#Flashback

Mucho se habla del miedo al futuro y la incertidumbre del presente. ¿Pero qué pasa con ese pasado incómodo? ¿Es válido dejarlo atrás?

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Ilustración: Alejandro Herrerías

Hay muchísimas cosas de mi pasado que pocas veces podría aceptar enfrente de desconocidos. Es más, ni siquiera con mis amigos. Pero hay otras con las que –felizmente– he hecho las paces y que incluso relato con muchas carcajadas y lágrimas en los ojos. Por ejemplo, recuerdo esa mágica etapa en la que fui parte de la estudiantina de mi escuela secundaria (oh sí: usé esos pantaloncitos como de bufón de la Corte Real, ¡y tocaba la mandolina!) o también esa extrañísima fase en que fui gótica (el paquete incluía labial negro, faldas aterciopeladas, escuchaba música que parecía hecha con una licuadora y habitaba en mí mucha furia adolescente). Lo sé: no son momentos muy brillantes en mi existencia (si un día gano un Pulitzer, negaré todo esto), pero si voy a ser honesta, ahora ya bien visto con los ojos de la mujer de 30 años en que me he convertido, cuando recuerdo los conciertos, los nuevos amigos y las nuevas emociones, ese halo de “vergüenza” que cubría ambas situaciones, se desvanece para dejar nada menos que un lindo cariño, y reír cada vez que cuente una anécdota boba en alguna reunión.

Pero eso sí, agarrarle amor a ambas fases me llevó mucho tiempo. No saben cómo estuve peleada con esos momentos de mi vida. Por alguna razón las puse en el archivero de mi mente, etiquetado como “absoluta pena”. Incluso no hay fotos que comprueben que existieron, las destruí todas. Todas. Inminentemente, esto me llevo a reflexionar en cuánto nos pesa aceptar nuestro pasado, y perdonarlo. Si bien empecé esta columna hablando de situaciones cuyo mayor pecado es que fueron meros procesos de madurez y de autodescubrimiento, es imposible negar que hay otras cosas que guardamos en lo más recóndito del corazón y que nos traen pesadumbre cuando salen a la superficie, como si fueran monstruos en un pantano. No sé, pienso en ese beso que diste a la persona incorrecta, eso tan hiriente que permitiste que un exnovio malvado dijera sobre ti. Esa vez que hablaste mal de alguien (y que en una de esas hasta se dieron cuenta) o aquella vez en que fuiste realmente cruel contigo misma frente al espejo.  Y así, podría seguir enumerando situaciones, yendo cada vez más al fondo, pero cada quien conoce los demonios que lleva dentro.

Al mismo tiempo, creo que no es el hecho de saber que hicimos algo mal o que nos hicieron daño lo que más nos duele, sino que quizás tuvimos la oportunidad de detenerlo, o que pasara de forma distinta. ¡La infinidad de posibilidades! ¿Cuántas veces no pensamos en la frase “esto lo hubiera hecho diferente”? Todas esas veces que sueñas despierta bajo la regadera, ganando discusiones inexistentes.

Sí, pues. Ojalá todo fuera sonrisas y momentos ya pasados por el filtro Ludwig de Instagram y siempre dormir en paz. Sin embargo, en otro episodio de “ironías de la vida”, los malos tragos suelen ser los que te dejan mejores lecciones, y en lugar de enterrarlos, quizás es bueno darles su merecido lugar, como aquellas cosas que te han dejado una buena enseñanza. Que nunca más volverás a dejar que alguien te diga algo hiriente. Que nadie pasará sobre ti, ni abusará de tus buenas intenciones nuevamente. Y quién sabe, tal vez quitarte esas culpas por circunstancias que todo este tiempo fueron ajenas a ti.

