elsa adultescente,  dichos enunciados seguían siendo vagos, metas intangibles, casi como palabras que se dicen sin ganas en una cena, a doce campanadas de que dé la media noche.
Ahora a mis 31 años (¡recién cumplidos!) y con una perspectiva más situada en el planeta tierra, uno de los rituales que he adoptado los últimos seis años, es comprar una agenda bonita, sentarme y dedicar un par de horas a escribir lo que ahora se ha puesto de moda: “propósitos realistas”. Metas (y sueños) que no entran en la categoría de lo imposible, y cuyo objetivo es… sí, lo adivinaron: ser feliz.

Imposible negar que hay una diferencia infinita entre escribir “hacer más ejercicio” que “correr tres veces a la semana” (orgullosa, puedo decir que hace poco corrí una carrera de 5km. Mi propósito para el 2019 es participar en, aunque sea, dos). El “Ser rica” cambió a “siempre hacer mi mejor trabajo y ser la primera en valorar mi esfuerzo”. Y el mejor cambio, es pasar del “ser delgada” a “amarme, como sea que me vea en el espejo” y “no criticarme”.  Es importante tener cuidado con el lenguaje que usamos con nosotras mismas, al mismo tiempo que ser claras con lo que realmente deseamos en nuestras vidas. Al final, la primera persona con la que debo ser honesta soy yo misma, y nadie más me podrá hacer feliz. ¿Para qué mentirse? Así que con un delicioso plato de spaghetti, pavo y un vaso enorme de clericot (platillos rituales que se sirven con mi familia), pensaré en que el eje central de todas mis metas, sea siempre ser buena persona. Y que se me tatúe en el corazón esta frase que vi en un templo en Japón: “Ya sea en la buena o la mala fortuna, debe, tenazmente, hacer tu mejor esfuerzo. Tú haces tu propia fortuna”.

*Esta columna se publicó originalmente en la versión impresa de la revista Glamour México y Latinoamérica, en Diciembre de 2018. La revista ya no se imprime, ahora sólo es versión digital.