Nos preocupamos mucho por el presente y el futuro. Muchos dicen que el pasado puede estorbar. ¿Pero qué no conociéndote, incluso tu lado más oscuro, es la mejor manera de saber de lo que eres capaz? No, el pasado no estorba. Te forma, te hace madurar. Y no sólo es importante a nivel personal: ¿qué acaso no vemos cómo estamos repitiendo los mismos errores a nivel político y social?
Por mi parte, mi objetivo es que aunque me provoquen coraje y enojo entripado, ya no mandar a la oscuridad esas experiencias. Al final, todo lo que aprendió la Elsa del pasado, es un mensaje que le deja escrito con tinta indeleble a la Elsa del futuro. Y dicho mensaje, dice que podemos con eso y más. “Una raya más al tigre”, diría la frase popular. Y bueno, tampoco quemar fotos; será muy divertido verlas más adelante.

*Esta columna se publicó originalmente en la versión impresa de la revista Glamour México y Latinoamérica, en agosto de 2018.

Liberación (Material) como terapia

Varios psicólogos dicen que todo lo que hacemos siempre tiene algo inconsciente escondido. ¿Qué significará retener muchas cosas físicas?

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Ilustración: Alejandro Herrerías

Hace exactamente un año me llegó un mensaje que decía “¡Felicidades! Te has quedado el departamento!” Decidí mudarme de casa de mis papás, como un desafío para mí, de vivir una vida independiente, aprender nuevas cosas de la vida adulta, y fortalecer muchos aspectos personales. Me ha ido bien, aunque varias de mis decisiones siguen basadas en el impulso y no en la reflexión, aunque ese es tema de otra columna.
En fin, durante el proceso, el primer reto fue meter mi vida en unas maletitas. ¿Cuál fue mi sorpresa? Que hubo momentos en que me sentía en un episodio de Acumuladores: ¡¿de dónde había sacado tantos libros, ropa y muebles?! Cuando pensé que rentar por primera vez era un borrón y cuenta nueva, cuando terminé de mudarme, llegué a un lugar lleno, como si ya hubiera estado ahí por varios años. Me tardé aproximadamente dos meses en acomodar todo, y si bien faltaban cosas obvias, lo básico ya estaba cubierto (de hecho, en exceso).

Hace unos días, mientras buscaba algo para leer, me encontré un libro sobre la filosofía minimalista en decoración en Japón (¿coincidencia?) llamado ‘Haz espacio en tu vida’ de Fumio Sasaki y al empezarlo, dos cosas pasaron: 1) pensaba lo mucho que me gustaría tener menos cosas y 2) me daba angustia pensar lo mucho que me gustaría tener menos cosas. Me explico: el autor pone fotos de su hogar, que son un mueble, una cama y una tele. Un clóset con cuatro prendas, un baño con tres cosas para cuidado personal, y listo. No más. Y cuando veo mi casa, no dejaba de reflexionar en lo que tendría que eliminar para lograr su estilo de vida: ¿tirar mis discos? ¿Donar mi ropa? ¿Mis cuadros?  Después de hiperventilar y seguir leyendo, el escritor hace una pregunta que, quizás, es un buen punto de partida para un proceso de limpieza: ¿qué es lo primero que piensas, que no te permite deshacerte del objeto?

En este punto, recuerdo la película de Up, de Disney Pixar. Carl está de luto por la muerte de su esposa, y decide inflar cientos de globos para llevarse su casa volando, a un lugar al que ambos deseaban ir de vacaciones. Clavémonos en eso: ¡se llevó –físicamente– su hogar a un paraíso desconocido! Pero claro, llega un momento en que los globos se están desinflando, y Carl debe llevar en sus hombros la casa, como si fuera una mochila, la cual se vuelve un obstáculo para escapar del villano, pues no puede correr por el peso. ¿La solución? Sí, Pixar lo hizo muy bien: ¿quieres huir? Déjala ir. ¿Hay imagen más bonita para decirnos que para avanzar, lo mejor es decir adiós?

Las personas tendemos a darle un peso personal extraordinario a los objetos. En mi caso, tengo cosas que me regaló gente en la preparatoria, que me recuerdan a mi infancia, o que me evocan gente que ya no está conmigo. ¿Pero las tengo por el recuerdo, o porque me da miedo olvidar? Es como si ver esos objetos le diera vida a esas memorias. Pero al mismo tiempo, ¿no se están convirtiendo en una carga? Si siempre nos dicen que el exterior es un reflejo de nuestro interior, ¿será que mi mente y mi corazón también tienen los libreros a reventar, y que no le dan su espacio a esta nueva etapa?

Sin embargo, veo el otro lado de la moneda: estaba hablando con un amigo, a quien le pregunté si él podría vivir de una manera ultraminimalista. Él me dijo (y cito): “A mí me gusta tener cosas. Me gusta pensar que mi casa es como mi cueva, en donde me guardo del horror del mundo exterior”. ¡Y creo que también tiene razón! Llegar a mi departamento, prender la tele, jugar con mis gatos, relajarme… bien dice la frase, un hogar es donde puedes ser tú mismo (y tu teléfono se conecta inmediatamente al Wifi).

Avanzo mi lectura, y por fin me encuentro la cita que necesitaba del autor: ser minimalista no es necesariamente llegar al mismo nivel que él, de vivir con una caja y un foco. Pero sí de aprender a evaluar qué cosas vale la pena tener, y cuáles evitan que tengas más libertad. Y así, he decidido dejar la angustia a un lado, y empezar a depurar. Sí, quizás debí hacerlo desde que recibí el mensaje de que me quedé con el depa… pero tal vez necesitaba más madurez para llegar a esta idea… ¿y qué no era ese mi objetivo al mudarme?

Adiós a esos discos y películas que ni siquiera saqué del empaque; los libros de la prepa que no leeré por gusto (¿de verdad necesito ese de biología II?) y los que la gente me dio en Navidad, de escritores que ni siquiera me gustan. Y mejor quedarme con lo que haga de mi mundo un lugar mejor. Algo así como el equilibrio entre todo y la nada. Y ya que lo haga con el exterior, llevarlo a mi interior: no tener miedo a decir adiós a todo eso que sea una carga. Ser Carl en Up: soltar, para ir más rápido.

Y repetirme todos los días: los recuerdos no viven en las cosas. Viven en mí.

*Esta columna se publicó originalmente en la versión impresa de la revista Glamour México y Latinoamérica, en julio de 2018.

Un poco de suerte

Hablando del mundo laboral… ¿hay un truco para conseguir el trabajo de tus sueños? Creo que sí…

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Ilustración: Alejandro Herrerías

Amo leer esas entrevistas enormes en las revistas, que nos muestran una faceta más personal de alguna celebridad. Y sin duda una de mis favoritas, es la que le hicieron a Bryan Cranston, el actor que interpretó a Walter White en Breaking Bad, en GQ de Estados Unidos. Contexto: el actor hablaba de cómo su padre siempre salía de casa buscando trabajo, y había veces en que llegaba con algo (un proyecto, lo que sea), y otras en que llegaba con las manos vacías. Cranston, por otro lado, tuvo proyectos muy buenos, pero fue gracias a su carisma y nulo miedo a hacer cosas locas en Malcolm el de en medio, por lo que fue considerado para el papel que le cambiaría la vida por completo. Después de mucho analizar, Cranston llegó a la conclusión que algo que tuvo él, pero no su papá, fue un poco de suerte.

Sí, lo sé. Hablar de suerte puede llevar a muchos debates. Puede sonar como algo injusto, o muy azaroso, especialmente si nos han educado que lo único que necesitas para triunfar, es talento y disciplina. Sin embargo, cuando leí esa entrevista, se me quedó muy grabado ese concepto, y no dejo de darle vueltas en mi cabeza. En primera, entiendo por qué la gente piensa en la suerte como algo “etéreo” o imposible: se piensa que si eres talentosa y segura de ti misma, el trabajo de tus sueños simplemente te va a encontrar mientras estás sentada en tu sillón, en pijama, viendo Netflix. O que por azares del destino, una empresa increíble en Nueva York te mandará un mail, rogándote que vayas a trabajar con ellos, aunque ni te conozcan. Pero eso no es suerte, me atrevo a llamarlo ingenuidad.

Lo que sí creo, es que la suerte es algo que tú misma vas a construyendo, haciendo que todas las cosas en tu camino se vayan poniendo a tu favor. Suerte, significa actualizar tus conocimientos constantemente, y nutrirte con nuevas ideas (diría uno de mis videojuegos favoritos, Zelda: Breath Of The Wild: “The adventurous heart must never stop seeking knowledge”), para que siempre estés al día. También encontrar a nuevas personas que tengan los mismos intereses que tú, y quizás ver algunos proyectos juntos. Y también otro punto importante, es no ser tan humilde. Suena raro, pero innumerables veces he conocido mujeres que hacen cosas fantásticas, pero les da miedo decir lo bien que lo hacen. Tienen cierto pánico a verse “alzadas”, e incluso muchas de ellas no se creen “capaces” para pedir más. ¿O peor? No se creen “merecedoras”. Lo sé, porque durante mucho tiempo fui así. Bueno, sigo en esas, pero ahora soy consciente de eso, y trato, aunque sea en bajas dosis, de ser mi propia porrista.

¿Qué nos ha llevado a pensar de esta manera? Históricamente, las mujeres hemos tenido un halo sumiso sobre nosotras, que nos imposibilita a decir “soy buena en algo, merezco más”. Pero es hora de quitarnos eso, y comprender que trabajamos duro, podemos hacerlo, y podemos alcanzar nuestras metas… siempre saliendo de nuestra zona de confort.

Me gusta mucho la frase popular “el que no reza, Dios no lo escucha”, porque es una gran verdad: ¿quieres estudiar en el extranjero? Manda solicitudes. ¿Quieres trabajar en el lugar de tus sueños? Manda Currículum (¡y diséñalo increíble!) ¿Quieres hablar de tu salario, después de muchos años de trabajo? Analiza tus puntos a favor, prepárate, y habla. Hacer, hacer, hacer, pero con todo de tu lado.

Como editora de entretenimiento, he entrevistado a muchas celebridades. Y lo que muchas veces me responden cuando les pregunto sobre los desafíos que se han encontrado, mencionan que los más difícil, eran todas las puertas que les cerraron en la cara (a veces metafóricamente, a veces literal). Adiós audiciones, películas rechazadas, ningún proyecto futuro. ¿Pero qué pasa cuando sigues intentando? Pum: eres la portada en una revista (¡y ahí hablas sobre eso! Algo negativo que te ayudó a crecer, anyone?). Y quizás nuestro caso no es el de estar frente a los reflectores, pero nosotras también debemos enfrentarnos a los “no”, al estrés, a la frustración, y a esos días eternos donde todo parecería salir mal. Pero si sabes lo que vales y lo bien que lo haces, pues con una pizca de suerte (que tú misma has salido a buscar)… ¿quién te puede detener?

*Esta columna se publicó originalmente en la versión impresa de la revista Glamour México y Latinoamérica, en junio de 2018.

El placer es… ¿nuestro?

¿Por qué el placer femenino se ha puesto en un lugar en el que no es importante, o de plano desconocerlo? Históricamente, no teníamos mucho de nuestro lado…

Ilustración: Alejandro Herrerías

Ilustración: Alejandro Herrerías

Desde que el feminismo ha tomado un poder increíble los últimos años, uno de los temas que me han parecido más interesantes (y que me sorprenden infinitamente), es cómo el placer femenino se había considerado siempre en un lugar secundario… o inexistente, si a esas vamos. Se han hecho innumerables chistes en series y películas, sobre cómo todo termina cuando el hombre termina, y lo demás no importa, gracias, a dormir. De hecho, en uno de mis programas favoritos, 30 Rock, en un episodio decían (sarcásticamente) que habían inventado las primeras películas pornográficas exclusivas para mujeres, y el video era un hombre guapo preguntándote en primer plano cómo te fue en tu día, y qué ibas a hacer el resto de la tarde (Tina Fey, you knew it!). Y bueno, eso citando un ejemplo contemporáneo, pero la verdad es que hemos tenido muchas cosas en nuestra contra desde tiempos inmemorables. ¿Pruebas? Tengo un dato curioso bajo la manga: Hace mucho tiempo, hubo una exposición sobre bicicletas en un museo del Centro Histórico. Entre los bocetos de la primera bicicleta, las novedades que se usan en la ciudad, y algunas muestras vintage, una de las más interesantes fue una bici cuyo asiento estaba total y absolutamente diseñado para que las mujeres no sintieran “placer” al subirse. Así es: alguien invirtió tiempo (¡dinero! ¡esfuerzo!) para diseñar algo que podía ser “dañino moralmente” para las mujeres (¿Qué van a decir las personas? ¡¿Alguien quiere pensar en los niños?!).

En una búsqueda rápida por internet, encontré que no sólo se adaptó el asiento para este fin, sino que incluso hubo una época en que doctores no lo recomendaban, porque podría provocar cosas negativas como esterilidad (seguro lo decían mientras fumaban), aunque quizás el diagnóstico verdadero, era que si una mujer sentía placer, pertenecía al grupo-de-problemas-silenciosos-pero-muy-mal-vistos-en-la-sociedad, como en su momento lo fue usar pantalones, o ya no usar corsés. O ir a clases. O votar. And so on.

De verdad que todo el tema de la bicicleta se me hace inaudito. Especialmente porque no sólo es ese ejemplo, sino que me recuerda que hay miles de millones más en el mundo. Me sorprende este esfuerzo casi sobrehumano por demostrar que la mujer siempre tiene que estar, de cierta manera, incompleta. Y ahora hablo de algo absurdo como lo fue en su momento una bici de 1950, pero luego vemos cosas más serias y deleznables (como la mutilación, sólo por citar uno) y al final sólo dan ganas de querer apagar el mundo, al menos un par de horas.

Afortunadamente, hubo mujeres en el pasado que lucharon para que ahora nosotras pudiéramos hablar. Para que preguntemos sobre métodos anticonceptivos, sobre nuestra salud, sobre nuestra libertad para decidir si queremos tener hijos, y para que demostremos que lo nuestro también importa. No dejemos que sus luchas hayan sido en vano. Es importante entender que es un gran problema que seamos privadas de todo esto. Salgamos al mundo a exigir lo nuestro. Y si el camino es largo… bueno, al menos tenemos bicis.

*Esta columna se publicó originalmente en la versión impresa de la revista Glamour México y Latinoamérica, en mayo de 2018.

La eterna batalla contra el espejo

Desde niñas, nos dicen cómo “deberíamos” vernos. ¿Por qué no mejor enseñarnos a querernos y a hacer las cosas por amor propio?

 

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Ilustración: Alejandro Herrerías

Hace algunos meses tenía una fiesta muy importante (y glamourosa), nada más y nada menos que en Milán, por lo que decidí comprarme un vestido digno de la ocasión, y no llevar el mismo que llevo a todas esas bodas. La verdad es se me juntaron los pendientes y mi tiempo se acababa, así que fui a una tienda, vi un vestido que cumplía todos los requisitos (sólo podíamos usar dos colores, negro y rojo), y accedí a comprar la talla más grande que tenían, sin probármelo, y me lo llevé a mi casa. ¿La sorpresa? Bueno, cuando me lo puse, me quedaba enorme. Cero se me veía figura, las mangas me quedaban como de maraquero, y como la tela era holgada, pues parecía que sólo me puse un pedazo de tela encima. En pocas palabras, la peor decisión del momento. Así que regresé a la tienda cuando tuve otro ratito libre, y ahora sí, con más calma, lo cambié por el mismo modelo… pero cuando fui al probador, mi sorpresa es que el que era dos tallas menos se me veía muy bien. Es extraño que al ser curvy, toda mi vida he dado por hecho que, con agarrar lo más grande que haya, ni debería molestarme en ver cómo me quedan las demás tallas. Es como “simplemente agarrar lo más grande y vámonos”. Pero bueno.

Ya me estaba preparando para dicha fiesta, y mientras me arreglaba, por supuesto que lo primero que me puse fue una de esas fajas maravilla, que todas conocemos: Spanx (todas las mujeres tenemos una. Sí, incluso Beyoncé, es bien sabido). Me sentí bien, porque obvio la faja “resolvía” el 75% de mis inseguridades, y así me fui. Esa noche me la pasé de lujo, platicando con unas chicas holandesas, tomando Campari Tonics a más no poder.

Para el final de la noche, ocurrió otra cosa bastante curiosa: cuando llegué a mi cuarto de hotel, lo primero que hice (OBVIO) fue quitarme el spanx…. Y vaya sorpresa, me vi al espejo y noté que el vestido se me veía mil veces mejor así, sin tanta “presión” en mi cuerpo. Era un fenómeno extraño, pero con ese simple cambio, de verdad el vestido tenía mejor soltura. Y me quedé viendo al espejo un buen rato.

Mientras me miraba, con extrañeza, noté cómo siempre, la primera en juzgarme, en dar por sentado que “nada me queda”, o que necesita de cosas extra “para finalmente verme bien”, soy yo misma. Que no me doy la oportunidad de probar nuevas tallas, que a veces me da miedo experimentar con mi estilo, o que ni siquiera veo si, efectivamente, me veo bien sin tanta parafernalia. Y debo aceptarlo, esto es provocado por la extraña combinación del “qué dirán” y una larga lista de inseguridades que he ido recolectando con el paso de los años. Comentarios en los medios, de gente conocida, y esta nula enseñanza de ver tu reflejo y sonreír.

Y me doy cuenta de que las mujeres muchas veces somos así: vemos con temor el espejo, y ponemos en duda nuestra belleza. Pensamos en automático que necesitamos x o y para vernos bien, cuando realmente son sólo cositas extra que nos gustan en nosotras. Yo soy muy fan de mis ojos delineados (y si vieran mis cat eyes, me quedan de lujo), pero sé que no son un requerimiento para, genuinamente, sentirme bien conmigo misma.

Y al final, lo que queda es empezar a escucharnos a nosotras mismas, respetar lo que las demás deseen en sus propios cuerpos y dejar a un lado todas esas expectativas y estereotipos impuestos. Atrevernos a jugar con nuestro estilo, probar nuevas cosas, salir a la calle orgullosas de nuestros cuerpos. Sí, eso incluye las cicatrices, marcas, hasta el más pequeño lunar. Incluye el color de la piel,  cualquier tipo de pelo. La altura, la longitud de las piernas.

Así, la siguiente vez que me compre un vestido, en primer lugar, me tomaré con calma las cosas, e ir al probador. Básico, por el amor de Dios. Y lo segundo es verme, y en lugar de dudar o decir “sería mejor si…”, lo primero que haré es sonreír, en señal de aceptación y amor.

*Esta columna se publicó originalmente en la versión impresa de la revista Glamour México y Latinoamérica, en abril de 2018.

Sin Palabras

Muchas cosas me enojan sobre los tabúes, pero lo principal, es haber sido esa amiga que no sabía qué decir.

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Ilustración: Alejandro Herrerías

Siempre es fácil no hablar las cosas. Simplemente poner los temas incómodos debajo de un mantel, ponerle un florero bonito encima, y nunca volver a saber de ellos. Adiós, hasta nunca. Y puedes vivir tranquilamente, en modo relax-o-visión, en un tono pasivo… aunque claro, poco a poco esa paz se irá sintiendo como un infierno interior absoluto.

Las mujeres, especialmente, vivimos con muchos de esos infiernillos que no nos permiten vivir libremente, y que la mayoría de las veces dejamos pasar, porque es mejor que hacer un escándalo. Pero la verdad es que, mientras más nos damos cuenta del silencio sepulcral que hemos guardado durante varios años, nuestro enojo crece y las ganas de gritar aumentan. Y no solamente hablo de temas que históricamente han sido tachados de tabúes por su complejidad (y obviedad), como la sexualidad, sino también asuntos económicos, laborales y académicos. Recuerdo a una profesora de la Universidad, quien me contó que a ella le tocó sentarse afuera de los salones de clases, porque las mujeres todavía no tenían permitido estar dentro de un aula (no, de verdad, ¿lo pueden creer?). Pienso, también, en una amiga que me contó, con voz silenciosa, que estaba embarazada y que no quería tener al bebé. Recuerdo perfectamente que me quedé muda ante sus palabras, no por otra cosa que ignorancia. ¿Qué podía decirle? ¿Qué necesitaba? ¿Un consuelo, fuerza? ¿Algún dato médico que pudiera serle de interés? ¿Una coartada para faltar a su oficina? Simplemente me limité a escucharla, y traté de decirle algo inteligente, que a la fecha creo que no fue así. Al final no tuvo a su bebé, y por la manera en que ocurrió todo, ahora bien reflexionado, de verdad me hubiera gustado que contara con el apoyo médico que legalmente le pudo haber sido brindado, pero por el miedo que sentía no pidió, y decidió hacerlo a escondidas, poniendo en riesgo su vida.

También recuerdo a esa amiga que recibía maltrato psicológico de su novio (ahora ex, gracias), por miedo a quedarse soltera. Porque, en serio, pensaba que lo peor que podía pasarle era no  estar en una relación, por lo que aguantaba lo que sea de este patán (y cuando me acuerdo de algunas relaciones tóxicas que yo misma he tenido, mi enojo aumenta, especialmente cuando mis conocidos me dicen “sí lo veíamos, pero para qué decirte algo”).

Y así, mientras escribo estas palabras, poco a poco llegan a mi mente todas esas chicas cercanas a mí que buscaban auxilio de manera silenciosa: la que tuvo que lidiar con una enfermedad mental (quizás esquizofrenia, ahora es imposible saberlo); la que fue acosada por su jefe, O quizás no ir tan lejos: mi mejor amiga, que sufrió de bullying en la escuela, por el hecho de que no se maquillaba.

Ahora que vemos con otros ojos esto, es fácil notar cuánto hemos permitido que pase sobre nosotras. Y que tener tabúes no sólo afecta a las que viven esas experiencias directamente, sino que no nos permiten tener las palabras o acciones correctas para ayudar a las demás.

Y si bien he escrito sobre el tema con un tono pesimista, aquí está la luz del túnel: eso ya está cambiando. Algo bueno tiene el recordar mi silencio y mi poca madurez cuando me contaban todas esas cosas: a mis 30, al ver las noticias, los reclamos, los testimonios y lo que cuentan mis amistades, ahora tengo totalmente claro –como el agua, como un cristal– que buscaría todos los caminos y medios para apoyar a alguien. Preguntando “¿Qué necesitas?”, buscando medios, respuestas, o simplemente como compañía, porque también he aprendido que sí puedes ser de mucha ayuda, si simplemente eres un hombro para llorar.

Es bueno saber que nos podemos ayudar entre nosotras, y que es más fácil informarte para tomar decisiones con el total control de tu vida. Es increíble ser conscientes de que somos esa generación que quita el florero y el mantel, para arrebatarle su poder a los tabúes: somos esas mujeres que les damos voz… y les buscamos una solución.

*Esta columna se publicó originalmente en la versión impresa de la revista Glamour México y Latinoamérica, en marzo de 2018.

Rebel, Rebel

¿Qué significa ser rebelde en la actualidad? Algo bueno, y en mi opinión, un requisito para tiempos difíciles.

 

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Ilustración: Alejandro Herrerías

No sé muy bien por qué, pero hasta hace poco yo pensaba que era una mujer que siempre acataba las reglas, y que la palabra “rebeldía”, me era totalmente ajena. Dentro de los conceptos completamente distorsionados que tengo en la vida, creí que mis diplomas de excelencia de la preparatoria, los sábados en casa leyendo, o invitar amigos a mi casa para no hacer otra cosa que comer helado mientras veíamos televisión, me convertían en una chica que fluye y sin necesidad alguna de levantarme en armas. ¿Mi máximo nivel de rebeldía? Quizás la vez en que nos reprobaron a todos en conducta porque un grupo de amigos voltearon el escritorio de un profesor (donde yo no tuve mucho que ver, pero si la secundaria te puede dejar, aunque sea, una lección importante, que sea esta: o todos o nadie). Sin embargo, el problema es que rebelarse es un concepto que siempre se nos había mostrado como algo negativo. Eres el revoltoso, el ocioso, el que callado se vería mejor.

Y qué gran error.

Voy descubriendo nuevas cosas alrededor de esta palabra, más cuando ahora las mujeres estamos destruyendo todos esos obstáculos y tabúes que no nos permiten vivir con plena libertad. Y después de darle vueltas al asunto, me he dado cuenta de que sí he sido rebelde… a mi manera, diría Frank Sinatra. Quitando todas esas ingenuas imágenes de mi infancia/adolescencia que mencioné al principio, pienso en mi decisión de estudiar filosofía, pese a que la gente no dejaba de atormentarme día y noche con la idea de que no iba a trabajar en nada (“¿no te da miedo no comer? ¿NO TENER CASA?”). Descarté absolutamente la idea de matrimonio como una obligación en la vida (que sea una experiencia hermosa, no es algo que las mujeres debamos tomar como un absoluto). Pese a las expectativas con las que crecí a mi alrededor, ahora vivo sola (bueno, con dos gatos). He ayudado a amigas en problemas fuertes, me he quejado cuando veo que tratan mal a alguien. Corrijo cualquier cosa que me suene machista. Odio que se hable mal de otra mujer. He viajado sola (y cuando lo hago con una amiga, atentos: no vamos “solas”). He ido a marchas, he dejado claro cuando algo no me parece correcto. Pero de todos los nuevos aprendizajes, quizás este es el más importante al que he llegado: lo primero que debes hacer en la vida, es amarte a ti misma. Lo que los demás piensen de ti no importa. ¿Qué mayor acto de rebeldía hay, que quererte a ti misma en un mundo que comúnmente te hace menos?

Y siempre hemos tenido gente que rompe esquemas en nuestras vidas. No sólo en la historia universal, o en la cultura pop, sino gente que conocemos. Está tu amiga, la que defendió sus ideales. La que baila como si nadie la estuviera viendo. La que se molestó por las mismas preguntas sexistas que nos hacen. La madre que sacó adelante a sus hijos. La que preguntó por qué gana menos dinero que un hombre. La que no le da miedo sentir placer. La que alzó la voz en contra de sus acosadores. Y todas las mujeres que marchamos, por aquellas cuyas vidas han sido arrebatadas.

Ahora que estamos redefiniendo muchas cosas como sociedad, no estaría demás darle su merecida revisión a la palabra rebeldía. En Star Wars: Rogue One, dice Jyn Erso:  Rebellions are built on hope, y cuánta razón. Entendiendo ser rebelde como la reacción a un acto con el que no estás de acuerdo y te parece injusto, debemos ver esas luchas como la exigencia de algo mejor, y de ahí crecer. Hablar por el que no tiene voz, ayudar al que los caminos se le han cerrado. Cambiar tu país. Ayudar a otra mujer. Buscar la equidad. Ser alguien que no busca otra cosa, que el orden que siempre debió existir. ¿Y si hay caos? Recuerdo estas palabras de Martin Luther King: “el alboroto es el lenguaje de los que no han sido escuchados”. Y a veces hay que sacudir al mundo para que te haga caso.

*Esta columna se publicó originalmente en la versión impresa de la revista Glamour México y Latinoamérica, en febrero de 2018.